La electrónica serenidad de Justin Vernon

Motivos para escuchar el álbum 22, A Million, de Bon Iver

A Justin Vernon le rompieron el corazón, como a tantos otros músicos. El resultado fue For Emma, Forever Ago (2007), disco que inició su proyecto Bon Iver. Desde entonces ha cautivado a la industria, que lo distinguió con dos premios Grammy por su segundo álbum, Bon Iver (2011).

Su rol como nuevo embajador de la escena alternativa lo llevó a ser apadrinado por el grandilocuente rapero Kanye West, quien se enamoró de su falsete y de su uso del software de manipulación de voces, Auto-Tune.

Tras girar por Estados Unidos, Europa y Asia y hasta fundar su propio festival de música en la ciudad de Eau Claire, Wisconsin, Vernon se recluyó. Detuvo la actividad de la banda por varios años y se dedicó a hacer lo que los artistas saber hacer con sentimentalismo: vivir.

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Una monótona estadía en una isla griega en baja temporada inició el trayecto que lo llevó a grabar su nuevo álbum: 22, A Million. Cargado de simbología en el arte del disco y los títulos de sus canciones (10 d E A T h b R E a s T, 33 "GOD", 666 son algunos ejemplos), el tercer disco de Bon Iver es la clara intención de un artista que no teme a experimentar y desafiar al oyente.

Pero el músico no puede evitar construir melodías tentadoras hasta para el oído menos instruido. 22, A Million va de más a menos, con Vernon distorsionado y sampleando su voz en múltiples formas –la canción 715 - CREEKS es la bella prueba de su talento para hacerlo– para despedirse con una balada de piano y demostrar el poder longevo de un corazón averiado.

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