Karnataka: el inexplorado sur de la India

Sin la fama del Triángulo de Oro, pero forjada por siglos de colonizaciones, imperios y dinastías que enriquecieron su identidad, Karnataka sorprende con una reserva arqueológica de 350 templos, el antiguo reino de Mysore y las dos caras contrapuestas de su capital

[Texto y fotos Pablo Donadio]

Todo en Karnataka huele a sándalo y jazmín. Su humo tibio se filtra por verjas y pasillos de los templos, sube escaleras que bajan al río y se posa en la trompa de piedra granítica de Ganesha. Esa bruma envuelve de misterio las figuras solemnes de Shiva, Brahma y Vishnú, los dioses centrales del hinduismo, la más fuerte de las seis religiones preponderantes de este subcontinente de 1.200 millones de personas. De esas piras beben sadhus y jóvenes genios del software que han hecho de Bangalore, su capital, la gran meca de la informática. Unos y otros se ahúman trayendo el aire con sus manos y esa bocanada los conecta con lo sagrado, y los negocios quedan atrás. O quién sabe, al fin se concretan.

Lejos de los viajes espirituales y las postales famosas que Occidente viene a buscar al país, el sur pone de manifiesto una aparente contradicción entre el pasado y el presente, los templos de reinos lejanos y edificios que desafían la gravedad, las reglas del mercado y los ritos sagrados.

Vientos modernos

La provincia sureña de Karnataka abrió sus puertas al turismo internacional entre el miedo, los nervios y la confianza en sus tesoros cubiertos de polvo. Ubicada al suroeste del país, entre las aguas del mar Arábigo y las regiones de Andhra Pradesh, Tamil Nadu y Kerala, Karnataka muestra su pluralidad interreligiosa, idiomática y étnica en ceremonias ancestrales que se conservan más indemnes que en otros destinos famosos y occidentalizados. Aquí hay un profundo respeto a las tradiciones, a lo venerable del cuerpo, la tierra y sus seres vivos. Pero exhibe también el desarrollo tecnológico y una apuesta a los visitantes foráneos replanteando aquella vieja idea de progreso como algo que prescinde de todo pasado. Bangalore es el lugar perfecto para entenderlo. Capital del estado, alberga a más de 8 millones de personas dispersas entre la urbe y el campo, en remotos santuarios y edificios flamantes. Sus zonas rurales despliegan exuberantes campos verdes de arroz, plantaciones de bananos y legumbres, que llegan a la urbe en camioncitos o carros tirados por bueyes, compartiendo autopista con superautomóviles de producción local de la firma Tata. La modernidad se expresa también en obras como el Namma, el metro suburbano de altura que atraviesa el cielo de la ciudad zigzagueando como una víbora surrealista. También en grandes hoteles, como el Fortune Park JP Celestial, donde ahora nos instalamos sin poder quitar los ojos de cada cuadro y escultura, y en lujos for export como el Golden Chariot, el ostentoso tren que evoca al Expreso de Oriente y al Transiberiano, con su recorrido épico entre las montañas del conurbano. Pero si hay algo por lo que la ciudad se siente orgullosa de veras, es por el liderazgo mundial en empleos de tecnología de la información. Producto de la inversión de algunas compañías apoyadas por el gobierno indio, la SIPA (Silicon Valley Indian Professionals Association) es toda una apuesta al software libre con empresas que le compiten a China y Estados Unidos las máximas creaciones en programación. De fábrica de software low cost a cuna mundial de innovación, Bangalore es hoy un imán para centros de I+D, como Infosys, SAP, IBM, Apple, Google y la reciente Uber. Erguido en las afueras de la antigua ciudad, este mundo paralelo se jacta de llevar al éxtasis el sueño de los Nehru-Gandhi, con la modernidad como sinónimo de prosperidad. Por las calles de esa "Silicon Valley india" caminamos sorprendidos, mirando a cuello torcido los edificios de cristal sólido y la avenida que conduce al macrocampus de la IBM. En sus 1.500 hectáreas, el complejo —mayor que el ubicado en Estados Unidos— emplea a más de 100 mil personas. Lo miramos detenidamente con Suri, que me sonríe e invita un chapati, una suerte de galleta sin gusto que se come con té Darjeeling y es a los indios lo que el mate con bizcochos a los rioplatenses.

