Juguemos al chaturanga

Para cualquier posmoderno que se precie de tal es necesario revivir este juego de mesa tal como se jugaba en la India ocho siglos antes de Cristo
La palabra sabio empezó a gozar de mala fama desde el siglo V antes de Cristo, a partir de que Sócrates se jactó de saber que no sabía nada. Sin ánimo de polemizar con un pensador tan ilustre, diré, sin embargo, que el que sabe, sabe, y no hay con qué darle. Y uno de los que saben es el antropólogo uruguayo Daniel Vidart.

Vidart nació en 1920 y su actividad intelectual no decae, algo de lo que felizmente da cuenta con una periodicidad milagrosa desde la plataforma de Facebook, donde analiza con una elegancia suprema todo lo que atañe al ser humano y, cada tanto, se remite a sus propios escritos sobre un tema en particular.

Me cuento entre los afortunados que siguen con fervor y devoción su aula virtual, desde la cual acecha la maravilla. El domingo pasado decidió copiar el capítulo El ajedrez: arquitectura sin materia de su libro El juego y la condición humana, editado por Banda Oriental en 1995.

El texto se deleita en la prehistoria del ajedrez desde sus orígenes místicos y hasta míticos, en diferentes culturas, y reseña luego con gran rapidez la historia moderna del ajedrez desde el tratado de Alfonso el Sabio, en el año 1270 después de Cristo y luego en el de Ruy López de Segura, de 1561, que sienta las bases del ajedrez moderno.

Abundan los pasajes memorables. Me detendré solo en uno, la descripción de un antecesor del juego ciencia en la India antigua: "El chaturanga, del sánscrito chátur, cuatro, y anga, temas, partes, manos o puntos cardinales (los rincones del mundo), constaba de un tablero de 64 escaques y cuatro ejércitos compuestos cada uno por un rajá, un elefante, un caballo y cuatro peones o soldados".

"Los cuatro ejércitos –continúa Vidart– se concentraban en cada uno de los cuatro ángulos del campo y formaban alianzas, dos contra dos. Los ejércitos del sur verde y el este rojo combatían contra los del norte negro y el oeste amarillo. Los pasos de las piezas, establecidos por reglamentos previos, eran comandados por el azar de los dados. No obstante, la sagacidad del jugador se encargaba de compensar la ceguera del azar con la mirada interior del discernimiento".

En cuanto lo leí me quedó claro que había que emprender el retorno a aquellas épocas heroicas. Cuatro temas, cuatro partes, cuatro manos, cuatro puntos cardinales: chaturanga es el nombre del juego.

En todo caso, lo que hay que evitar es que jueguen las máquinas, que ya son vencedoras indiscutibles en ajedrez. Ya no aquel monstruo, Deep Blue, que le ganó a Garry Kasparov –el mejor del mundo en aquel momento y uno de los mejores de la historia del juego– sino cualquier programa que se puede comprar por internet por menos de cien dólares.

Una historia del ajedrez escrita en este siglo debe incluir el dato de que la máquina superó al hombre, no solo por fuerza bruta (pueden calcular millones de situaciones en segundos) sino porque aprendieron, y cada vez aprenden más, a pensar. No solo repasan posibilidades y las comparan con el resultado deseado sino que piensan de manera estratégica, con un sistema que imita las conexiones neuronales humanas.

En el caso del ajedrez, y combinado con la fuerza bruta del cálculo, superan al hombre de manera categórica. En los demás casos será cuestión de tiempo, pero eso es otro tema.

Lo importante, como bien lo advierte Vidart, es que "no obstante los intentos de institucionalizar el juego y convertirlo en presa de la cultura de masas, el ajedrez sigue siendo un muestrario de grandes figuras individuales o de aficionados modestos que, más allá de la propaganda internacional y la pedagogía comercializada, proclaman la gratuidad creativa de la persona humana".

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