Irrealidad ministerial

Declararse marxista, como hizo Marina Arismendi, equivale a decir que arar con un buey rengo es más eficiente que un tractor

Declararse marxista hoy, como ha hecho la ministra de Desarrollo Social, Marina Arismendi, equivale a sostener que arar con un buey rengo es más eficiente que con un tractor. Es cierto que el marxismo se ha ido degradando de doctrina a etiqueta desde el siglo XIX. Y aun como etiqueta apenas sobrevive en países que se declaran comunistas, pero han adoptado la ineludible economía de mercado. Lo hizo China desde la década de 1980 y ha empezado a hacerlo Cuba desde que Raúl Castro reemplazó a su hermano Fidel. Ya nadie, con algunas excepciones como parece ser Arismendi, cree factible la sociedad de ensueño que describieron Karl Marx y sus muchos discípulos, desde Karl Kautsky a Rosa de Luxemburgo, sin clases, regida por el colectivismo de los trabajadores y donde ni existe el dinero porque todos los bienes se reparten según las necesidades de cada persona.

Declararse marxista no fue el único anacronismo formulado por Arismendi en declaraciones a El Observador. Opinó que la clase media no existe, y reafirmó la vigencia de la lucha de clases entre solo dos: trabajadores oprimidos y capitalistas opresores. Además, sostuvo que no se les debe pedir contrapartidas a las familias pobres que su ministerio subsidia. Uruguay es mayoritariamente un país de clase media, situación acentuada por los propios gobiernos del Frente Amplio en su exitosa lucha contra la pobreza. Los potentados multimillonarios escasean y ha aumentado agudamente la clase media al caer del 31,9% al 9% el número de personas por debajo del nivel de pobreza, según las cifras manejadas por la ministra. Este cambio refleja el natural empeño de la gente de menores recursos por incorporarse al sector poblacional que Arismendi descarta y prefiere llamar confusamente “capas medias”.

Otra grave claudicación de la ministra fue sostener que los subsidios a los pobres no deben estar condicionados a contrapartidas, aunque se trate de exigencias en beneficio de los propios recipientes de la ayuda gubernamental. Desde que esta asistencia empezó con el Plan de Emergencia instituido por Tabaré Vázquez en su primera presidencia, cuando se creó la cartera de Desarrollo Social (Mides), se la condicionó a que las familias enviaran a sus hijos a la escuela y a los centros de salud. Su incumplimiento se atribuyó durante años a ineficaces sistemas de seguimiento y control por el Mides. Pero ahora es la propia ministra quien sostiene que, en discrepancia con lo dispuesto desde el primer gobierno del Frente Amplio, a los pobres hay que darles dinero sin exigirles siquiera acciones básicas para que mejoren sus condiciones sociales, especialmente la educación y la salud de niños y adolescentes. Arismendi tiene obviamente derecho a sus opiniones personales. Pero es una incongruencia que las exprese como guía en su función ministerial, a cargo de un área vital del gobierno en materia de atención social, en contraposición con las políticas de la administración que integra. Profesarse marxista es vivir en un pasado extinguido, añoranza preocupante en un integrante del Consejo de Ministros que debe ocuparse del hoy y el mañana. Esta obligación se descuida cuando se defienden subsidios sin contrapartidas. Y negar el primordial cimiento social del país, que es la clase media, es cerrar los ojos a una realidad que su propia fuerza política y su gobierno se han preocupado razonablemente de ampliar al sacar de la pobreza a cientos de miles de uruguayos.


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