La caída del PT y la alegría brasileña

Varios son los factores que propiciaron la caída de la presidenta; Michel Temer también lo tiene todo en contra, excepto por una cosa
Brasil es el país del futuro y siempre lo será", dice un viejo adagio popular que da cuenta de ese pesimismo alegre —o alegría derrotista— que siempre ha atravesado el imaginario nacional brasileño, y de la decepción que cada tanto les renuevan sus gobernantes desde épocas del Imperio. La esperanza eternamente trunca, la "gran ilusión" de un carnaval que dura tres días, de un mundial de fútbol que los llevaba en volandas a la gloria inmortal e inesperadamente toma un atajo para desembocar en el mar de lágrimas y duelos de Maracaná; "Tristeza não tem fim, felicidade sim", resume Jobim, en lo que parece ser la poesía del alma brasileña.

La política siempre ha estado íntimamente ligada a esa dicotomía existencial tan brasileña, con su historia de grandes desilusiones donde acaba la fiesta y la euforia le abre paso a la melancolía. Desde la época de la colonia y "la quimera del oro", hasta la independencia de Ipiranga, que no los convirtió en una república, sino en otro imperio de distinta denominación y que terminó en la anarquía sin escalas, saltando luego —ya en el siglo XX— a la esperanza del desarrollismo y el Estado Novo de Getúlio Vargas, que el propio presidente cejó para siempre disparándose en el pecho; al crecimiento económico de una dictadura militar que conculcó todas las libertades; a la promesa de la Nueva República de Tancredo Neves, muerto antes de asumir la presidencia; hasta la ilusión de la primera elección popular en casi 30 años y el entusiasmo liberal de Collor de Mello, destituido dos años después de asumir, Brasil siempre ha estado a punto de convertirse en una potencia que le ha sido esquiva.

Esta vez, sin embargo, todo parecía diferente. Lula no solo era de extracción humilde, el obrero venido del Nordeste empobrecido que llegaba al Planalto portando el estandarte del Partido de los Trabajadores para reivindicar a los eternos postergados de la sociedad brasileña. Lula era también el artífice del "milagro brasilero", un país que crecía a tasas chinas y que se proyectaba al mundo como modelo de potencia emergente, arañando el lugar de la sexta economía mundial a punto de dar el salto. Siempre a punto.

Pero otra vez, todo se derrumbó. El milagro estaba sostenido sobre una descomunal red de corrupción, artificios y componendas políticas que su sucesora, Dilma Rousseff, no pudo –no supo– mantener. Es cierto que los escándalos de corrupción, que con frecuencia conmocionaban a la opinión pública brasileña, y la desaceleración china también fueron minando los apoyos de Dilma hasta hundirla en la más exigua impopularidad, y que se menoscabó severamente la legitimidad de todo el sistema político, con dirigentes de todos los partidos implicados en actos de corrupción.

Pero Dilma no era política, no tenía la muñeca endiablada de Lula para manejar todo ese aquelarre de proporciones colosales. Dilma era una tecnócrata, que Lula acabó eligiendo como su sucesora después de que se le quemaran todos los cartuchos en la línea de sucesión: Los mejores cuadros del PT se le fueron bajando de a uno, salpicados en casos de corrupción desde el mensalao.

Es así como surge la figura de Dilma, quien una vez en el poder actuó como una tecnócrata: se aisló del Congreso, se aisló de los acuerdos y de las componendas políticas, fue perdiendo apoyos (hasta el de su propio aliado en el gobierno, el PMDB), la recesión económica le estalló en la cara, y terminó perdiendo en las calles. Luego los parlamentarios cerraron el círculo en sendas votaciones de la Cámara de Diputados y el Senado.

La prensa internacional, como va dicho, jugó un rol no menor en la quimera del Brasil del PT. Con esa tendencia tan procíclica que siempre caracteriza a las más prestigiosas publicaciones de la economía internacional (es tan difícil para el periodismo criticar el éxito económico y tan fácil confundirlo con el prodigio), confundieron bonanza con desarrollo, aplaudieron y ubicaron a Brasil en un sitial de privilegio para los mercados, que se vinieron en avalancha.

El ejemplo que mejor lo ilustra es el de la revista The Economist y sus dos tapas memorables: "Brasil despega", la de su edición del 12 de noviembre de 2009, con una enorme foto del Cristo del Corcovado propulsado a chorro, proyectándose hacia el espacio; y "¿La macaneó Brasil?", la del 28 de septiembre de 2013, con la foto de la misma estatua precipitándose hacia el suelo de cabeza.

Pero lo que en realidad terminó de cerrar el círculo para el gobierno de Dilma, no fue la prensa, ni siquiera la reciente apertura del proceso de impeachment en el Congreso. La suerte de Dilma se selló en las calles, a poco de asumir su segundo mandato el primero de año de 2015, cuando estalló el escándalo de Petrobras.

Si hay una empresa que para los brasileños es símbolo de esos sueños de grandeza nacional, que encarna esos anhelos de ser "o mais grande do mundo" y que es como el Pelé de las empresas estatales, esa es Petrobras. Y el megaescándalo de corrupción en sus entrañas fue la gota que derramó la copa. Después ya nada volvió a ser igual. El círculo se había cerrado para Dilma, Lula y el PT. Todo lo que vino después fue apenas la consecuencia de esa gran decepción del pueblo brasileño.

En ese clima de inestabilidad institucional y crisis política ha asumido la presidencia interina. Se abre ahora una gran incógnita no solo para el gigante sudamericano, sino también para toda la región. Deberá gobernar con mano diestra. No tiene el más mínimo margen de error. Pero cuenta con una ventaja: la alegría y el entusiasmo brasileños no esperan mucho de él.

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