La esperanza como instrumento del mal

El escritor húngaro Imre Kertesz y cómo vivir las terribles dictaduras que dieron forma a su reconocida obra literaria

Imre Kertesz había nacido dentro del seno de una familia burguesa de origen judío en Budapest, un día de marzo de 1929. Una década y poco después la mayor parte de los húngaros de origen judío estaban o muertos o exiliados. Dura constatación. Kertesz fue un raro en su género: salió vivo de la guerra.

¿A qué precio? El escritor húngaro ganador del Premio Nobel de Literatura en 2002 pasó por tres de los más extremos campos de concentración de la ingeniería nazi. Descubrió que la mentira es una forma de supervivencia. Mintió su edad para evitar el fin en los hornos, trabajó hasta el extremo, se enfermó y la muerte volvió a lamer su cara. Resistió. Se salvó. ¿Venció a un destino férreo o solo cumplió cada paso que debía recorrer?

Regresó del infierno a su patria, pero la vuelta a Hungría le abrió las puertas de otra forma de violenta sumisión: el gobierno comunista bancado por la Unión Soviética. Kertesz definió su nueva situación en la frase: "la esperanza como instrumento del mal". El nuevo estado húngaro aseguraría la felicidad de la gente en esa fase última de la organización humana. Pero las utopías quedaban demasiado lejos, y los húngaros eligieron rebelarse en busca de un resquicio de libertad. Los tanques rusos aplastaron a los sobrevivientes de la guerra. Pero Imre siguió viviendo.

En su discurso al recibir el Premio Nobel, Kertesz describió su vida en la Hungría de posguerra en otra frase contundente: "Para mí, entonces, la escritura era una forma privada de expresión". El propio autor reconoció que si su vida hubiese transcurrido en Occidente, en un sistema diferente al totalitario en el que vivía, nunca hubiera escrito pacientemente a lo largo de una década Sin destino, su debut literario y una de sus obras más importantes, publicada en 1975.

Con los deshielos de la guerra fría, Kertesz abandonó su patria y se estableció en la capital del país que un día había querido reducirlo a cenizas: Berlín. Y no solo vivió, trabajó, consiguió apoyos y publicó, sino que se enamoró de la ciudad. Para colmo y horror de sus compatriotas, llegó a declarar que se sentía un berlinés.

Odiaba la palabra "holocausto", porque la consideraba injusta, incompleta. En lengua hebrea, "Shoah" significa "ofrenda a Dios". En ese término el escritor veía el sacrificio de hombres que morían, según dijo, por las virtudes exacerbadas de la sociedad que los había criado. Quizás por eso despreció muchas películas sobre ese período, como por ejemplo La lista de Schindler. Kertesz creía que Steven Spielberg no había entendido nada de la vida en un campo de concentración y que había explotado el asunto desde una perspectiva del espectáculo. Sin pelos en la lengua.

Como les sucede a muchos animales, Imre Kertesz volvió a morir a su cuna, Budapest, para que el arco de su vida fuera circular. Eso sucedió el pasado 31 de marzo.

"¿Quiero ser el profeta bien pagado de Auschwitz? No. ¿Qué huella ha de quedar del gran experimento de mi vida? Disolverlo y disolverme en la único forma posible del amor, a mi juicio: desaparecer por amor de la vida de otro", había declarado en una entrevista hace algunos años.

La muerte como forma de libertad. La muerte como redención de un siglo que lo vio nacer, lo sacudió en sus fauces, lo trituró pero lo escupió aún con vida. Las cicatrices no cicatrizaron del todo, cómo podrían. Hubo aprendizaje. La vida igual merece ser vivida. Su obra es el mejor testimonio; la mejor huella.


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