Janka, el depósito de la solidaridad para Dolores

¿Cómo vive la ciudad del departamento de Soriano tres semanas después de la tarde más terrible?
Dolores y el desconcierto después del infierno
Veinte días después del tornado que arrasó con parte de la ciudad de Dolores, sus habitantes viven entre la incertidumbre, miedo y reclamos

En la noche de Dolores hay viviendas con luces encendidas y techos de nailon silo que desafían al invierno improvisado de mayo. Hay, además, carteles rojos que se reproducen en las fachadas y que llaman a la unidad para vencer las adversidades. Tres semanas después de la tarde más terrible, en Dolores hay refugios de alimentos hacinados que son custodiados por militares y casas de familia que reciben a familias que perdieron su casa. En Dolores hay quienes no han querido abandonar su lugar aunque el derrumbe haya puesto en jaque sus propias vidas. En Dolores hay rumores que se repiten y se desmienten. En Dolores, entre muchas otras cosas, hay tensión.

Así lo expresa la mirada cansada y triste de María Fajardo, directora de acción social y de familia de la Intendencia de Soriano. Fajardo pasa sus días armando un batallón de bolsas blancas –canastas de productos de limpieza– y otros de bolsas negras –canastas alimenticias– en un galpón ubicado en la entrada de la localidad. Otrora una fábrica de alpargatas, Janka se reconvirtió en un gran depósito de insumos. "Acá, en cada rincón, se ve una parte de Uruguay", dice la jerarca a El Observador en referencia a las donaciones de alimentos que se centralizan en esta base de operaciones del Comité Departamental de Emergencias de Soriano. Allí se multiplican los bidones y botellas de agua y los productos de limpieza. Pero la sorpresa mayor está en un espacio al fondo: una cadena montañosa de pasta, arroz y azúcar con pequeños relieves de otros alimentos no perecederos.

El pasado viernes 15 de abril Fajardo celebraba los 28 años de su hija cuando recibió una llamada de parte del alcalde de Dolores. Pero las comunicaciones fallaban y se cortaban, algo muy similar a lo que había ocurrido en el tornado que azotó al lugar durante 2012, lo que la hizo sospechar que algo no andaría bien. Reunió a su equipo en el palacio municipal y al cabo de una hora estaban en Dolores. "Veníamos rezando todo el camino", recuerda la funcionaria, que luego pasó ocho noches durmiendo en el gimnasio con los damnificados.

Un bombardeo

Por la ruta 1 iba manejando en soledad el intendente de Soriano, Agustín Bascou. Por la mañana había realizado algunas diligencias en Montevideo y todavía estaba en la capital cuando recibió un llamado. Fue informado sobre "un evento" en Dolores, pero hasta ignoraba la dimensión real del asunto. Empezó a entender a medida que su teléfono celular sonaba una y otra vez. Eran funcionarios municipales, pero también amigos que ahora le reportaban sobre fallecidos. Sin embargo, recién pudo comprender de forma cabal lo que sucedía cuando llegó con su auto a Dolores. La noche se había impuesto y la ciudad estaba a oscuras. "Entramos con linternas. Me pareció una ciudad que había pasado por un bombardeo", señala el intendente a El Observador.

Nerviosismo y reconstrucción

Todos aquellos que están trabajando en Dolores se enfrentan cada día a situaciones de drama humano que, en el mejor de los casos derivan en enojo o llanto y en el peor en insultos. "Todos están un poco nerviosos. Cada uno piensa que su problema es el peor. Lo entendemos, pero todo tiene un tiempo. Estamos dejando actuar a los ministerios", dice Fajardo.
Hay quienes siguen viviendo en condiciones muy peligrosas. Es el caso de Fernando Ibáñez, que aunque vive ahora con su esposa y sus dos hijos en un contenedor, sigue entrando a cocinar a una casa con peligro de derrumbe. Espera por materiales, pero al igual que otros vecinos está desorientado y falto de información.

Dolores

En el caso de Alida Camona, una jubilada de 76 años, ni siquiera se mantuvieron de pie las paredes. Camona se salvó parada en el marco de la puerta viendo como volaba todo de su casa. "Las chapas parecían hojas", relata la mujer. Ni siquiera conoce su número de padrón porque no encuentra los documentos. Camona se aloja en la casa de su hijo Orestes, quien a su vez da techo a la familia de su esposa. Las historias de hacinamiento familiar se multiplican en Dolores, con casos en los que hasta 11 personas conviven en una pequeña sala.

El suegro de Orestes, Miguel Ángel Almirón, es uno de los casos de pérdida total. En su terreno sólo hay escombros y, por tanto, es uno de los candidatos en las 44 manzanas del barrio Altos de Dolores –formado también por los barrios Calvo y San Lorenzo– donde Mevir construirá viviendas de 50 metros cuadrados y dos dormitorios. Pero Almirón no tiene el dinero para pagar el crédito que se le otorga por más bajo que sea y por más plazo que le ofrezcan.

Es el mismo caso de Álvaro Méndez, quien todavía paga mensualmente el préstamo que recibió para comprar su nueva casa que se quedó sin techo.

