Justificada presencia militar en Haití

La presencia militar uruguaya se justifica por ventajas que superan largamente las objeciones que plantean algunos dirigentes políticos

La presencia militar uruguaya en Haití, como parte de las fuerzas de paz de Naciones Unidas, se justifica por ventajas que superan largamente las objeciones que plantean algunos dirigentes políticos. Aunque no es el beneficio principal, genera recursos financieros al Estado y mejora los magros ingresos de los soldados que participan en los contingentes de la ONU en ese país y en África. Más importante es el prestigio adicional que aporta al país en el exterior y, sobre todo, la contribución de esas unidades a promover orden pacífico y atender las condiciones de vida en una nación históricamente tumultuosa y empobrecida.

La presencia y el accionar eficiente de nuestros militares en las fuerzas multinacionales de paz no solo es reconocido por la ONU, que reiteradamente recurre a los gobiernos uruguayos para integrar esos contingentes en diferentes partes del mundo. Contribuye además, dentro del país y especialmente para el Ejército, a apuntalar una percepción social más positiva de la estructura militar, hostigada durante largo tiempo por los recuerdos de excesos represivos en la época dictatorial. Por un lado, las Fuerzas Armadas de hoy no tienen paralelo alguno con las que operaron hasta el restablecimiento de la democracia hace 30 años.

Por otro, han incidido en el mejorado concepto popular instancias recientes de decisiva asistencia militar para aliviar amenazas al bienestar de la población civil. Durante el último período de graves inundaciones, y como había ocurrido en instancias similares de años previos, fue vital la asistencia de efectivos militares a los damnificados. Incluyeron tareas de rescate y alojamiento y alimentación a quienes debieron abandonar sus casas. Y tuvo un aprobatorio impacto público la imagen de cientos de soldados en Montevideo y Salto saliendo a las calles a recoger las montañas de basura que habían superado a los gobiernos departamentales y se habían convertido en serias amenazas sanitarias.

Más pertinente a las funciones específicas de la estructura militar es su presencia en Haití. Quienes la rechazan argumentan que viola el principio de no intervención en los asuntos internos de otro Estado. Pero su error en notorio. En primer lugar, no se trata de una acción uruguaya sino que es dispuesta por Naciones Unidas, el organismo integrado por todas las naciones y cuyo cometido fundamental, aunque lo cumpla muy a medias, es mantener el orden y la paz mundial. Como en Haití no hay paz ni orden, la intervención de la ONU, no de Uruguay, es claramente procedente.

Desde que la sangrienta rebelión de los esclavos liquidó el dominio colonial de Francia y convirtió a Haití en nación independiente en 1803, el país ha vivido una historia ininterrumpida de dictaduras y convulsiones políticas, corrupción generalizada y extrema pobreza y desprotección para la gran mayoría de la población. Fiel a estos antecedentes, se ha acordado ahora un frágil gobierno provisional luego de elecciones anuladas por fraudulentas y en medio de disturbios callejeros. En estas circunstancias, un elemento estabilizador que puede ayudar al endeble orden institucional es la fuerza de paz de la ONU, en la que los militares uruguayos desempeñan un papel gravitante. Esta realidad avala sólidamente la razón de su participación en ese y otros contingentes similares en cualquier parte del mundo donde son necesarias.


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El Observador

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