La gran estrella del cine

El abrazo como gesto de afecto ha jugado un rol fundamental en el séptimo arte
En los primeros 82 segundos de la película Realmente amor, la cámara, como si fuera el ojo secreto de la humanidad, solo registra abrazos en la sala de arribos del aeropuerto londinense de Heathrow. El ser humano, lo mismo que los monos, demuestra su afecto abrazando a un semejante. Antes del beso y del apretón de mano, está el abrazo. La demostración de afectos con la ayuda de los brazos nos hace más humanos, más vivos, hasta más reales. Los abrazos de Realmente amor son todos de bienvenida. Tal vez el mejor abrazo de despedida en la historia del cine sea el que se dan Audrey Hepburn y Gregory Peck casi al final de La princesa que quería vivir (1953), cuando los cortos minutos de sublime afecto quedan sintetizados en la frase que le dice ella antes de abrir la puerta del auto donde están: "No sé cómo decirte adiós. No puedo pensar en ninguna palabra", y él responde: "No lo intentes", para no impedir que la despedida llegue sin posposiciones.

Presagiando un final parecido, también es culminante el abrazo que al ritmo calmo de I See Your Face Before Me cantada por Johnny Hartman (uno de los mejores y más olvidados cantantes de todos los tiempos) se dan Meryl Streep y Clint Eastwood en Los puentes de Madison, y que al sesgo homenajea a otra escena memorable, la de Casablanca, cuando esta vez con la música de fondo de Max Steiner (notable compositor de bandas sonoras, autor también de la de Lo que el viento se llevó, otra película en la cual proliferan los abrazos emocionados), Katherine Hepburn le dice "sabes cuánto todavía te quiero" y Humphrey Bogart la abraza antes de besarla, como consecuencia natural de las instrucciones del corazón. En otra escala, menor aunque con su propia intensidad, está el abrazo de Katherine Zeta-Jones y Antonio Banderas en La máscara del zorro, por más que solo el rostro de la actriz puede verse.

En casi todas las películas en las cuales son protagonistas, los abrazos son fieles representantes de la serenidad. No una serenidad cualquiera, sino la que es corolario de sentimientos correspondidos y que representan la más trascendente de las lógicas, la que dice: yo hablo y tú me entiendes, tú hablas y yo te entiendo. Si nos ponemos a recordar, porque las emociones son el antídoto preferido que usa la memoria para combatir al olvido, encontramos varias películas, algunas clásicas, otras menos conocidas, que han encontrado en una escena con abrazos su boleto de entrada a la posteridad. Son esas escenas que cuando las volvemos a ver desde la perspectiva del tiempo, regresan acompañadas de emociones profundas asociadas a un momento determinado de la vida, y que por eso mismo hacen a esta, así sea por breves instantes, un lugar mejor.

Cómo olvidar a Peter, en El hombre araña, transportando por el aire a la amada imposible con un abrazo, el cual no solo es una muestra de afecto, sino un acto de salvación, o la escena en El joven manos de tijera cuando Kim (Winona Ryder) le pide a Edward (Johnny Depp) que la abrace y este le dice "no puedo", pero ella igual lo abraza y al hacerlo confirma la humanidad de su condición. Hay abrazos imborrables (porque los abrazos, como los perros en la nieve, dejan huellas) en Kramer vs. Kramer, en La lista Schindler, en Ghost (en la cual el abrazo, con la complicidad de la canción Unchained Melody y la elaboración de cerámica, se transforma en ritual erótico que en su momento escandalizó y que hoy no es más que un instante de la vida cuando la dicha es la de los demás), en Forrest Gump, en Terminator I y II, en El perfecto asesino (el único abrazo que hay en la ya larga filmografía de Jean Reno), en la saga Harry Potter, en Secreto en la montaña, en Avatar.

En El árbol de la vida hay una poética del abrazo, y entre los varios que aparecen, uno resulta sublime, el que Brad Pitt le da a su pequeño hijo sin que sepamos si se lo dio cuando aún estaba vivo, o el abrazo es la forma en que el recuerdo salva al muchacho de la muerte total. Porque un abrazo sirve para detener el tiempo y permitir que la vida recobre la respiración, por si quiere seguir adelante, incluso cuando la muerte está a la vuelta de la esquina, tal como sucede en la proa del barco en Titanic, en el momento en que la secuencia abrazo-mirada-beso mete a los dos personajes en la eternidad, al menos en la del cine.

Si el corazón quiere estar presente y tener un diálogo invisible con emociones verdaderas, debe haber un abrazo. Por eso es que en las buenas películas de animación hay por lo menos uno. Los hay en Monsters, Inc., en Shrek, en La bella y la bestia, en El rey león, en Wall-E, en Toy Story.

Hay finales con abrazo que son el resumen emblemático del resto del filme, siendo algo así como un destello aparte con su propia aura. Hay tres abrazos finales fabulosos, que por alguna razón nunca he podido olvidar. El de Mejor...imposible entre Carol (Helen Hunt) y Melvin (Jack Nicholson), después que este le dice una de las frases más efectivas y poéticas que el amor siempre quiere escuchar, "después de conocerte, me estoy sintiendo mejor". Con otro contenido emocional, pero igual de emocionante, incluso en la acechante frialdad de los sentimientos que se ocultan, es el abrazo que Kay (Diane Keaton) y Michael (Al Pacino) se dan en la gloriosa escena final de El padrino, que resume la conclusión de una crisis matrimonial en la cual solo parte de la verdad en juego es conocida. En eso, los cónyuges y los amantes se parecen a los mafiosos enemigos cuando se abrazan para sellar un pacto que obliga a que la paz prevalezca, aunque algo se haya perdido en el camino a conseguirla.

Quizá el más poético de todos, por el críptico misterio que esconde, sea el abrazo que Scarlett Johansson y Bill Murray se dan en medio de una transitada calle de Tokio antes de despedirse en Perdidos en Tokio, mientras Murray le susurra algo al oído que solo ella puede escuchar. Un abrazo es el monólogo que compartimos con el otro para decirle que todo lo demás en el mundo no importa.
En cine, los abrazos tienen atributos que enseguida reconocemos como patrimonio de la mejor parte de la condición humana, en tanto reafirman un estado de autenticidad que lleva a las personas a expresarse sin disfraces físicos ni retóricos de por medio. En política, en cambio, los abrazos suelen ser la enmascarada cortina de humo para desviar la atención y crear apariencias vacías, que rara vez encarnan una verdad asociada a sentimientos verdaderos, de esos que el cuerpo solo puede expresar de una manera. ¿Por qué en cine sí, y en política, en cambio, no? El próximo fin de semana intentaré responderlo.


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