La ambigüedad de "Tebas Land" llega al Sodre

La obra se repone por seis funciones, comenzando hoy
Las inquietudes del dramaturgo franco-uruguayo Sergio Blanco ya habían inundado el escenario. Ostia, representada junto a su hermana, Roxana Blanco, se preguntaba cuándo comienza un incesto mientras que Tebas Land, que hoy retorna a las tablas en el Auditorio Adela Reta, se aproxima a otro tipo de consanguineidad.

Ahora la interrogante intenta circunscribir los límites del parricidio a través de los encuentros entre un dramaturgo que escribe una obra, S. (Gustavo Saffores), y un presidiario, Martín (Bruno Pereyra), procesado por el asesinato de su padre. Sin embargo, aunque se nutre del legendario mito de Edipo, el universo de Tebas Land no discurre solo entre los padres y los hijos sino que, en su camino, también se cuestiona cuándo se comienza a escribir un texto.

En esa doble incertidumbre, S. divide su tiempo interactuando con un actor, Federico (Pereyra), encargado de llevar la historia de Martín al escenario. El resultado, en un juego de espejos, es una obra que se presenta a medida que se crea. Una obra cuya forma definitiva es el mismo transcurrir, la gestación.

"Cuando la lees te atrapa mucho y no te imaginás cómo sería hacerla, porque se arma leyéndola. Mi primer acercamiento fue preguntarme cómo se podía hacer la obra", comenta Pereyra. En los ensayos, con un método que a los actores les era nuevo, Blanco apeló a la profundizar la dinámica entre ambos en vez de buscar que retuvieran los diálogos de memoria. "Hubo muchas conversaciones entre nosotros en los ensayos y Sergio, de una manera muy hábil, nos fue llevando sin que nos diéramos cuenta. Nosotros decimos que esta es una obra que empieza sin empezar, y en los ensayos pasaba lo mismo", señala Saffores.

Para Pereyra, ese trabajo temprano se refleja sobre el escenario, en una tensión constante que no deja entrever un aprendizaje previo, sino una naturalidad inusitada. "Uno está acostumbrado a que te den el pie para decir tus líneas, pero en este caso realmente escuchás al otro. Para mí, como actor, fue increíble poder realmente escuchar y trabajar desde otro lugar, más esencial".

Asimismo, ambos actores tuvieron la oportunidad de visitar la cárcel de Punta de Rieles y el Comcar, aunque no con un afán de mímesis, sino de comprensión. "No fue apuntando a ver cómo viven", para luego emularlos, reflexiona Saffores. "Es impensable que un actor pueda representar el mundo carcelario. Creo que Sergio nos llevó para marcar dos lugares diferentes: nosotros actuamos, ellos están. Nosotros no somos".

Así, la construcción de S. y de Martín/Federico está definida por la fluidez, la ambigüedad. "No representamos personajes", precisa Saffores, sino que están sobre el escenario para contar una historia.

Para lograrlo, Pereyra toma actitudes propias, diferentes, para darle forma a cada uno de sus personajes y Saffores juega con la posibilidad de ser o no el propio dramaturgo que creó la obra, Blanco, adentrándose en uno de los ejercicios de "autoficción" del director.

El espectador, en esa dinámica, es estimulado, orientado hacia la especulación, la duda. "Es un espectáculo que le hace trampas al espectador todo el tiempo", define Saffores. Incluso, con un escenario dominado por una gran jaula de metal, cámaras de seguridad y una gran pantalla que proyecta imágenes del escenario y de cárceles reales, ellos deben decidir hacia dónde dirigir su mirada, su morbo.

"Yo defino esto como una experiencia teatral", agrega el actor. "Cuando el espectador entra a la sala, hay unos minutos en los que nos tomamos el tiempo para generar un pacto. Miramos a todos los espectadores, uno a uno, los saludamos y ellos nos saludan. Entonces, decimos 'bueno, acá estamos, ahora vamos a empezar'".

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