La historia del estudiante del IAVA que siguió el liceo gracias a sus profesores

Sebastián Lanzani escribió un texto en el que relató el rol clave que tuvieron los docentes en su vida académica

"El año que repetí me llevé cuatro materias y las que salvé, las salvé de asco porque no fue un año en el que estudié", dijo a El Observador Sebastián Lanzani, un joven de 18 años que ahora está terminando sexto en el Liceo Iava y planea estudiar Corrección de estilo a partir del año próximo. Lanzani escribió un texto que fue publicado en la página de Secundaria, y viralizado a través de Facebook, en donde les agradeció a los que lo ayudaron a salir adelante: los profesores.

El joven vive en el barrio Bella Italia y estudió en el liceo Nº58, hasta que decidió cambiarse al IAVA a hacer sexto año porque -entiende- "era lo que necesitaba para la facultad". Según él, el ambiente "familiero" y el "cariño" de los profesores del liceo de su barrio hicieron que pudiera creer en él y superar los obstáculos. "En el 58 los profesores me conocían casi todos, sabían quién era yo, cómo era yo. Si yo estaba en conflictos, siempre me hablaban", dijo a El Observador.

En la nota que escribió para Secundaria, Lanzani contó cómo una docente de Filosofía lo contuvo cuando perdió un examen. "Me largué a llorar y ella me abrazó con fuerza", recordó en el texto. Según contó a El Observador, esa profesora le consiguió una beca para que estudiara Fotografía y otra vinculada al compromiso educativo. "Los profesores me hicieron tomar conciencia de que el estudio te puede salvar", afirmó.

El día que perdió ese examen, Lanzani pegó "un portazo" y dijo todo tipo de improperios. "No podía repetir otro año más, no podía darme el lujo de retrasarme, porque en este juego que no da tregua, llamado pobreza, cualquier error te puede enterrar en el destino de los marginados", reflexionó el joven en la nota. Sin embargo, hoy ya no le tiene miedo a "ese futuro incierto", porque pudo salir adelante gracias "al sacrificio del estudio".

"Yo cuando hablo con los vecinos siempre los incentivo a seguir estudiando, pero siempre hay gente que no quiere", dijo el joven a El Observador. En el texto, Lanzani contó que sus amigos del barrio le dicen que él puede porque es "un bocho", pero el joven afirma que se trata de creer en uno mismo y "aspirar a algo más".

Además del apoyo de sus profesores, que le prestaban libros y lo ayudaron a adquirir "el gusto por las letras", Lanzani hizo hincapié en el rol de su familia. "Por la educación que tuve de mis padres, que me criaron con muchos códigos y muchos valores, siempre me sentí un poco apartado" en el barrio, contó a El Observador.

El joven ganó una beca del Ministerio de Desarrollo Social en la Dirección General de Registros en la Galería del Notariado y ahí estará por un año. "Trabajo de 9 a 3 y después voy al liceo nocturno", dijo. Además, cree que este año no se llevará ninguna materia y espera salvar los exámenes que le quedan de quinto para poder entrar a facultad. "Yo quiero seguir estudiando y sé que esa es la única opción", sentenció.

El texto de Sebastián Lanzani para Secundaria

Me llamaron por mi apellido y me lo comunicaron: perdí el examen con dos puntos. Firmé, miré a los profesores con bronca, asco y ganas de patearles sus lindas caras. Después me di media vuelta y me fui sin decir una palabra. Al cerrar la puerta, lo hice con tanta fuerza que el portazo generó que los estudiantes y docentes que andaban en la vuelta miraran el lugar en que se generó el estruendo. Seguramente el ruido se habría escuchado desde el piso de abajo. "¿Y, cómo te fue?" preguntó una compañera que me también lo había dado. "¿Que cómo me fue? ¡Para el orto —respondí con un grito violento—! ¡Para el orto!". Entonces, cargado de bronca, volví hasta donde estaban los tres profesores. Me miraron con desconcierto. "¿Nada más?" les dije.

—¿Nada más qué?

—preguntó una de las profesoras

—¿Nada más me iban a preguntar? ¿Y todo lo otro que me estudié? ¿No me lo van a preguntar?

—El examen..

—¿Me lo hicieron estudiar al pedo?

—Mirá, el...

—¡Al pedo, me hicieron estudiar al pedo!

