Iturria y el zapato izquierdo del loco Abreu

El Museo Nacional de Artes Visuales expone la obra de Ignacio Iturria. Una exposición para ver varias veces y aun así quedarse con ganas

Por Linng Cardozo

En un cuchitril. Así comenzó el artista Ignacio Iturria. Pasaba horas solo en su cuchitril de la zona de Carrasco. Y pintaba. Estaba seducido por la poesía y la bohemia de los artistas. Él quería eso. No quería tener un trabajo de 8 horas, aunque lo intentó. Quería tener las pilchas sucias, las manos manchadas y el tiempo para el solo. Era una hoja de ruta compleja, plagada de riesgos. Pero allí estaba en su cuchitril, imaginándose mentiras plásticas y desde allí –desde esa no realidad donde la soledad manda y desmanda- construirse. Siempre de manos manchadas y pilchas sucias.

“YO TE PASO LA PAPOTA”. Cuando Uruguay salió campeón del mundo, Ignacio Iturria tenía apenas un año y uno se imagina subido sobre los hombros de su padre vasco, en la rambla de Carrasco, aplaudiendo a los campeones a su regreso al país.

Aquel niño –la infancia no lo ha abandonado, como se verá- con 28 años resuelve irse con su pareja a España. “Soy hijo de español y sentía que no tenía lugar. Viajé a Barcelona para encontrar mi lugar que resultó ser Uruguay”, ha dicho Iturria.

Es en Cadaqués, ciudad de la costa mediterránea, en donde ya –convencido quizás- no largará más sus pinceles y tendrá el privilegio de vender su primera obra, cuyo valor fue un mes de alquiler en aquel apartamento con miradas eternas sobre el Mediterráneo.

En su sitio web cuenta que en 1984 regresa a Uruguay y realiza exposiciones en Punta del Este y más tarde en Buenos Aires y en los dos años siguientes en distintas ciudades latinoamericanas. Durante 25 años su obra fue gestionada por una galería argentina, cuyo gestor un día le dijo: “vos, querido, quedate en esa pieza pintando, me pasas los cuadros por abajo de la puerta y yo te paso la papota”. El porteño acertó.

En 1988 es uno de los 15 artistas seleccionados por el FundforArtistsColonies de Nueva York para participar en una colonia de artistas, lo que le posibilita un año después pasar tres meses en EE.UU. conviviendo con artistas de distintos países.

En el año 2002 motivado por la experiencia vivida en la Colonia de Artistas, Iturria decide abrir una Escuela de Artes, “Casablanca, arte en acción”. Con la importante colaboración de su cuñado, Néstor Piñón, que dirige la escuela, y la de su hijo Nacho, en el área musical, empieza esta aventura que hoy sigue creciendo. La idea allí es interrelacionar las diferentes disciplinas artísticas: pintura, música, danza, teatro, literatura, fotografía, audiovisual, cuenta en su sitio.

En abril del 2006 se radica nuevamente en Cadaqués, España. Allí  pasa tres años pintando en un enorme taller, donde recibe permanentes visitas de pintores alumnos y amigos que se quedan por temporadas a pintar con él.

En el 2011 se crea la Fundación Ignacio Iturria cuyo principal objetivo es promover el desarrollo vocacional de los artistas,  concretándose así, su sueño de la Colonia de Artistas, en Rosario, departamento de Colonia.

LA INFANCIA PERMANENTE, LA EXPOSICIÓN. Quizás el dato más relevante de su vida artística sea la exposición "Álbum de Figuritas", realizada en Fortaleza de la Cabaña, VI Bienal de La Habana, La Habana, Cuba, en 1998. ¿Por qué?

Iturria ha declarado que le gusta estar rodeado de juguetes. (Experimentó pintar estando rodeado de nada, en Nueva York, y sufrió). Su madura mirada –que habla del aprendizaje duro, de las muchas horas de trabajo y reflexión- se afirma en ese vínculo con la infancia y el juego. ¿Juega con los colores? Sí, pero más juega con las cosas y con las distancias. (Obsérvese estas dos exposiciones: "EL Tiempo de las Cosas", Museo Rufino Tamayo, México, 1999 y la "La Soledad del Juego", Fundación Telefónica, Madrid, Valencia, España, curada por José Jiménez, en el 2000).

En esta exposición en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo –llamada “Pintar es soñar”, imperdible, trascendente-Iturriainunda y conmueve. Su curador, el mismo de Valencia, José Jiménez, analizó alrededor de 400 obras y se quedó con ciento y pico. Vaya uno a saber lo que quedó afuera, pero lo que está adentro es conmovedor aunque desarmado. Me explico mejor: Jiménez optó por realizar la muestra en cuatro unidades y allí la peripecia vital del artista se pierde. Los cuatro bloques son: Las enseñanzas del juego, Las redes del mundo, Brazos al cielo y La luz de los sueños.

“Se organiza así un itinerario que tiene su punto de partida en la posibilidad de articular la visión de las cosas jugando, y en las enseñanzas para la vida que de ello se extraen. Siguiendo con la representación de la tupida red de este mundo extraño construido por los seres humanos: edificios, medios de transporte y comunicación, redes digitales, etc., en la que todos deambulamos hoy. Vienen después la expresión de la protesta y el rechazo de las injusticias, la violencia y el daño, con el contraste del deseo humano de elevación y justicia. Y, finalmente, como conclusión del itinerario, los quiebros de la luz que se alcanzan a ver en el ensueño”, se justifica Jiménez.

Me detengo en las distancias. En la mayoría de las obras expuestas, es interesante jugar con las distancias para observar el valor de las mismas. A 50 centímetros del cuadro uno observa una pasta marcada, dura, robusta, que ubica la tensión de la mano que empuña el pincel y su recorrido ascendente o descendente. Una experiencia hermosa. Ubíquese a 3 metros y verá que esa mancha dura, apenas marcada por los pelos del pincel, desaparece y se transforma en un dato visual de calidad, redondeando la imagen, dándole profundidad, forma e identidad. Iturria, entonces, hace jugar con las distancias.

Ahora bien, ¿cuál fue el periplo desde el cuchitril? Jiménez no lo cuenta. ¿Importaba? Evidentemente que sí, porque es una retrospectiva.

La infancia –aquella de los soldaditos, los camioncitos, las figuritas- está presente en esta exposición con una potencia plástica inusual. Juega hasta con un  sillón con  forma de elefante pero que tiene esa forma solamente para poder dormir sin el drama de las piernas arriba del apoyabrazos. Juega al fútbol y esa es una de las facetas marcadas. Juega con el juego de su pasión tricolor. Aparece el estadio, los jugadores, la celeste, la pelota.

Todo bien, pero es imperdonable que en esta exposición no esté el zapato izquierdo del Loco Abreu, el mismo que “pinchó la pelota” en el penal contra Ghana. Iturria dice que Abreu se lo regaló. Es imperdonable no verlo, admirarlo y llorar de rodillas. ¿Y el resto?:una joya del arte nacional.

 

 

Nota: Parte de la obra de Ignacio Iturria en este video. https://www.youtube.com/watch?v=1R9LO_4Khp8


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