Jorge Esmoris y el maestro "sur-realista"

Nadie entiende nada lleva al Teatro Solís el humor absurdo de Juceca en dos funciones
Jorge Esmoris conoció al escritor cómico Julio César Castro, "Juceca", en 1988, 1989, redondea, cuando habían transcurrido pocos años desde que el actor "ingresaba al carnaval con la bandera del teatro". "Siempre pensé 'qué bueno sería que las escuelas de teatro pasaran por el carnaval' y con esa idea le propuse a la escuela de El Galpón hacer un grupo de humoristas que, en mi opinión, tenía que tener una pluma del teatro. Y ahí apareció Juceca", recuerda Esmoris, relatando las circunstancias de un sainete que extasió al público y que inauguró el vínculo entre ambos humoristas.

Ahora, a casi 13 años del fallecimiento del escritor, Esmoris toma el "Castro" que compone el acrónimo de Juceca y le da vida a uno de los tres personajes de Nadie entiende nada, una obra dirigida por Alberto "Coco" Rivero y escrita por Christian Ibarzábal que se estrenará mañana en el Teatro Solís.
"Es como tener a Juceca susurrándome cosas al oído", dice el actor, que compartirá escenario con Pablo "Pinocho" Routín (Julio) y Diego Bello (César). En la obra, que recorrió varios departamentos del interior antes de llegar a Montevideo, los tres personajes realizan un viaje en globo aerostático para despedir a un amigo que ya no está. En el proceso, recluidos en aquel espacio limitado, las anécdotas y las tribulaciones del trío comienzan a surgir, inspiradas en los cuentos de Nadie entiende nada, la publicación póstuma de Juceca.

Los tres, "alteregos" del autor, "son como cómicos de la lengua", comenta Esmoris. "Toda la obra respira ese clima de viejos humoristas, un teatro muy minimalista", agrega sobre el planteo de gran economía escenográfica. Sobre esas tablas, el trío se define por sus diferencias, "como si fuesen Los tres chiflados o los hermanos Marx. Yo soy el formal. A Castro siempre me lo imaginé como un escribano jubilado, por su retórica mucho más armada. Julio es el más fantasioso, el más ingenuo, pero también es el que tiene a veces los comentarios más atinados desde el punto de vista del absurdo. Y César es el pusilánime, al que le cuesta más imaginar o volar, pero que siempre termina sumándose al juego", señala.

En su dinámica, marcada por historias personales que se entrelazan, el manejo de lo corporal se aleja del de Moe, Larry y Curly. "No hay destreza física, lo que hay es mucha intensidad. Son como bichos que siempre están atentos, observando. Y eso te exige mucha concentración. Mucha interioridad. Yo creo que el humor tiene tanta interioridad como el drama. Siempre digo, y ahora lo compruebo, que los textos de humor a veces son lo mismo que Shakespeare. Van por caminos diferentes, pero hay que decirlos igual para que produzcan el efecto que creo que producen".

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El código Juceca

Entre momentos de silencio y recogimiento, el estilo particular de Juceca cobra vida con la adaptación de Ibarzábal. "Es un lenguaje de mucha figura, de construcciones de frases muy barrocas, con retórica", señala el actor, con la dificultad inherente de respetar el texto y reproducir las extensas construcciones narrativas, "que parecen no terminar".

Sin embargo, con los ensayos, el lenguaje trascendió los escollos iniciales de memorizar el complejo diálogo. "Llega un momento cuando le encontrás el código, sentís como si la boca se te transformara en un jardín", sostiene Esmoris. Para ello, hallar la musicalidad, la cadencia de los diálogos fue clave, al manejar un texto que se despega del ritmo apresurado de la contemporaneidad y pide sus propios ritmos. Las capas del humor también se tornan determinantes, al jugar tanto con la gracia de las situaciones concretas como con la que genera el ingenio urdidor, o "sur-realista", como bromea el actor.
No obstante, aunque el espectáculo se presente como una obra dirigida al público local, Esmoris la considera "tan uruguaya que eso la hace universal". "Siempre digo que uno de mis mejores amigos es Woody Allen, pero él no lo sabe. Cuando veo las películas de su primera época, siento que me voy a encontrar con él en la vuelta de la esquina. Parece que estuviera hablando de mí, de mis cosas, y sin embargo, ¿qué cosa más neoyorquina en el mundo que Woody Allen? Acá podrás jugar con 'pirarajá' o 'Tacuarembó', pero si bien las historias que cuenta son absurdas, detrás de esos delirios los protagonistas son seres humanos".

Plataforma preferida

"Difícil, pero aleccionadora". Así resume la obra Esmoris, con una carrera actoral que, pese a recorrer cuarenta años de escenarios y pantallas continúa encontrando de qué nutrirse. No obstante, entre su extenso repertorio, el teatro ocupa un lugar privilegiado. "Lo mío es el teatro, todo lo otro cada vez pienso más en eliminarlo", señala, mientras señala que duda volver a sumergirse en proyectos dramáticos.

No obstante, admite estar "medio desaparecido del teatro, o del ambiente del teatro". "Cuando pienso en mis cosas no pienso en una sala sino en algo nómade. Creo que el mejor aporte que uno le puede hacer al teatro es no hacerlo, para que haya menos cosas", comenta con una risa grave, hasta seria. "A veces tengo la sensación de que nos peleamos por un hueso", señala, al tiempo que reafirma: "Me gusta hacer cosas donde la palabra y el texto sean lo esencial".

Este proyecto, sin embargo, con un equipo acotado, miembros de diferentes formaciones y una historia que "parece realmente escrita por Juceca", ha sido un viaje tan cómodo como exigente. "Creo que si Juceca viviera y la viera, no sé si le gustaría, pero estoy seguro de que se metería de nuevo a escribir teatro".

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