La Constitución, ese problema

Las constituciones no son algo molesto; son estatutos, perfectibles por cierto, que nos hemos dado para limitar el poder del gobierno

Qué problema las constituciones! ¡No dejan hacer a los poderes ejecutivos, nacionales o municipales lo que creen más oportuno o lo que les da la gana! ¡Son realmente una molestia! ¿No habría que hacer como Nicolás Maduro, que hace un par de días convocó por decreto (por decreto, sí, leyó bien estimado lector) a una Asamblea Constituyente para reformar la Constitución que había hecho a gusto y medida su mentor Hugo Chávez en 1999 al dar comienzo a la revolución bolivariana? Quizá Chávez estuvo un poco timorato y dejó algunos vestigios de republicanismo en esa constitución, como la existencia de los tres poderes clásicos de Montesquieu (en realidad en Venezuela hay cinco, pues Chávez añadió el Electoral y el Ciudadano). Pero al menos Chávez introdujo un mecanismo muy poco republicano de convocar a una reforma constitucional, que es por decreto presidencial, algo que ninguna constitución que se precie de garantista de derechos y libertades individuales permitiría.

Maduro dice que al activar el proceso de reforma constitucional busca establecer "bases de paz muy sólidas, frente a una muy grave amenaza que ya habíamos vivido en el mes de abril". Nadie sabe cómo un cambio constitucional puede traer la "paz" con la que sueña Maduro, salvo que sea mediante la supresión de libertades individuales de expresión, de manifestación y de protesta. Es una convocatoria muy confusa basada en representación de las bases populares y de los municipios pero no de los partidos políticos. Sea como sea, Maduro quiere convertirse en un moderno Montesquieu y seguramente se dará una constitución a su medida para seguir haciendo lo que le viene en gana y mantenerse en el poder en forma indefinida sin concurrir a elecciones, porque sabe que las perderá.

Pero no es Maduro el único al que molestan los límites que imponen las cartas constitucionales. La historia de las constituciones desde la Carta Magna de 1215 en adelante ha sido la historia de la libertad política, ha sido la historia de la limitación del poder del monarca. La Carta Magna La Constitución, ese problema le molestó a Juan sin Tierra. Incluso antes, el Fuero de Jaca de 1077 que "otorgaba un estatuto de libertad personal... numerosas garantías de seguridad jurídica y procesal" habrán molestado a algún rey o noble en España. Este fuero se transformó, en 1247 y siendo rey de Aragón Jaime I, en los famosos Fueros de Aragón, que tuvieron notable influencia en la limitación del poder de los monarcas y en el reconocimiento de los derechos y garantías de los súbditos.

Lo cierto es que ya en la Baja Edad Media se siembran las semillas de lo que siglos más tarde será el estado de derecho, la separación de poderes, la independencia de la justicia y el reconocimiento de los derechos y garantías individuales. Y todo el proceso, con sus idas y venidas, gira en torno a la limitación del poder real, primero para establecer impuestos, luego para legislar, luego para administrar justicia. Este proceso se acelera con la Revolución Gloriosa de Inglaterra de 1688, la Independencia americana de 1776 y la Revolución francesa de 1789, aunque en este caso se pasó, en pocos años, del absoluto poder real al absoluto poder del emperador Napoleón Bonaparte.

Pero aún hoy, en pleno siglo XXI, las constituciones "molestan". Le molestó al expresidente Mujica cuando quiso poner impuestos o propiciar leyes que iban contra los principios que rigen nuestra Constitución. Les molestó a los que hicieron la ley de medios. Les molestó a muchos sectores del FA que buscaron diversas formas de reformar la Constitución, para hacerla maleable a los deseos del gobernante de turno. Por suerte, hasta ahora esos diversos intentos no han tenido éxito.

Ahora la Constitución molesta a los intendentes porque, en su artículo 302, les impide gastar los superávits en obras y los obliga a amortizar préstamos contraí- dos con anterioridad. Y todas las intendencias ponen el grito en el cielo. Aunque la letra del artículo es clara, y la intención del constituyente también (evitar el gasto en obras que suele venir bien por razones electorales antes de poner la casa en orden), algunos pueden sostener que ese artículo no se aplica a deudas no vencidas. Ahora será el Tribunal de Cuentas quien deberá decidir. Pero lo importante es que la Constitución no es algo molesto. Es un estatuto, perfectible por cierto, que nos hemos dado para limitar el poder del gobierno y proteger las libertades individuales. De modo que si a alguno le molestan estos límites, bien puede irse a Venezuela, donde la Constitución ya da, y dará más aún, una gran discrecionalidad al Poder Ejecutivo. Eso sí, de los derechos individuales puede irse olvidando desde que se suba al avión. Es que las constituciones son "un problema" para quienes tienen espíritu autoritario o quieren acumular más poder. Para todos los demás, son escudo y garantía de libertad.

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