La biblioteca luminosa de Levrero

La familia organizó un venta de los libros que el autor leyó en vida

En el apartamento del documentalista Juan Ignacio Fernández Hoppe, su padrastro, Mario Levrero, ocupa una pared entera. Libros que pertenecieron al autor, desde Borges hasta autores de novelas policiacas ignotos para el común de la gente, se agrupan en varios estantes, por orden alfabético, con papeles que indican si los cúmulos de hojas y lomos tienen o no alguna anotación, algún subrayado. Alguna marca de que Levrero estuvo ahí.

"Sus libros estaban siempre desordenados", comenta su viuda, Alicia Hoppe, mientras mira la biblioteca que Fernández Hoppe encargó especialmente para la colección. Al lado de ella, en tanto, hay otros grupos de títulos, ahora sí, una maraña que aún debe ser revisada antes de la venta de mañana, "Ex libris Mario Levrero", en la que los familiares directos del escritor (Hoppe, Fernández Hoppe y Carla y Nicolás Varlotta, sus hijos biológicos) permitirán que aquel acervo se disperse este fin de semana entre sus fanáticos, como ya lo hizo antes entre sus colegas y amigos.

Organizado a través de un evento de Facebook que al cierre de esta edición cuenta con más de mil asistentes, la venta de la biblioteca personal fue un proceso dentro de otro proceso mayor. Tras el fallecimiento de Levrero en 2004, el primer paso de la familia fue reeditar las obras que él había publicado en vida, yendo del desinterés incipiente de las editoriales a lo que ahora se considera como el "boom de Levrero". Lo siguiente, en tanto, fue el archivo, ahora en manos de la Facultad de Humanidades que desde el 2011 ha estudiado y escaneado materiales que van desde dibujos del autor hasta "carpetas de sueños". "Ha sido muy lento el catalogado de acuerdo a los tiempos burocráticos y a los pocos recursos del Estado para hacerlo", agrega Fernández Hoppe.

Sin embargo, entre el ir y venir, la biblioteca personal de Mario Levrero (para los cercanos Jorge Varlotta, su nombre real) había permanecido intacta, con casi mil títulos de literatura universal y otros 800 de novelas policiacas. "Llegó un momento en el que me sentí como la curadora de un museo", comenta Hoppe. "Como él era tan de estas cosas místicas y comunicaciones del espiritu, cuando dije 'basta' sentí que era como que Jorge me estaba dando una patada, preguntándome para qué estaba guardando esto".

Sin embargo, la opción de la venta estuvo lejos de ser la primera idea. "A la biblioteca la veo como una tercera línea que costó más entender que tenía el mismo valor que las ediciones y el archivo", comenta Fernández Hoppe. "Me costó llegar hasta ahí porque no sabía qué hacer que tuviese un símbolo, que tuviese un sentido".

Una recorrida por diversas librerías para vender la colección inauguró el intento, incluyendo a la Librería Cooperativa del Cordón donde Levrero canjeaba los policiales todas las semanas "como si fuesen monedas", en palabras de Hoppe. La Biblioteca Nacional fue otra de las opciones pero el resultado final, con el nivel de desgaste de los libros, hubiese sido que terminaran detrás de una vidriera, para que los visitantes solo pudieran sacarles fotos. "Creo que de ahí viene el espíritu de esparcir, en vez de pasar todo ese peso junto hacia otro lado y encerrarlo en una institución. Jorge además estaba en contra de lo institucional. Era un hombre que al final creo que ni se sacaba la cédula de identidad. Sí estaba a favor del contacto de alma a alma, apelaba a lo personal", comenta Fernández Hoppe. "En un momento me cayó la idea de una venta y que pase a ser una biblioteca custodiada y sostenida entre muchos", agrega, y su madre interviene. "Dicho así, me parece que es una idea que Jorge aplaudiría. 'Custodiada entre muchos'. Porque eso mismo fue lo que dijo cuando me dijo 'mi obra es del mundo, es de todos'", recuerda Hoppe.

En la mente de su hijo, y de muchos colegas y fanáticos, una institución especialmente dedicada a Levrero sería una respuesta "hermosa", pero los recursos y los tiempos la hacen tan ideal como irreal.

