La "batalla de ANCAP" y sus lecciones

Adolfo Garcé propone un rápido balance de estos largos meses de debate público sobre ANCAP
Hoy es el día. El Senado ha sido convocado para debatir los informes elaborados por los diferentes partidos en el marco de la comisión investigadora sobre la gestión de ANCAP. Aunque se espera que durante la sesión se conozcan más detalles, ya trascendió a la opinión pública lo más importante de lo que nuestros partidos tenían para decir sobre el tema. Les propongo, en lo que sigue, un rápido balance de estos largos meses de debate público sobre ANCAP. No pretendo dictaminar si hubo o no mala gestión o delitos. Considero que no me corresponde. En cambio, sí quisiera poder extraer algunas lecciones y conclusiones más generales acerca de cómo discutimos de política en nuestro país.

Se habló mucho, y seguramente se seguirá hablando durante los próximos días, sobre si hubo o no corrupción durante la gestión frenteamplista en ANCAP. La oposición insiste en que sí. El partido de gobierno asegura que no. Para determinar o no si hubo delitos la oposición promete ir a la justicia. En momentos en que escribo esta nota (martes de mañana) no se sabe si, finalmente, recorrerá el camino de una denuncia conjunta como propuso el senador nacionalista Jorge Larrañaga. Pero está claro que la "batalla de ANCAP" continuará en los tribunales de justicia.

Hablamos muchísimo sobre estrategias político-electorales. Sobre la carrera política de Raúl Sendic. Sobre si abusó o no de su posición en ANCAP para avanzar en ella. Sobre si no le hubiera convenido más bloquear la Comisión Investigadora que darle "luz verde". Sobre cómo los astoristas aprovecharon la oportunidad para consumar su vendetta con Sendic. Hablamos, y escribimos, sobre Luis Lacalle Pou y sobre si su posición en el tema ANCAP forma parte o no de un giro en su discurso. Discutimos también sobre si la Comisión Investigadora podía ser una oportunidad para que los demás actores de la oposición (colorados e independientes) ganaran otra presencia en el debate público. Analizamos la "batalla de ANCAP", todo el tiempo, disponiendo a los distintos actores sobre un tablero de ajedrez.

No tiene nada de malo preguntarse si hubo corrupción. Por el contrario, como enseñaba Vaz Ferreira en Moral para intelectuales, es mejor exagerar que quedarse corto. No tiene nada de malo analizar la dimensión electoral de este episodio. Más vale que sobre y no que falte: la competencia electoral maximiza la influencia de cada uno de los ciudadanos. Tampoco tiene nada de malo que ambas obsesiones se combinen, es decir, que las denuncias de corrupción tengan un componente electoral. El problema es cuando solamente hablamos de estos aspectos y no dejamos suficiente espacio para analizar otros.

Hemos reflexionado muy poco a lo largo de este proceso, por ejemplo, sobre la relación entre política y administración. Es un tema clásico en la ciencia política que además tiene, en nuestro país, una larga tradición. Se remonta como mínimo al artículo 100 de la Constitución de 1917 y al "pacto del chinchulín" (Luis Alberto de Herrera dixit) entre nacionalistas y batllistas que permitió en 1931, precisamente, la creación de ANCAP. Este pacto inauguró un cambio de hondas consecuencias en la relación entre política y técnica en la gestión de las empresas públicas. Hablamos muy poco, en concreto, sobre si conviene o no hacer cambios normativos, como acaba de sugerir el senador Pablo Mieres, para separar las carreras políticas de la gestión de recursos públicos. Es un gran tema que merece una discusión profunda.

Hablamos muy poco, también, sobre empresas públicas y desarrollo. Hemos escuchado apenas frases muy generales sobre qué papel espera el gobierno que juegue la petrolera estatal en su estrategia general. Tampoco hemos podido tomar nota de qué piensa la oposición sobre esto, es decir sobre qué papel le asignaría si le tocara gobernar. Hemos podido aprender poco, como ciudadanos, acerca de los fundamentos teóricos, doctrinarios y empíricos de las diferentes visiones sobre el papel de las empresas públicas, en general, y de ANCAP, en particular.

Hace algunos años, en un libro excelente que recoge su Tesis de Doctorado en Ciencia Política, Rosario Sánchez se preguntaba ¿Cómo hablamos de la democracia? Luego de analizar las "narrativas mediáticas de la política en Uruguay" concluía: "Se expresa así un sentido común de lo político marcado por una tendencia a lo competitivo que no puede sin afectar el juicio ciudadano". Y agregaba: "la ausencia o constricción de dimensiones deliberativas disponibles para los ciudadanos en el espacio público mediático cercena la posibilidad de una mejor comprensión de los asuntos, de una más robusta dilucidación de las diferencias y de una búsqueda cooperativa de razones y alternativas que contribuyan a forjar la civilidad de una sociedad"1.

El debate público que hoy tiene un momento especialmente relevante pero que sacudió a la opinión pública a lo largo de un semestre le da completamente la razón. Presentamos ANCAP como un "campo de batalla". Analizamos "estrategias" y "cálculos". Distinguimos "ganadores" y "perdedores" en la "lucha por el poder". Priorizamos, es evidente que nos fascina, la dimensión adversarial y competitiva de la política. Pero, casi siempre, nos quedó en el tintero otra dimensión, tan importante como la anterior: la deliberación sobre fines, valores y razones.

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