La comedia de la seguridad

El periodismo es vuelapluma: está atrapado en su faja de pocos caracteres, y nos amordaza, además, el escaso tiempo del lector.
Álvaro Diez de Medina, especial para El Observador

El periodismo es vuelapluma: está atrapado en su faja de pocos caracteres, y nos amordaza, además, el escaso tiempo del lector.

Por eso debo dejar afuera hoy el sainete de la crisis institucional que se inventara el Frente Amplio para disfrazar su irrefutable incapacidad a la hora de velar por el orden público, las miserias mediáticas del senador Rafael Michelini y la diputada Mónica Xavier, y hasta la cómica presentación en sociedad del presidente de la coalición, al que la impericia de los senadores Pedro Bordaberry y Jorge Larrañaga diera, por fin, el empleo útil que los demás no le veíamos.

Diferente es el caso del otro rostro de esa oligarquía burocrático-sindical: el de la central PIT-CNT, que emitiera la pasada semana un comunicado en relación al más reciente de los asesinatos, de un ciudadano en Carrasco Norte y a sangre fría.

La central apunta a lo previsible: relativizar la importancia que un mero pedido de renuncia ministerial tendría en el expansivo ciclo delincuencial que el país vive, así como destacar la "fragilidad" que hoy exhibe el mero derecho a la vida de los ciudadanos.

Pero, y para nuestra sorpresa, incluye otras, e insólitas, consideraciones: su supuesta preocupación ante el hecho de que "día a día la sociedad pierde valores fundamentales en materia de convivencia ciudadana, valores éstos que otrora supieron distinguirnos", al tiempo que insta a "elaborar propuestas, con altura y perspectiva, que combatan este flagelo (del crimen) y nos permitan reconstruir la cadena de valores que propenda a la pública felicidad". Vaya, vaya: parecería algo con lo que es difícil disentir.

La glosa de estos conceptos llegó al día siguiente, de boca de uno de los capitostes sindicales.

El secretario general de la organización aclaró el concepto al asegurar que las políticas públicas del régimen no son, en modo alguno, responsables de la zafra criminal, sino "esta sociedad capitalista enfermiza ... hoy por hoy estamos desintegrados individualmente, solamente como protagonistas de consumo: no hay mecanismos de socialización". Y, por si no quedara claro, retomó el tema de la encíclica sindical: se está perdiendo "cadena de valores", allí donde antes se promovía una "ética de trabajo y de integración social".

Se ve que los libretistas del régimen están nuevamente de viaje, porque la última vez que revisé el discurso oficial, la línea argumental era la de que Uruguay vivía, hasta 2005, en una salvaje primavera neo-liberal, que diera paso, con el ascenso del frenteamplismo, a esta aurora boreal de fraternidad inclusiva, diversa, solidaria, igualitaria, a la que no se detiene, como no se detienen ni la risa, ni el color.

Sentir, en 2016, nostalgia por "valores que otrora supieron distinguirnos" exhibe, por tanto, un tufillo reaccionario que sorprende. Recordemos: "otrora", los niños comían pasto, mientras obreros y estudiantes iban unidos y adelante. No había, por ende, "valores". Pero bueno: cambia, todo cambia .

El clásico estofado sindicalista es el que nos permite, por tanto, hacer las reflexiones que más importan, en este caso respecto al dilema que plantea la crisis de seguridad pública.

La primera, y más importante, es transparente: debemos asumir que el círculo vicioso de la criminalidad que, por lo demás, compartirmos con la región, ha llegado para quedarse: la cháchara de los "valores" no significa nada en aquellas zonas que la delincuencia ha liberado, ahora tras varias generaciones de cristalización.

La segunda no va a la zaga. El estólido país que había que transformar en 2005, y que el Frente Amplio no hizo sino atornillar, empotrar y sellar, es el país del estatismo prebendario: aquel en el que el parasitismo, las reglamentaciones y el progresivo descrédito del estado de derecho procuran ahogar a cualquier precio la innovación, la productividad, la inversión y el empleo real. Sin otra prosperidad posible, pues, es un país destinado a promover, consistentemente, la elección del crimen como alternativa de supervivencia y blasón de respetabilidad social entre aquellos a los que no educa, no eleva, ni dignifica, sino que reduce a la mera condición de Pokémon de sus rentados clientes y ONGs "sociales".

El PIT-CNT que hoy habla de "cadena de valores" con tono de aterida anciana, es el mismo que perpetúa, desde 1956, en el foro público el credo del rencor social, y el régimen político que hoy integra es el mismo que elevara a la primera magistratura del país, y a los ministerios, a personas en su momento procesadas por rapiñas, lesiones y homicidios.

El mismo, en fin, que hoy lucha a brazo partido por cerrar los sumarios abiertos a funcionarios afiliados, acusados de graves irregularidades sobre la persona de nada menos que esos menores recluídos por los que derrama publicitarias lágrimas de caimán. "Hipocresía" nos llega de las palabras griegas hypos (máscara) y krytes (respuesta), y desde esa antigüedad significa lo que significa la jerga de la central: "hablar enmascarado".

¿Que la seguridad es un tema endemoniadamente complejo? ¿Que muta con cada hora? ¿Que desafía al más pintado? Ya lo sabemos: pero ello no excluye que haya recursos mínimos desde los que emprender el camino de su resolución.

Más y mejores establecimientos penales. Y ya. Eficaces programas de prevención y monitoreo del criminal en su medio social. Un sistema procesal penal que asegure el efectivo cumplimiento de las penas. Una simplificación de la ingeniería legal penal, que permita concentrar la política punitoria en los crímenes de mayor virulencia social. La reprogramación de los recursos humanos asignados a la policía, la justicia y la reclusión penal, de forma de hacer de ellos una falange ceñida y eficaz, capaz de procesar la avalancha de las violencias delictivas que hoy ni siquiera llegan a las estadísticas oficiales.

Y, por cierto, el honesto entendimiento de que la pena es, ante todo, punición: ya el gran humanista penal, Cesare Bonesana, marqués de Beccaria, escribió en 1764, y anticipándose a Jeremy Bentham, que "la palabra derecho no es contradictoria de la palabra fuerza; antes bien, aquella es una modificación de ésta, cuya regla es la utilidad del mayor número".

Algo más allá, o más acá, pues, y todos sabemos en qué consisten los fundamentos de una corrección, como sabemos que doce años de frenteamplismo le han dado a todas horas la espalda a esta realidad. El problema no se llama, por tanto, Díaz, Tourné o Bonomi, sino que lleva el infamante nombrete de la inepcia y el fraude ciudadano: ese cáncer sistémico de Uruguay que esta administración ha convertido en su marca registrada.

Y lo ha hecho, por cierto, desde el día mismo que, anunciando en tonos pastel que "cuando prometemos, cumplimos", proclamando haber aprendido "de los aciertos y de los errores", y haber consultado "a los que saben más que nosotros", se comprometiera a "frenar el crecimiento de las rapiñas y, en cinco años, reducir el número de los hurtos y rapiñas en un mínimo de 30%", a que la reincidencia criminal alcanzara niveles europeos, y a eliminar "totalmente" la super población carcelaria de esos establecimientos en los que mueren violentamente una cuarentena de personas cada año.

Ah ... y todos estos imaginarios milagros lloverían en medio de la "sociedad capitalista enfermiza" que, por lo que veo, los grisines del PIT-CNT no han conseguido aún lancear.

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