La encrucijada de Venezuela

De no celebrarse un referéndum revocatorio este año, podría ocurrir un estallido social de consecuencias impredecibles
El último (y enésimo) intento de mediación internacional en la crisis venezolana, la iniciativa encabezada la última semana por los expresidentes José Luis Rodríguez Zapatero (España), Leonel Fernández (República Dominicana) y Martín Torrijos (Panamá), parece diluirse en una mera expresión de buenos deseos. El propio Zapatero regresó a España el mismo viernes sin poder anunciar, ya no un avance, sino la simple voluntad de diálogo entre las partes, tras reunirse con el presidente, Nicolás Maduro, y algunos dirigentes de la oposición.

Y es que esta película ya le hemos visto varias veces en Venezuela, y nada permite albergar demasiadas esperanzas, si es que alguna. Por otra parte, el duro cruce que sostuvieron un par de días antes Maduro y el secretario general de la OEA, Luis Almagro, ha cerrado toda posibilidad al organismo con sede en Washington de ejercer algún tipo de mediación en la crisis. Al tiempo que el silencio, o la timorata reacción, de los gobiernos de la región tampoco ayuda a desatar —mucho menos, cortar de tajo— ese intrincado nudo gordiano en que se ha convertido la situación venezolana.
En el centro de la disputa, la negativa de Maduro a darle curso a un referéndum revocatorio sobre su mandato. Los impulsores de la consulta debían juntar 200 mil firmas para abrir el proceso hacia el referéndum. En menos de dos semanas, juntaron 1 millón 800 mil; pero aun así, Maduro sostiene que la iniciativa es "inviable", y no parece dispuesto a ceder en lo único que podría contribuir a descomprimir la peligrosa situación que vive el país y distender un poco el estado de crispación y descontento generalizado.

El aire en Venezuela se corta con cuchillo. La hiperinflación galopante, la escasez absoluta de productos básicos, los apagones, la delincuencia campeando en las calles y el colapso del sistema de salud parecen empujar a la población hacia el estallido social. Y de cerrarse la válvula de escape del referéndum, podría sobrevenir un choque de trenes de consecuencias impredecibles.

Escasez, tal vez sea una palabra muy fría para describir las incontables penurias que los venezolanos viven a diario. Se dice pronto, pero tener que hacer cuatro horas de cola para comprar un pan, porque no hay otra cosa, e irse luego con las manos vacías, o comer un día sí y otro no para que los hijos de uno puedan hacerlo todos los días, o que mueran los niños en los hospitales por falta de medicinas, son situaciones extremas, propias de los estados fallidos, o de países que atraviesan cruentas guerras civiles. La única salida posible a ese descalabro parece estar en una salida del gobierno.

Y todo parece indicar que lo que el presidente realmente piensa que podría ser "inviable" después de un referéndum sería su propia presidencia. Más del 70% de los venezolanos, según varias encuestas, desaprueba la gestión de Maduro y dice que votaría para removerlo del cargo. Se trata del mismo porcentaje que votó en contra del chavismo en las parlamentarias del 6 de diciembre pasado, y que le dio a la oposición la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. Esa es la verdadera razón por la que Maduro parece decidido a sentarse sobre las firmas y no hacer el referéndum.

Pero además, para que la consulta realmente oficie como esa válvula de escape, debería celebrarse este mismo año, ya que de hacerse después del 10 de enero de 2017 (que es a lo que juega el gobierno, por eso le da largas al asunto), no se convocaría a nuevas elecciones, sino que Maduro simplemente debería dimitir en favor de su vicepresidente, que puede ser cualquiera que él designe de aquí hasta entonces; podría ser incluso Diosdado Cabello, el segundo de abordo del chavismo. Y sería este quien completaría su mandato hasta 2019. Con lo cual el chavismo no debería abandonar el poder; bastaría con un simple enroque de sus piezas en el gobierno.

Por eso, en la tan comentada misiva que Almagro le envió la semana pasada a Maduro, le dice: "Tú tienes un imperativo de decencia pública de hacer el referéndum revocatorio en este 2016, porque cuando la política está polarizada la decisión debe volver al pueblo, eso es lo que tu Constitución dice".

Quizá en la procura de la síntesis en su redacción, Almagro no se haya expresado con total precisión en esta parte del texto. Porque no es cuando la política está polarizada que la decisión debe volver al pueblo. Eso, por sí solo, no lo ameritaría realmente. La decisión debe volver al pueblo cuando, como en este caso, el país se sume en una total debacle política, económica y social, el presidente debe decretar el estado de excepción y, además, como también en este caso, la Constitución contempla que esa decisión retorne al pueblo. Máxime cuando hay un estado de represión en las calles, y presos políticos en las cárceles.

Pero se ve muy difícil que Maduro vaya a abrirle paso a ese derecho constitucional. A menos que recapacite en las próximas semanas (cosa que se ve remota), o que la presión se haga insostenible y termine por aceptar el revocatorio, lo que se avecina en Venezuela podría ser de consecuencias aun más lamentables.

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