I(nte)rrupciones

Cuando la venta comenzó a difundirse en las redes sociales, los agradecimientos inundaron a la familia a la par de los cuestionamientos, críticas e incluso acusaciones. Algunos investigadores y autores recusaron la decisión de la familia, apelando al valor de los libros en cuanto archivo, ya que podían contener anotaciones o subrayados que permitieran conocer mejor al autor y a su obra. Sin embargo, la familia no tardó en contestar. "Si algo hemos tenido es un extremo cuidado con todo lo de Jorge. Entonces que te traten como si hubiéramos dicho 'mirá cómo me molesta este montón de papel, vamos a sacarlo', realmente hiere", responde Hoppe. "Él nunca leyó con un lápiz en la mano", agrega, y afirma que algunas de las anotaciones en los libros pueden ser de sus dueños anteriores. "Hay algunas notas que sí son de él", interviene su hijo, "pero como Jorge no tenía la costumbre de hacer eso, aquellos pasajes que subrayó fue porque valían la pena".

Tras el intercambio de opiniones, una "brigada Levrero" de 14 personas comenzó a revisar cada uno de los libros, catalogándolos según las marcas o marginales, y tomando fotografías de las señas de Levrero. "Lo bueno de la polémica es que me interpeló. ¿Estaremos en lo correcto? Y realmente tomar otra decisión hubiese sido para que esto quedara encerrado, para que el acceso se hiciera cada vez más difícil y que tomara tiempo en catalogarse", comenta Fernández Hoppe.

El documentalista, entonces, toma su computadora y busca un fragmento de Farenheit 451 que ya había publicado en el evento de Facebook. "No son libros lo que usted necesita, sino algunas de las cosas que hubo en los libros", lee, citando a Ray Bradbury. "Búsquelo en la naturaleza y en su propio interior. Los libros eran solo un receptáculo donde guardábamos algo que temíamos olvidar. No hay nada mágico en ellos, de ningun modo. La magia reside solamente en aquello que los libros dicen, en cómo cosen los harapos del universo, para darnos una nueva vestidura", concluye, y entonces piensa. "Cuando a Jorge le preguntaban por sus referencias literarias, él mencionaba un par, pero después decía 'a mí me ha influido la luna, un amigo, ver un perro corriendo'. Él hablaba de cosas vivas, de referencias del mundo. No está en los libros. Esparzamos esto para que siga funcionando de esa manera".

Un libro con Levrero


Alejandro Ferreiro (Periodista/Autor)
"Durante los años de amistad con Mario/Jorge fuimos varias veces a canjear libros a la Librería Cooperativa del Cordón, en Tristán Narvaja, mi preferida... La rutina era que yo lo pasaba a buscar, canjeábamos y volvíamos a su casa a comentar lo adquirido. Con certeza me regaló varios de Henry James y algunas novelas negras. Pero recuerdo con especial alegría El hombre demolido de Alfred Bester, que me impactó muchísimo. El sábado no voy a ir a buscar ninguno, no sé por qué. Aunque me gustaría ver una vez más el primer ejemplar salido de la imprenta de Portland, mi primer libro, que se publicó gracias a él y sus insistencias. Quisiera ver si al dedicárselo era consciente de lo que estaba cambiando en mi vida gracias a su intervención".

Gabriela Onetto (Escritora/Filósofa)
"Mario me regaló dos libros. Uno era Miss Lonelyhearts, de Nathanael West, que Juan Ignacio (Fernández Hoppe, hijastro del escritor) dijo que era uno de los libros que se quería quedar para él. Resulta que lo tenía yo. A la venta no voy a ir porque fui a una venta previa que hizo la familia en diciembre con algunas personas más cercanas; de ahí me traje Las Moradas, de Santa Teresa. Por otra parte, recientemente descubrí y publiqué en el Facebook de este evento una lista de libros que armamos con Mario, que se llama "joyitas selectas" e incluye los libros de su biblioteca que él consideraba más especiales, incluso algunos que le habían robado o que había perdido".

Helena Corbellini (Escritora/Poeta)
"Era difícil que Mario prestara los libros de su biblioteca. Si prestaba los que eran de su autoría era porque estaban agotados, así los podíamos leer. Me acuerdo de leer Gelatina en una fotocopia, y estoy segura de que leí otros de sus libros de esa forma. Sí conversábamos de autores que él tenía en su biblioteca, como Raymond Chandler, que era para nosotros el mejor escritor del mundo. De su biblioteca solo compré la colección Rastros (colección de libros sobre espías publicada en Argentina entre 1944 y 1977). Me acuerdo además que Mario apreciaba mucho su colección de novelas policiales, y que tenía muchos libros viejos y usados, porque él supo ser vendedor de usados".

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