Ciudad vieja

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Suri es de un pueblo rural del sur y para él todo esto de la modernidad es humo, y no como el de las piras. Pese a nuestro mutuo mal inglés, el guía y conductor del departamento de turismo local deja claro que la India crecerá de veras cuando los problemas religiosos puedan sanearse al fin, y no por la instalación de una u otra empresa. Valora este crecimiento, pero señala que la pobreza sigue con una alta tasa estadística, no menor a otros tiempos. Y dice que para conocer Bangalore y Karnataka hay que llegar también a "la vieja", ahí donde las vacas son dueñas del camino y puede verse la pobreza de la que habla. Le pido que me lleve entonces por las barriadas de chabolas, donde se entremezclan edificios de la época colonial británica, como el hotel Taj West End, y los tuk-tuk o rickshaw se menean con sus pasajeros en una aparente carrera mortal. Aquí las calles improvisan mercados, como el Krishna Rajendra, donde todo remite a las siluetas danzantes del mudra y los sonidos del sitar; explotan los aromas picantes de masalas atestados de cúrcuma y cardamomo, y brillan los ojos de promesantes arrodillados ante Parvati, la madre de Ganesha, una de las 330 millones de deidades del hinduismo. En todos esos lugares se destacan los saris fucsias, amarillos, verdes y turquesas que llevan las bellas mujeres de piel dorada, junto a niños de sonrisa franca y hombres curtidos por un sol que hoy castiga incansablemente. Descanso con Suri bajo un árbol y el hombre me invita otro té. Parece atérmico y yo estoy agotado, transpirando, y solo pienso en refresco helado. Al lado nuestro, un niño de corta edad acomoda perfumes, mientras su madre o hermana me interpela con sus tres ojos. Ese del medio —el singular tercer ojo hindi u "ojo de la conciencia", que se ubica en el centro de la frente según la casta, el seguimiento a uno u otro dios o el estado civil— es otro gran misterio seductor de estas tierras. Suri asegura que Bangalore es famosa también por ser una de las sedes del ashram de El Arte de Vivir, de Sri Sri Ravi Shankar, y otros espacios que incursionan en las terapias alternativas, la medicina ayurveda, el yoga y, claro, el Kamasutra (libro sagrado del sexo), para que cuerpo y espíritu se nutran el uno al otro de la mejor manera posible.

Escrito en la piedra

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Al norte de Bangalore la vida renace en la piedra. Ubicado 400 kilómetros al norte de la capital, Hampi es uno de los destinos más buscados del país por las ruinas de sus 350 templos, que fueron la base del esplendor Vijayanagara, el mayor imperio tras los mongoles. Consagrada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en la década de 1980, y estudiada y preservada con recelo por el gobierno y la Archaeological Survey of India, la reserva fue el epicentro de uno de los reinos más ricos del planeta, recordado por sus comerciantes de piedras preciosas y su influencia en rutas comerciales de Oriente. El recorrido no tiene un orden preestablecido y pueden visitarse ya 85 edificios recuperados, conectados por calles y parques devorados por momentos por una naturaleza tropical de 26 kilómetros cuadrados, invadida por más de 20 especies de monos. En las solemnes edificaciones cobran vida dioses poderosos, eróticos danzantes, músicos virtuosos y animales míticos grabados con realismo sorprendente. Aunque no es el Ganges, el río Tungabhadra corre allí con gran caudal, tras la torre piramidal de Virupaksha. Las escenas son bien cinematográficas: mujeres lavan a sus niños y cuelgan los saris en las escalinatas que bajan al agua, mientras ancianos de barbas interminables sumergen su cuerpo y agradecen al cielo, y un elefante bendice con su trompa a un recién nacido.

