La defensa de la cruz en el siglo XXI

El cardenal percibe que aún existen “movimientos anticlericales” y va al fondo de la historia de Uruguay para defender el valor de la Iglesia católica

Tras las gruesas puertas del Arzobispado de Montevideo, que dan sobre la calle Treinta y Tres, el ruido de la Ciudad Vieja queda en sordina. En un amplio hall limpio y despojado, los pasos retumban apenas y la recepcionista guarda silencio. Al abrirse una alta puerta de doble hoja, un pasillo oscuro conduce hasta un pequeño ascensor. En el primer piso, otro pasillo decorado con grisáceos bustos de mármol da paso a una nueva puerta, entornada. Es una antecámara que funciona como cuarto de espera del despacho personal del cardenal Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo. Allí vive con otros dos sacerdotes, uno de ellos, su encargado de prensa.

Una fría tarde de Eliminatorias, Sturla recibió a El Observador en su espaciosa oficina, iluminada con una estructura lumínica desde arriba que rebota en el techo blanco y ambienta la habitación de forma equilibrada, sin sombras. El cardenal usa un buzo Legacy negro y sobre el pecho le cuelga una cadena con una cruz de brazos redondeados. “Es la imagen de Jesús Buen Pastor, el que se compadece de la multitud como ovejas sin pastor”, explica.

A los 57 años, Sturla ha logrado dentro de la Iglesia católica uruguaya lo que muy pocos han conseguido: convertirse en el principal referente local y tener además una proyección exterior por su figura de cardenal, elector de futuros pontífices.

Esas responsabilidades pasan factura a una vida que se ha trastocado de manera notoria. Le falta tiempo para sus rutinas anteriores. “Me encuentro en el momento de la vida en que menos he leído”, confiesa. Uno de los pocos momentos del día dedicados a la lectura se produce después del almuerzo. Luego vienen unos veinte minutos de siesta. Fanático de la historia nacional, en este momento está leyendo el volumen del batllismo de la antología dirigida por Gerardo Caetano y publicada por editorial Planeta.

“Batlle y Ordóñez tuvo la oportunidad única de plasmar el país modelo que marcó la impronta del Uruguay. Parte del ideal tuvo que ver con esa imagen de la vida como un viaje placentero. Una mirada humanista, donde también influyó mucho Domingo Arena”, dice.

Pero opina que el batllismo tuvo una contracara que significó un cercenamiento de la dimensión espiritual y profunda del ser humano. “Batlle combatió con la Iglesia, se propuso hasta quitar el domingo de la semana, la enseñanza religiosa de las iglesias”, dice el cardenal y mira un largo estante de su biblioteca vidriada donde se amontonan números libros sobre don Pepe y el batllismo.

Sturla creció en el seno de una familia católica a mediados de la década de 1960, un momento crítico de la Iglesia católica en el mundo y en América Latina, convulsionada por los cambios del Concilio Vaticano II, el uso de la religión como herramienta política explícita y con muchos sacerdotes atraídos por la izquierda más combativa. “Hasta 1967 la liturgia de la misa se hacía en latín, luego cambió al español”, explica Sturla, que no habla ni lee latín.

Desde muy chico tomó contacto con la política en su casa de Libertad y Masini, en pleno Pocitos. Su padre era herrerista y católico, su madre de origen colorado y anticlerical. Su hermano mayor fue el dirigente herrerista Héctor Martín Sturla, que se transformó en su tutor al momento de morir sus padres, cuando Daniel era adolescente.

Fue alumno de colegios católicos, porque sentía fe. Durante el liceo no tuvo novia, pero sí salió con una chica, mientras alternaba su vocación de servicio en el grupo Castores del Seminario.

Un episodio de 1978 fue determinante en su vida. Luego de una manifestación de militantes blancos por la muerte de Cecilia Fontana de Heber en el monumento a Aparicio Saravia, que fue reprimida por la Policía del gobierno dictatorial, se planteó seriamente la posibilidad de volcarse de lleno a la vida político partidaria. Durante unos meses, esta vocación rivalizó con la religiosa, pero hacia 1979 se sintió llamado por Dios, empezó a dar clases de catequesis y se dio cuenta de que el camino no tenía retorno: dejó de ver a la chica y encaminó sus pasos exclusivamente hacia el ámbito religioso. “Fue una decisión fuerte y radical, con la plena conciencia de descubrir un tesoro”. Así, entró en la congregación salesiana.

Pero ante una decisión tan drástica los momentos de dificultad y dudas arreciaron sobre el joven. A un año de haber ingresado, no se sentía con las fuerzas suficientes para continuar. “Pude zanjar ese momento en la vida de oración, en la experiencia de rezar, que es el andamiaje de la vida del sacerdote”, dice Sturla, que años después pasó a trabajar en instituciones educativas salesianas, como el colegio Juan XXIII y en Talleres Don Bosco, donde exalumnos y docentes lo recuerdan con cariño.

