Javier Miranda: la espuma y el río

La izquierda es un caos pero, si logra evitar el desastre, aún no tiene rivales a su altura

El Frente Amplio atraviesa una de las peores crisis desde que gobierna, hace más de una década. El triunfo de Javier Miranda en las elecciones internas no significará un nuevo liderazgo, pues tiene más valor simbólico que real.

Miranda representa a los sectores más liberales de la izquierda, el arco socialdemócrata que va desde Danilo Astori a los "renovadores" del Partido Socialista, pero no tiene peso propio. Es demasiado probable que se ahogue en la compleja estructura del Frente Amplio, que favorece los embrollos y los líos de alcoba.

La escasa votación en las internas del 24 de julio, más la abundancia de sufragios en blanco, dice que la gran mayoría de los simpatizantes del Frente Amplio no se siente atraída por la vida interna de la coalición. Esa estructura endemoniada es un resabio de los múltiples sectores y personajes que la crearon hace 45 años. En las décadas siguientes se agregaron decenas de grupos. Muchas facciones pequeñas, que son poco más que un puñado de personas con un sello, no tienen oportunidad alguna de captar votos fuera de la coalición, por lo que tienden al burocratismo y la antropofagia.

Los comités de base, que brillaron por su entusiasmo en 1971 o 1984, nada tienen que ver con los tiempos modernos. Son el sitio más triste y anacrónico del barrio, como lo son los representantes de "las bases" en el Congreso y el Plenario, una forma de duplicar la representación de los sectores más ideologizados y antiliberales: el MPP y el Partido Comunista.

Javier Miranda es un abogado de 51 años sin un encuadre partidario previo, salvo su militancia por décadas en Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos. Es hijo del escribano Fernando Miranda, miembro del Partido Comunista asesinado en 1975, cuyos restos fueron hallados en 2006. Desde 2010 es el titular de la Secretaría de Derechos Humanos, dependiente de la Presidencia de la República.

La derrota del joven diputado Alejandro "Pacha" Sánchez –víctima de la competencia con los otros candidatos pero también de un sugestivo trasiego de votos– es apenas otro aviso de los tremendos problemas que tendrá el MPP para renovar sus liderazgos tras el ocaso de José Mujica y Lucía Topolansky.

Durante un tiempo pareció que Raúl Fernando Sendic sería la renovación y un postulante frenteamplista "natural": un hijo de la naciente casta frenteamplista competiría con otros hijos de las viejas castas: un Lacalle, un Bordaberry. La rápida caída en desgracia de Sendic ha puesto otros nombres sobre la rueda de la fortuna, empezando por el intendente Daniel Martínez.

Pero en Uruguay, donde los muertos mandan más que los vivos, parece difícil que surja un candidato con chances de éxito si no tiene la bendición de los viejos líderes y aparatos.

Danilo Astori, de 76 años, y José Mujica, de 81, todavía son alternativas para las presidenciales de 2019. El politólogo Adolfo Garcé cree que el candidato será Astori. (El expresidente Julio Sanguinetti, de 80 años, a quien de vez en cuando algunos sugieren que regrese al ruedo, dice que "estamos para el Guinness de los récords").

El Frente Amplio es ahora un lugar más bien caótico. "Ya no nos podemos juntar a comer los ravioles el domingo", dice un dirigente. El debate de algunas leyes, como ocurrió con la Rendición de Cuentas, es una estupenda oportunidad de protagonismo para sectores y legisladores ignotos. Una parte de ellos no entiende el país en que vive ni conoce su base productiva. Son proclives al pensamiento mágico y confunden la espuma con el río.

A veces, como ahora, la izquierda parece actuar no como una unión fraternal sino de oportunidades; como una alianza entre enemigos históricos que pactan objetivos de mediano plazo y aceptan que, a la larga, se arribará a una bifurcación.

El Frente Amplio se creó y ha permanecido unido más por factores externos que internos: la utopía socialista; el autoritarismo de Pacheco Areco; el esperanzador triunfo de la Unidad Popular en Chile en 1970; la dictadura y su oscurantismo; la posibilidad cierta de acceder al gobierno municipal; el gobierno nacional a la vuelta de la esquina; el poder y la esperanza. Y ahora mantener el poder –y las decenas de miles de cargos públicos y prebendas que implica– seguirá siendo un vigoroso factor de coalición.

Si no ocurren catástrofes de consideración, en la economía o en la política, el Frente Amplio volverá a ganar en 2019, pues todavía no tiene rivales a su altura, aunque perdería la mayoría parlamentaria. Entonces la izquierda debería iniciar un tiempo de humildad y negociación, lo que sería un paso imprescindible hacia una más alta civilización política en Uruguay.


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