La estrategia detrás del discurso: Macri no rogará gobernabilidad

Su diagnóstico pareció ir en contra de su necesidad de buscar apoyo
Dureza" fue la palabra más usada para calificar el tono del discurso pronunciado por Mauricio Macri en la apertura del año legislativo en el Congreso el martes.

Y, por cierto, si hubo una nota sorprendente en la jornada fue el tono crítico que eligió el presidente para hacer su diagnóstico sobre el país que recibió de la administración kirchnerista.

Quedó claro quién había ganado la discusión interna respecto de si se debía poner en énfasis en la "pesada herencia" o si, en aras de la convivencia política con la oposición, había que dar un mensaje optimista y con más peso en el futuro.

Contrariando el consejo de su "gurú", Jaime Durán Barba –que reniega de los mensajes confrontativos–, Macri priorizó una explicación detallada sobre el origen de los problemas actuales.

Su diagnóstico estuvo en línea con lo que le exigían dirigentes del PRO y sus socios de la Unión Cívica Radical, en el sentido de que no debía permitir que el nuevo gobierno terminara pagando los costos políticos por la inflación, el tarifazo y el estancamiento económico, sin señalar que en los problemas de la gestión anterior estuvo la génesis de estas medidas impopulares.

A fin de cuentas, al mismo tiempo que el presidente hacía su ingreso al Congreso, el tipo de cambio traspasaba la barrera de los $ 16, mientras al ministro de Economía Alfonso Prat Gay le costaba borrar la mala imagen de sus pronósticos fallidos sobre el ingreso de una lluvia de dólares tras el levantamiento del cepo.

Las encuestas más recientes marcaban que, con un tarifazo en medio de una inflación persistente, la imagen presidencial había descendido unos 20 puntos.

De manera que Macri siguió el consejo de los "duros": habló de descalabro en las cuentas públicas, denunció a la inflación como una política deliberadamente elegida por el kirchnerismo, se refirió a la falta de planeamiento, al clientelismo, al despilfarro.

Y, sobre todo, pronunció muchas veces la palabra "corrupción", un concepto al que ligó con varias desgracias, desde los choques de trenes hasta el colapso energético y los problemas de inseguridad.

La televisación oficial denotó cierto regodeo por mostar los rostros de figuras connotadas del kirchnerismo ante determinadas menciones. Fue así que se pudo ver las caras de póker de ex ministros como Julio de Vido cada vez que Macri aludía a los problemas de infraestructura, o de Axel Kicillof, cuando se mencionaba el costo financiero de no haber arreglado a tiempo con los fondos "buitre".

Un cambio de estrategia

El tema, claro, es que la alianza Cambiemos tiene minoría en ambas cámaras.

Y la estrategia que parece haber adoptado el presidente es transformar su debilidad en fortaleza. Lejos de aparecer como un mandatario débil que va al Congreso en actitud de mendigar gobernabilidad, hubo pasajes en los que lució hasta desafiante.

"Confío que va a primar la responsabilidad a la retórica y que juntos vamos a lograr construir los consensos necesarios", afirmó, en referencia a su tema legislativo más urgente: la derogación de las leyes Cerrojo y de Pago Soberano, necesaria para terminar de salir del default.

Lo cierto es que criticar con dureza –y hasta acusar de corruptos– a los mismos legisladores peronistas a los cuales se les está pidiendo el apoyo para aprobar la agenda legislativa urgente parece una actitud política arriesgada.

Pero Macri decidió jugar esa carta. En parte por necesidad de justificar un ajuste económico, y en parte porque quiso dar su propia versión sobre en qué consistirá la gobernabilidad.

En un momento en que lo abucheaban desde la bancada kirchnerista, Macri contestó "aprendan a respetar el voto democrático". Y, en otro pasaje del discurso, lanzó esta frase para la oposición: "Confío en que todos estemos a la altura de los desafíos".

Su mensaje pareció ser que, en la perspectiva macrista, el hecho de estar en minoría parlamentaria no implicaría un menoscabo a su autoridad. Y que si la oposición elegía el camino de trabar iniciativas, tendría que pagar el costo político al quedar en evidencia ante la opinión pública.

Guiños y picardías

A pesar del tono duro, hubo pasajes del discurso en los que Macri dejó algunos guiños a la oposición y recurrió a "picardías" políticas.

Para empezar, justificó su celo por el ajuste fiscal y el fomento a la exportación al recordar cómo, hace 13 años, Néstor Kirchner había declarado su apego por la consecución de los "superávit gemelos".

Mencionó también los datos de pobreza y mortalidad infantil de la Universidad Católica. Una forma de responder a las críticas de insensibilidad social y, al mismo tiempo, de involucrar a la Iglesia, justo cuando está en duda la buena relación entre Macri y el Papa Francisco.

Y, ya en terreno de los intercambios de favores, dio a entender cuáles son los puntos importantes para la oposición en los que estaría dispuesto a negociar. No fue casual la mención a los gobernadores provinciales –casi todos peronistas– que están en emergencia financiera y que se beneficiarán con la salida del default.

Pero a pesar de la picardía de estas alusiones y a la dureza al culpar por la "herencia", el presidente no logró despejar las dudas que en las últimas semanas dominaron el ambiente político y económico.

Por caso, la ola de despidos estatales, así como cierta imagen de pasividad ante la pérdida de empleo en el sector privado, apenas mereció una referencia elíptica. La mención a cómo el kirchnerismo había sobredimensionado el Estado con la creación de 1,4 millón de empleados públicos dejó la sensación de que los recortes continuarán.

Y, por cierto, sus elogios al profesionalismo con el cual el equipo económico había desarmado el cepo cambiario no incluyó diagnóstico alguno sobre la actual estampida del dólar y su contagio a la inflación.
El mensaje entre líneas pareció ser que los problemas actuales no serán de rápida ni fácil solución. Y que, en todo caso, la culpa es de la gestión previa.

En definitiva, podría decirse que, salvo por la extensión, el discurso se pareció un poco a los que daba Cristina Kirchner: dejó contentos a los ya convencidos y enojó a los que ya tenían objeciones.
Durán Barba no lo habría aprobado.

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