La globalización en la encrucijada

Trump no llegó a la Casa Blanca por casualidad. Inteligencia no le falta. Quizá debería escucharse menos a sí mismo y más a los que saben, que es lo que hacen los sabios de verdad

La fenomenal expansión del comercio y de los servicios que ha tenido lugar en los últimos 20 años gracias al desarrollo tecnológico y al auge de India y China como productores baratos y consumidores de talla mundial por el tamaño de sus mercados ha generado cosas positivas y cosas negativas. Entre las positivas, muchas han ido para países en expansión, sobre todo del sudeste asiático con China a la cabeza, y entre las negativas, han tocado a industrias envejecidas de países desarrollos en Estados Unidos y Europa que han visto cómo cientos de miles de puestos de trabajo fabriles emigraban a Oriente. Por lo demás, en los países desarrollados no dejaban de beneficiarse de la importación de productos de buena calidad y precio con el rótulo "Made in China" que a muchos molesta. Y como muestra de la combinación de ambos mundos entre diseño y producción, el Iphone pone "Diseñado por Apple en Cupertino - Montado en China".

La globalización, por la emergencia de nuevos países como China, India, Vietnam con mano de obra barata y condiciones especiales para producción en masa, trajo enormes beneficios para los habitantes de esos países que salieron de la pobreza y se incorporaron al mercado del trabajo y del consumo. Por su parte, trabajadores del sector industrial de Estados Unidos perdieron sus puestos de trabajo y aunque la fuerza laboral no disminuyó y el desempleo se mantiene en niveles bajos de 4,5%, ellos no pudieron encontrar nuevos empleos.

Todo lo cual se dio en llamar por parte del profesor Joseph Stigliz, el "malestar de la globalización". Sus buenos efectos no se extendieron en forma pareja y no todos se beneficiaron de la misma manera, no importa que se crearan otro tipo de empleos. Y quienes fueron perdedores o quedaron fuera del reparto hicieron oír su voz con más fuerza. Rechazo a las importaciones, rechazo a la inmigración, auge del nacionalismo, xenofobia. Todo ello fue insumo del surgimiento de políticos populistas o del crecimiento electoral de propuestas populistas a través de Europa. Estados Unidos parecía haber escapado a ese fenómeno hasta que apareció Donald Trump, que se convirtió en el representante de los antiestablishment, de los que pensaron que Obama iba a transformar a Washington, de los que perdieron empleos o temen perderlos. Desde ayer está en la Casa Blanca y mantiene, por ahora, en todos sus términos su agenda proteccionista y antimigratoria con la que llegó al Despacho Oval.

Es cierto que Trump no fue el primer presidente en preocuparse por los empleos perdidos por compañías americanas o nunca generados por ellas. En 2010, en una cena con empresarios exitosos de Sillicon Valley, Barack Obama preguntó a Steve Jobs si Apple podría traer a Estados Unidos los cientos de miles de puestos de trabajos que fabrican en China el Iphone. La respuesta de Jobs fue tajante: "Esos empleos nunca volverán". Los empleos que sí creó Apple, aparte de su personal directamente contratado, fueron los cientos de miles de desarrolladores de aplicaciones y otros elementos para el Iphone, el Ipad y el Mac. Claro que nadie los cuenta porque están desperdigados por todo Estados Unidos, muchos trabajan solos o en pequeños equipos, no está sindicalizados, no responden a jerarquías gerenciales. Pero trabajar y ganar dinero, sin duda lo hacen. Desde el nacimiento del Iphone, los desarrolladores de Apple –unos 235 mil– han generado ventas por US$ 60.000 millones, que han venido en pagos pequeños desde todo el mundo. Ha sido una generación de empleo de las que no les gusta a los políticos, que prefieren cortar cintas inaugurando fábricas, o que, como Trump, se anotan la cucarda de que evitaron el desplazamiento de tres fábricas a México y "salvaron" 3.000 o 4.000 empleos. De los 235 mil desarrolladores de Apple nadie habla (tampoco de los 150 mil que trabajan para Google) porque no son del corazón industrial sino del sector servicios o tecnología. Y Trump no aplaude a Apple o a Google por haber generado "indirectamente" esos empleos que a muchos les dan un muy buen pasar.

Trump ahora está en la Casa Blanca y los ojos del mundo fijos en él. ¿Aplicará sus políticas proteccionistas o preferirá corregir errores y problemas de la globalización? Su discurso inaugural deja pocas dudas de que seguirá sus promesas electorales del proteccionismo puro y duro en lugar de buscar otros caminos. En ese sentido, es bueno señalar que EEUU gasta en reentrenar al personal desplazado apenas 0,1% del PIB, solamente un sexto del promedio de lo que dedican a ese fin las naciones desarrolladas. Amplio margen hay para conseguir mejoras en el empleo sin perder los beneficios de la globalización.

Trump no llegó a la Casa Blanca por casualidad. Inteligencia no le falta. Quizá debería escucharse menos a sí mismo y más a los que saben, que es lo que hacen los sabios de verdad. Después de sus breves palabras de asunción, quedan pocas esperanzas de que lo haga. Habrá que esperar que la realidad haga su trabajo. Mientras tanto, habrá tiempos tumultuosos. Por ellos votaron los estadounidenses.


Comentarios

Acerca del autor