A unos 10 minutos, Vitthala es otro de los reductos imperdibles. Aquí yace el Palacio de la Música, donde cada columna fue tallada de manera especial para alcanzar distintas alturas del do al si. Se cree que en tiempos de esplendor, cuando el mandamás de la dinastía caminaba por estos suelos, los maestros de la música golpeaban ceremonialmente cada columna con pequeños hierros y la música brotaba al cielo desde este inmenso xilofón de roca. Así, la "Ciudad de la Victoria", como se llamó a Hampi, brilló por décadas y dio tres jefes hindis. Pero no fue feliz por siempre. En 1565 una guerra interna abrió las puertas a los sultanes musulmanes del Deccán y los Vijayanagara fueron aplastados sin ritos, pena ni ceremonia musical alguna.

El gran reino

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Tan visitada como Hampi, Mysore es otro de los tesoros del sur. A 150 kilómetros al sur de Bangalore, la ciudad nos atrapa de inmediato y no solo por su limpieza, orden y servicios comerciales. Conocida como la "Ciudad de la Seda", posee casas de marcas para clases pudientes (de aquí y de allá) con saris de autor, una suavidad imposible y hasta bordados de oro. Pero con paciencia y unas horas, el centro ofrece prendas que son hallazgos, como el del moderno salwar kameez, una túnica de seda con mangas, pantalón y chalina incluida, utilizada por muchas jóvenes en reemplazo del sari, a 300 rupias (5 dólares). Entre frutas y verduras, inciensos y picantes, hay surtido de chales y pashminas, ofrecidas desde las manos de los propios vendedores, que repiten a gritos "¡silk, silk, silk... pure silk!" (¡seda, seda, seda... seda pura!). Otros más pícaros, las posan directamente encima del cuerpo, y sugieren: "Beautiful, beautiful for your wife..." (hermoso, hermoso para su esposa).

Pero esta ciudad tampoco se agota aquí. Sobre la plaza central, dos edificios son protagonistas. A un lado, las tribunas del inmenso estadio de cricket demuestran que este es el deporte nacional (como el fútbol para América), y figuras como Virat Kohli, el Messi indio, despiertan pasiones irracionales. Al otro lado, el gran Palacio del Mahará recibe miles de visitas diarias por ser la residencia de los monarcas Wadiyar, que representan la historia de Mysore, pero también su presente. Desde mediados del siglo XIX los sucesivos reyes de la familia desarrollaron programas educativos, culturales y artísticos que favorecieron el desarrollo social, y su popularidad fue tal que cuando la India consiguió su independencia del imperio británico, el pueblo indio eligió al monarca Wadiyar como su primer gobernador. Actualmente, esta simpatía sigue existiendo por Yaduveer Krishnadatta, el heredero de la dinastía. Miles de personas llegan a diario al palacio y quedan imantados por las altísimas columnas, los pórticos de madera maciza y las pinturas centenarias con elefantes del rey. De noche, cuando las puertas se cierran y todo parece concluir, el palacio se ilumina en un espectáculo de sonido y la luz de 70 mil bombillas colocadas en el perímetro forman juegos de espejos, cristales y cúpulas. Desde Mysore, a orillas del río Kabini, se visita el Nagarhole National Park, que fue uno de los delirios de los maharás de la ciudad y no en vano. Allí, con mucha suerte y silencio, pueden verse de cerca los impresionantes tigres de Bengala. Sí, como en los cuentos indios tradicionales, donde el atávico país de Gandhi se diferencia de todos y no se parece más que a sí mismo, en contrastes donde la vida se muestra dinámica e inmortal al mismo tiempo.

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Cómo viajar

Varias compañías vuelan desde Montevideo. Emirates (emirates.com) viaja a Bangalore con escalas en San Pablo (Brasil) y Dubái, con 30 horas entre vuelo y trasbordos y tarifas desde US$ 2.900; o tres escalas (Buenos Aires, Río de Janeiro y Dubái) y 40 horas entre vuelo y trasbordos, por US$ 2.700.

Alojamientos

• Fortune Park JP Celestial (Bangalore): fortunehotels.in/index.aspx
• Royal Orchid Central Kireeti (Hampi): royalorchidhotels.com
• The Windflower Spa & Resorts (Mysore): thewindflower.com

Visa y vacunas

La visa debe gestionarse con anticipación en la embajada de India de cada país. Solo es obligatoria la vacuna contra la fiebre amarilla, aunque se recomienda consultar a un médico infectólogo antes de viajar.