Atento a esta situación y a un sin fin de rumores que se expanden por las calles de Dolores, la ministra de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, Eneida De León, dará el próximo lunes una conferencia de prensa "aclaratoria" en el local de la Agencia Nacional de Vivienda de Dolores. La jerarca anunciará medidas que "impactarán fuertemente" en las situaciones más comprometidas, informa a El Observador María Moraes, voz y ojos del ministerio en Dolores.

Pedido de paciencia

El gimnasio que hace tres semanas pasó a ser el refugio de varias familias doloreñas sigue siendo la casa compartida de unas 25 personas que no tienen donde ir. Hay familias, ancianos solos y madres solteras. Los niños juegan juntos en la cancha mientras que los adultos reciben la noticia de que el puchero acaba de llegar. Las bandejas de plástico con arroz, papa, choclo y diminutos pedazos de carne son repartidas. Una hora antes, un soldado del batallón de Asencio de infantería número 5 revolvía la olla con una gran cuchara de madera. El cocinero hacía su trabajo en el predio de Janka bajo la atenta mirada del alférez Alexis Rodríguez de 23 años, oficial a cargo de la misión de 17 miembros del Ejército desplegada en Dolores. "Nosotros sabemos que todo esto es parte de nosotros. Cuando pasan las peores cosas estamos. Cuando la gente nos necesita hay que estar", dice el militar a El Observador.
El cocinero gira la cuchara con la misma parsimonia con la que Patricia Quiroga come de su bandeja. Quiroga tiene 22 años y dos hijos. Está en el gimnasio desde las primeras horas posteriores al pasaje del tornado. Vivía junto a su pareja y sus hijos en una casa primitiva en el terreno de su suegra. El tornado se llevó su hogar y dejó con una fractura a su pareja. Lleva tres semanas compartiendo la vida con otros en un gimnasio.

Sus hijos son algunos de los autores de la pared de dibujos que ornamenta el lugar. Allí, entre otros, está representada "la muerte" y un "huracán". Cerca de esa pared descansa en un colchón Matías Tiscordio, de 23 años, y oriundo de Canelones. Tiscordio recorría el país en su moto Vespa cuando se enteró de lo que sucedía en Dolores y decidió ofrecerse como voluntario. "Lo que más indignados nos tiene es que no circula el producto; la gente reclama mucho", dice a El Observador.

"La gente reclama con razón porque quiere que se empiece a construir su vivienda", Agustín Bascou, intendente de Soriano

Como Matías hay otros voluntarios. Desde la primera hora está la brigada solidaria Agustín Pedroza del Sunca. Ayer, desde la mañana, una cuadrilla de Paysandú encabezada por Julio Cardozo trabajaba en la refacción de una vivienda.Algunos voluntarios llegaron desde el exterior como la organización de ayuda humanitaria Fraternidade, con sede en Minas Gerais, y con integrantes provenientes de Colombia, Argentina y Brasil. Bento y Shen, dos de sus compontentes, acaban de regresar de la frontera turco-siria donde asistieron a refugiados durante cuarenta días.

Andrés Magnone, director de Planificación de la Intendencia de Soriano, agradece la enorme cantidad de voluntarios pero también admite que en determinados casos su presencia genera problemas para las autoridades que no tienen donde hospedarlos. Magnone, con 20 años de experiencia en emergencias, se hace eco de las quejas que se escuchan. "¿Por qué no entregan los materiales y alimentos?". Magnone contesta con otra pregunta: "¿Cuál es el equilibrio entre ser prolijo y ejecutivo? Prefiero que me castiguen por demorar y saber que el destino es el adecuado".

La falta de experiencia para tratar con una emergencia de estas características en Uruguay es uno de los elementos que más peso toma a la hora de pensar cómo se actuó. La innovación para implementar burocracia al tiempo de ir resolviendo los problemas de la gente terminaron por darle un pico de presión a Adul Nebú, director de la unidad de políticas habitacionales de la Intendencia de Soriano. En la oficina de Nebú en la Casa de la Cultura entran y salen todo el día damnificados. En esos corredores las historias nunca terminan y los arquitectos se transforman en psicólogos de oficio.

El intendente Bascou recoge el problema. "La gente reclama con razón porque quiere que se empiece a construir su vivienda. Es un tema que puede más que nosotros. Los recursos económicos están pero los tiempos que lleva la reconstrucción es la gran limitante". Sabe que en algunos casos la demora se prolongará durante varios meses, quizás nueve. "La paciencia es un elemento escaso pero le pedimos a la gente que la tenga. Serán asistidos", concluyó.

Cortocircuito entre ministerios e intendencia

Desde que la emergencia tomó escala nacional, representantes ministeriales están presentes en la localidad ejecutando las directivas de sus carteras. Las relaciones entre estos y los representantes municipales ha sufrido "cortocircuitos", dice con desazón el director de Planificación de Soriano, Andrés Magnone. "Hay veces que nos preocupamos por los protagonismos y perdemos de vista el objetivo", señala el funcionario municipal que comparte la visión que otros trabajadores de la Intendencia de Soriano hicieron llegar a El Observador. "Hay veces que vienen con poder pero desconocen las dinámicas del terreno. Entonces somos muchos y se empieza a generar ruido en la comunicación".


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