J. K. Rowling: Magia y leyenda

“Iba en un tren de regreso a Londres y se me ocurrió la historia de Harry Potter”

Los trenes, como para tantos ingleses, han sido fundamentales en la vida de Joanne Kathleen Rowling, desde su concepción hasta su fama. Sus padres se conocieron en una estación de tren. La demora de otro tren, años más tarde, le dio el tiempo suficiente para pensar una historia que le rondaba la cabeza desde hacía unos días: un niño que concurre a una escuela de magos.

La creadora de las aventuras de Harry Potter tiene una historia de leyenda, como para que sus biógrafos puedan vender tantos libros como lo ha hecho la biografiada. Una joven de clase media, común y corriente, preocupada por los derechos humanos, sale de su país y viaja a Portugal, donde trabaja para Amnistía Internacional. Se enamora perdidamente de un publicista portugués, con el que se casa y tiene una hija. Pero la felicidad la abandona, ella no es para él, se divorcia y vuelve con su hija a Inglaterra. Una madre divorciada y sola, con una niña pequeña a cargo, sin trabajo ni demasiadas perspectivas de futuro se encierra en cafés de pueblo con la romántica e ingenua idea de sobrevivir escribiendo novelas para niños.

La fortuna y el talento para hilvanar las historias del pequeño mago y sus amigos hicieron que la vida de J. K. Rowling diera un vuelco digno de un golpe de varita de su personaje. Luego de un tibio recibimiento de la primera parte de la saga, Harry Potter y la piedra filosofal, las grandes editoriales la acogen con los brazos abiertos y el fenómeno Potter se vuelve global, acompañando los primeros pasos de internet.

Eso sucedió en 1997, el mismo año en que se produjo un histórico cambio político en el Reino Unido, con los laboristas reasumiendo el poder luego de décadas. Para el gobierno de Tony Blair la historia de Rowling, que recibió ayuda estatal para sobrevivir, simbolizaba un estandarte de la clase trabajadora que llega al paraíso. Mientras Noel Gallagher y Graham Coxon volvían a disparar las ventas de guitarras en el Reino Unido, J. K. Rowling producía una revolución en el mercado librero. El despegue editorial fue exponencial de la mano del fenómeno Potter, que en principio apuntó a los adolescentes pero pronto se transformó en un éxito para todas las edades.

Súbitamente, en niños y jóvenes alejados de los libros comenzó a funcionar otro milagro: se apiñaban en largas filas para comprar la última novela de Harry Potter, que luego tendría su réplica en cines. Muy pronto, además de la escuela de Hogwarts, Hermione, Ron y el tenebroso Lord Voldemort, el mundo aprendió quiénes eran los niños Daniel Radcliffe y Emma Watson.

La dimensión del imperio Potter llegó a las discusiones académicas. En EEUU, luego de que Stephen King alabara el talento de su colega Rowling y el alcance de penetración entre nuevos lectores, el crítico literario y reconocido docente universitario Harold Bloom puso el grito en el cielo al atacar la saga del niño mago y reclamar, en vez, la lectura de los clásicos del canon occidental.

Pronto Harry Potter se volvió una marca, más allá de los libros y las películas: los lentes redondos, las capas, los sombreros, las escobas, las varitas mágicas se transformaron en sinécdoques del éxito. Millones de fans en todo el mundo, disfrazados por la calle o en el estreno de los filmes, multiplicaron la difusión publicitaria.

Luego del gran torbellino de fama y de danzantes millones de libras que le permitieron entre otras extravagancias comprarse un castillo en la campiña de Escocia, Rowling intentó zafarse un poco del niño mago. Bajo seudónimo incursionó en otros géneros, como el policial, sin el éxito que la saga de Potter. Si las pretensiones de la autora eran romper el cerco literario del género infantil, el mercado le dio vuelta la cara y parece que ella entendió el mensaje. Encasillada en la cárcel de cristal de Harry, Rowling publicó este año una nueva y última entrega de la saga, protagonizada por el hijo de Potter. La taquilla está asegurada y no es pura magia. Rowling no quiere bajarse de ese tren.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años


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