"Juegos mecánicos": un dispositivo hipnótico para una dramaturgia cuántica

La obra de la compañía Reversión se presenta en Sala Verdi con un trío de actores que navega el tiempo y sus reiteraciones

Hace solo dos meses, las dimensiones eran diferentes. Durante marzo y abril, la compañía Reversión presentó un conjunto de obras de microteatro, cuatro piezas de corta duración que exploraron los espacios no convencionales en tres casas del Parque Rodó. No obstante, ahora, con Juegos Mecánicos en la Sala Verdi, el dramaturgo y director de Reversión, Fernando Nieto Palladino, retorna a un formato de duración más tradicional, aunque no por ello normaliza su dramaturgia ni su apuesta escénica.

Con la torsión como su herramienta más utilizada, Juegos Mecánicos se ambienta en la Navidad de 1986 (y sus vísperas), fecha en la que Lucía (Pilar Roselló), una de las protagonistas, halla una suerte de quiebre en el espacio/tiempo que le permite dar un paso hacia atrás y vivir nuevamente los acontecimientos que antecedieron al accidente eléctrico que mató a Jesús (Miguel Montedónico). Sin embargo, por aquella rendija también se desliza Laura (Sofía Espinosa), prima y examante de Jesús, que ayudará a desestabilizar un vínculo que ya tambaleaba.

Aunque a lo largo de la obra Jesús se erige como el personaje más chato y embelesado, quizá con secuelas de aquel accidente revertido, son Lucía y Laura las que logran verdaderamente demostrar las capas que las constituyen. Lucía, dentro del malhumor y los celos que parecen definirla, vira hacia la generosidad, mientras que Laura pasa de su seducción exagerada y su fino sentido del absurdo a una comprensión real de aquellas decisiones que la vida nunca le permitió volver a ponderar. En ello, la actuación de Espinosa resalta, por algunos momentos exuberante y por otros eléctricamente ansiosa.

El juego con la física cuántica y los universos paralelos no solo se halla en aquel detonador inicial, a pocos minutos de comenzar la obra, sino que se permea a lo largo de la narrativa de Juegos Mecánicos, que se vale de aliteraciones para crear su propio hilo, un túnel en el que los instantes se confunden y el tiempo se torna una materia maleable. Sin embargo, hacia el final, las iteraciones se tornan excesivas, y algunos elementos nuevos a la historia dispersan el foco.

A lo largo de la obra, empero, la escenografía misma se mantiene como uno de los mayores aciertos: lo que en un principio parecía ser solo un trío de armarios se convierte en el dispositivo más original y fiel a la esencia del relato. Tras aquellos armarios que hacen de armarios, de cocinas, de puertas y de agujeros de gusanos, la entrada y salida de los personajes se vuelve hipnótica, y el fuera de escena se convierte en un universo inquieto en sí mismo.

Datos

Cuándo. Miércoles y jueves del 1º al 23 de junio (21 horas)
Dónde. Sala Verdi.
Cuánto. $250.

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