La economía que deja Obama

La economía de Estados Unidos pasa por uno de los mejores períodos que un nuevo presidente ha heredado de su antecesor
* Por Alberto Bensión

A lo largo de su campaña electoral, el presidente electo Donald Trump criticó muy duramente a la evolución de la economía americana bajo la conducción de Barack Obama. Sin embargo, la realidad que Trump habrá de encontrar a partir del próximo viernes será muy distinta: en comparación con la historia reciente, la economía de Estados Unidos pasa por uno de los mejores períodos que un nuevo presidente ha heredado de su antecesor.

Después de superar la crisis del 2008, a fines del año pasado la economía había crecido un 11,5 % y el ingreso por habitante un 4 % con relación al nivel previo a ella.

El crecimiento anualizado del PBI es ahora uno de los mayores que ha encontrado un nuevo presidente desde la década del ochenta, con excepción de George W. Bush. En el 2009, Obama se encontró con una economía que perdía 800.000 empleos por mes.

La tasa de desempleo es ahora de un 4,7 %, un mínimo histórico que sólo fue superado por el 4 % con el que George W. Bush asumió la presidencia en el 2000. En contraste, la tasa de desempleo fue del 10 % en octubre del 2009, poco después del inicio de la administración de Obama. Ronald Reagan fue el único presidente de estos tiempos en igualar una baja tan importante del desempleo, desde el 10,8 % de 1982 hasta el 5,3 % de 1988.

El año pasado el número de empleos creció en 2.2 millones, el sexto año consecutivo en que supera la barrera de los dos millones. Los salarios crecieron un 2,9 %, en el que ha sido el mayor aumento desde el 2009.

La tasa de inflación es del 1,6 % anual, sin contar a los alimentos y la energía, y es algo inferior a la meta oficial del 2 %, que es el registro con el que han iniciado su gestión los tres últimos presidentes.
Otros indicadores confirman el buen momento por el que pasa la economía americana. El índice de la cotización de las acciones está en sus niveles máximos históricos como consecuencia de una tendencia alcista que comenzó en el 2013. Por su parte, la venta de inmuebles ha alcanzado sus mayores niveles desde el año 2007.

Sin perjuicio de la importancia de estos logros, también es cierto que Trump tendrá que afrontar algunos problemas económicos que vienen del pasado y otros que podrían complicarse ante la más que probable aplicación de algunas de sus promesas electorales.

El marco internacional de estos días no es muy favorable, teniendo en cuenta el bajo ritmo de crecimiento de Europa y el menor dinamismo de los países en desarrollo, en especial China. Para peor, la fortaleza del dólar será un obstáculo para las exportaciones al tiempo que habrá de favorecer a las importaciones. Es cierto: puede que estos problemas sean en parte neutralizados al interior de la economía por el proteccionismo que parece aplicará el nuevo gobierno pero en este caso, el daño sobre el comercio internacional será muy importante.

Otra dificultad asoma en el frente fiscal. Pese a que en el gobierno de Obama el déficit bajó hasta el nivel actual del orden del 3 % del PBI, las promesas de Trump de bajar los impuestos y aumentar el gasto público en infra estructura y defensa, seguramente obligarán a un aumento de la deuda pública.
Pese a la baja de la pobreza, la desigualdad económica es la más pronunciada desde la década de 1920, antes de la Gran Depresión. Las personas con más altos ingresos tienen ahora una mayor participación en el ingreso nacional, mientras que el ingreso promedio de los trabajadores que están en la mitad inferior de la escala no ha aumentado desde la década de 1970. La promesa electoral de Trump de una baja de los impuestos puede que agrave esta situación, en especial si ella favorece en mayor medida a los sectores de mayores ingresos.

En resumen, Trump habrá de recibir de su antecesor Obama uno de los mejores legados en materia económica de la historia reciente de Estados Unidos. El problema es que como a lo largo de su campaña electoral, el presidente electo puso una vara muy alta para cuestionar esta situación, en adelante la economía debería mejorar también en los indicadores en los el candidato republicano basó sus ataques.

Trump prometió impulsar un crecimiento económico de futuro de entre un 3.5 y 4 % anual, pese a que el consenso de la opinión especializada es de un 2.2 % para los próximos dos años.

El presidente electo cuestionó el registro oficial de desempleo, señalado que oculta una menor tasa de participación de la fuerza laboral con relación a la década del noventa. Muchos trabajadores fueron expulsados del mercado de trabajo después de la crisis del 2008. Habrá que ver ahora cuántos de ellos estarán dispuestos a volver a ocuparse y cuántos han elegido dejar de trabajar en forma voluntaria por diversas razones.

Igualmente importante fue la promesa de aumentar el empleo industrial, que en la actualidad está creciendo al menor ritmo de las cuatro últimas décadas, una tendencia que poco más o menos se repite en la mayoría de las economías desarrolladas. Puede que el proteccionismo que parece que viene logre en parte ese objetivo. Pero habrá una contrapartida que tendrán que pagar todos los trabajadores, porque a vía de ejemplo, eventuales nuevos aranceles a las importaciones provenientes de China habrán de aumentar el precio de los bienes de consumo masivo.

La herencia que recibirá Trump es muy favorable. Habrá que ver cómo sigue.

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