La expropiación del futuro

Al tenor de las declaraciones de la ministra de Educación María Julia Muñoz, la reforma profunda que nuestro sistema educativo pide a gritos no tendrá lugar.

Esta semana declaró que “no hay pensada ninguna reforma puntual”. Tampoco parece que esté pensada una “global”. No hay que sorprenderse ya que después de todo el escándalo generado con las destituciones/renuncias de Juan Pedro Mir, director de Educación, y de Fernando Filgueira, subsecretario de esa cartera, la ministra señaló que nadie era imprescindible y que en realidad no había crisis en la educación pública. Quizá sí algunas cosas para mejorar, pero nada dramático como lo admitió el ex presidente Mujica al asumir la presidencia el 1 de marzo de 2010 y señalar que los ejes de su gobierno serían “educación, educación y educación”.

Al menos, en el gobierno de Mujica, se convocó a los cuatro partidos con representación parlamentaria, quienes rápidamente se pusieron de acuerdo en una serie de reformas, de las cuales solo se implementó, y parcialmente, el Plan Promejora. Las demás reformas naufragaron no en su concepción sino en su implementación. Sufrieron, como era de esperar, la oposición cerrada de los gremios docentes, que se negaron a todo lo que no fuera un aumento salarial y ni siquiera a que ese aumento fuera ligado a resultados o a evaluaciones. Pero también sufrieron la ineficiencia administrativa de las autoridades educativas, que no diseñaron reformas puntuales (excepto el Promejora, promovido por el consejero nacionalista Daniel Corbo y quizá por eso mirado siempre con recelo) ni globales y no ejercieron su autoridad cuando debieron hacerlo.

El presidente Vázquez, consciente de la gravedad de los problemas educativos, armó un equipo en el Ministerio de Educación como para diseñar y llevar a cabo un cambio profundo. Se lo llamó “el cambio del ADN del sistema educativo” para que nadie pensase que era un maquillaje del desastre actual. Pero luego de los choques con las autoridades de la ANEP, es evidente que tenía razón el director de Educación Juan Pedro Mir, cuando dijo que no estaban dadas las condiciones políticas para llevar a cabo el cambio de ADN, y que a lo sumo podría haber “una transfusión”. Declaraciones que molestaron al presidente Vázquez y culminaron con la destitución de Mir y la renuncia de Filgueira, en solidaridad con su colega, descabezando el equipo educativo.

Ahora bien, ¿por qué no estaban dadas las “condiciones políticas” para el cambio del ADN”? ¿o no decía el programa del Frente Amplio, que según la ocasión y el tema se toma a veces como la verdad revelada a Moisés en el Monte Sinaí y esculpida en las Tablas de la Ley, y en otras se olvida como si fuera algo escrito en un camino de tierra que se desdibuja bajo los pasos de los caminantes, que se “iba a construir un marco curricular para la educación básica de 3 a 14 años? ¿A quien corresponde construir las “condiciones políticas para que se realice esa reforma y se cambie el ADN? Por de pronto, al presidente y a su equipo que creen en esa propuesta. Y después al resto del FA que la votó en el programa.

Que reformar la educación no es tarea fácil, todos los sabemos. Que llevará tiempo, también es de sobra sabido. Que hay que construir puentes y buscar consensos, a nadie le sorprende. Pero partamos de elementos que ayuden a “dar las condiciones políticas” para que la reforma se realice. Por de pronto, en el tema educación hay entre los técnicos de los cuatro principales partidos un gran acuerdo en cuales son los problemas y cuales son las reformas. Hay allí una base de partida para nada despreciable, cuando de crear condiciones políticas se trata. Recurrir a la oposición en un tema que es interés nacional y que debe ser política de estado, es la primera cosa que debe hacer. La segunda es bordar y zurcir, con enorme paciencia, alianzas en el partido de gobierno, que es donde no parecen estar dadas, a tenor de lo visto en las últimas semanas, “las condiciones políticas”.

La última gran reforma estructural –la transformación de la seguridad social durante la segunda presidencia de Sanguinetti- fue una obra de orfebrería política, donde había un objetivo claro y donde se tejieron alianzas y se hicieron concesiones para que la misma fuera posible. Hoy es una gran realidad, validada por el tiempo. De ahí debería sacar el gobierno inspiración para llevar a cabo el cambio del ADN educativo. Renunciar a hacerlo, es expropiar el futuro de nuestros jóvenes. Un verdadero dislate, del cual la historia llamará a responsabilidad a quienes tiraron la toalla.


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