Si bien su figura era conocida en los contextos católicos de Montevideo, era ajena a la opinión pública. Una de sus primeras apariciones se produjo en una tertulia del programa En perspectiva de radio El Espectador en el año 2012. Era un viernes santo y los ateos Carlos Maggi y Juan Grompone arrinconaron al entonces obispo auxiliar Sturla, que se defendió “como gato entre la leña” en defensa de la Semana Santa.

“Respeto mucho a Batlle y Ordóñez, por su política social, su humanismo y su política hacia la mujer”, dice Sturla. Pero considera que ahondar en esa línea de pensamiento cercena la base cristiana y entonces “el hombre queda sin aguante, porque es difícil el humanismo ateo”. En su opinión, la progresión culmina “en los nuevos derechos: aborto, matrimonio igualitario, poligamia, sin base moral”. A diferencia de otras naciones de América, Sturla ve a Uruguay como un país en el que la gente vive sin sentido, en un “vivo porque vivo que termina en un gran vacío, en una falta de amor a la vida”. La alta tasa de suicidio y la baja natalidad de Uruguay son dos factores que el cardenal trae a colación para apuntalar su argumento.

Como hace más de un siglo con monseñor Mariano Soler, siguen siendo los batllistas quienes salen al cruce a las autoridades eclesiásticas uruguayas. El diputado colorado Ope Pasquet se ha opuesto pública y sistemáticamente a varios proyectos impulsados desde el arzobispado que pretenden ocupar sitios que a su juicio no le corresponden a la Iglesia católica. Se refiere al proyecto de colocar una virgen María en la rambla del Buceo, una capilla en la base antártica Artigas o un departamento de asuntos religiosos en el Hospital Militar. Otros colorados batllistas, como Fernando Amado y Conrado Rodríguez también han marcado sus fuertes discrepancias con la postura católica. “El cardenal Sturla pretende revisar el concepto de la laicidad y correr el alambrado para apropiarse de espacios que son públicos. Eso abriría contiendas que se cerraron hace tiempo. Sturla está equivocado”, dice Pasquet. Para el cardenal, estos son “reflejos anticlericales en el Uruguay del siglo XXI”. Pasquet separa a la persona de su cargo, y reconoce en el cardenal a un hombre afable y simpático, y que la discrepancia es ajena al relacionamiento personal. También valora instancias de encuentro que ha promovido la Iglesia católica, como el Atrio de los Gentiles. El distraído que piense que los debates sobre religión en Uruguay son anacronismos de otros siglos puede llevarse una sorpresa.

Sturla reconoce que un país donde la secularización caló tan hondo ha generado en los católicos uruguayos un sentimiento de “achicamiento en un ambiente hostil. Se ha ridiculizado la fe a nivel universitario, a nivel popular, lo católico como una cuestión de mujeres, de débiles, como de gente inferior, alejada de lo intelectual, en un sentimiento preponderante de vergüenza de ser católico”, dice.

Para defender el valor de la Iglesia católica en Uruguay, Sturla retrocede hasta el fondo de la historia, con la llegada del primer cura en 1624: “La Iglesia es partera de la patria, en la independencia. No se puede menospreciar. Por eso, no quiero que la ninguneen”. Uno de los sitios preferidos de Sturla dentro del predio de la Iglesia Matriz es un grueso muro de mediados del siglo XVIII, que sirve de cimiento a la catedral. “Este es el muro más antiguo en pie de Montevideo”, dice colocando con orgullo una mano en la pared.

Pero es justamente la historia la que condiciona la presencia católica en estas tierras. Según datos de 2014 del Latinobarómetro, Uruguay es el país de América Latina con menos porcentaje de población que se autodenomina católica (41%), frente a la mayor parte de las naciones del continente que tienen como piso el 65%. “En Uruguay, la corriente agnóstica liberal dice: ‘No soy creyente porque soy racional’ –arguye Sturla–. Lo irracional es pensar que el universo se formó por puro azar. El universo adquiere su sentido en una racionalidad amorosa. Es más racional pensar que lo creó Dios”.

Uno de los desafíos más grandes que tiene por delante es posicionar en Uruguay a una iglesia que comprende a través de la misericordia los cambios sociales y culturales de la sociedad del siglo XXI, pero que no cambia su doctrina. “La Iglesia no puede rechazar a nadie: Jesús era amigo de los pecadores. La Iglesia contiene un pueblo de pecadores, no es un club de perfectos, muchos han metido la pata”, dice, y recalca que hoy es más importante que nunca porque “Dios está ausente en la vida uruguaya y la gente lo necesita para salir adelante”.


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