Di media vuelta, se escuchó otro portazo, e ignorando todos los ojos que curioseaban la escena, bajé la escalera y empecé a caminar cada vez más rápido. No disimulé mi cara de culo, pero sí hice lo posible para aguantar las lágrimas. Una docente del liceo se me cruzó en el camino.

—Sebastián —me dijo. La quedé mirando. No podía responder. No por la bronca, o porque no supiera qué decirle. El nudo en la garganta me enmudeció—. ¿Qué pasa —continuó compasiva— , Sebastián? —Me largué a llorar y ella me abrazó con fuerza.

La llené de lágrimas. "Es un examen, un examen" me decía y me abraza más fuerte. "Un examen" resonó en mí. "Un examen". Pero a mí no me llenaba de bronca y angustia el examen perdido, ni todo el verano estudiando. A mí me llenaba de angustia y de bronca el hambre y el futuro incierto. "Un examen" repitió y me estrechó más. Sentí cuánto necesitaba ese abrazo, y pensé solamente en que no podía repetir otro año más, que no podía darme el lujo de retrasarme, porque en este juego que no da tregua, llamado pobreza, cualquier error te puede enterrar en el destino de los marginados. Que cualquier error te puede condenar a ser una mano de obra barata, incapaz de escapar de la periferia más turbia.

—Lo vas a preparar mejor —me dijo al rato— y lo vas a salvar. Lo vas a salvar. —Para ese entonces, ya había dejado de llorar y estábamos con esta profesora sentados en el patio del liceo. —Sí... Lo voy a preparar mejor...

Me llamaron por mi apellido y me lo comunicaron: salvé el examen con nueve puntos. Firmé y no pude mirar a los profesores a los ojos. Antes de darme media vuelta, les pedí disculpas por los que había pasado en el examen anterior. Al cerrar la puerta, sentí cómo el terror del futuro incierto de mi pobreza empezó a diluirse, y me prometí desde entonces estudiar y que esa sea mi única preocupación, sabiendo que es lo único que tengo para desenterrarme de la mediocridad en la que vivo.

Ahora ya pasaron unos años de esa anécdota, y la recuerdo un poco avergonzado, aunque no evite sonreírme de mi vieja histeria. No soy ya aquel adolescente violento y miedoso. No le tengo ya miedo al futuro incierto, porque ahora sé que hay cosas peores que un estómago con hambre. Como un corazón sin amor, o una casa sin una biblioteca. Pero sobre todo no le tengo miedo al futuro incierto, porque ahora sé que ese futuro incierto no es tan incierto, y que gracias al sacrificio del estudio y al apoyo de mi familia, desde hace ya mucho tiempo que salí de la mediocridad. No soy aquel, pero necesité serlo para ser quien soy, y sobre todo, necesité de aquellos docentes que me enseñaron a aspirar, soñar y a creer en mí mismo.

—¿No querés terminar el liceo? —le pregunté hace poco a un vecino de mi edad, con quien hace unos años me juntaba todas las madrugadas en una esquina a hacer fogatas y hablar. —Estoy yendo de noche... —¿Cómo te está yendo? —No voy a llegar a cuarto ni loco, ñery. Sabés qué, tenés que tener tremendo bocho para llegar a cuarto. A mí no me da la cabeza como pa' terminar un libro, ñery. —No te creas... Es estudiar un poquito todos los días. Dale, metele.

Pero no hubo forma de convencerlo. Traté, pero no pude. Al final me di cuenta que desde hacía años, él seguía haciendo lo mismo: juntándose casi todas las noches en una esquina a drogarse, y de vez en cuando, a delinquir, porque adictos y delincuentes no faltan en mi cuadra. Entonces pensé en todos los docentes que tuve que me llenaron de esperanzas cuando en mí solo había hambre e incertidumbre.

—Vos Seba decís eso porque siempre tuviste tremendo bocho y hablás corte con palabras raras —"Ojalá (pensé mirándolo) que esté el suficiente tiempo en el liceo para que pueda creer en sí mismo y aspirar a algo más. Que sepa que él también tiene "tremendo bocho" y que puede hablar corte "con palabras raras". Que se cruce a los docentes necesarios para vaciar su hambre y violencia, y llenarse de sueños y esperanzas. Porque en estos lugares así, donde nadie aspira a nada, los únicos que nos salvan son ellos, los docentes.


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