La historia se vistió de amarillo y negro

Luego de 7 años de sequía y con Damiani, Pérez y Bengoechea como estandartes, los aurinegros consiguieron su segundo quinquenio

En enero de 1997 se supo, tras el escrutinio final de un plebiscito, que se aprobaba la reforma constitucional y que a partir de allí habría balotaje en caso de que un candidato a presidente de la República no obtuviera más del 50 % de los votos.

Internet apenas despuntaba en el país, el mundo estaba aún consternado por la muerte de Lady Di en París, y se había inaugurado el canal CNN en español. Mientras, se disolvía Soda Stereo, aparecía Harry Potter, se estrenaba en los cines Titanic y por primera vez una computadora, Deep Blue de IBM, le ganaba a un campeón mundial vigente de ajedrez: Garri Kaspárov.

La selección uruguaya había dado pena en la Copa América de Perú y venía de no clasificar al Mundial de Francia 1998. Solo los juveniles dirigidos por Víctor Púa habían logrado sacar a la gente de sus casas tras el vicecampeonato en el Mundial de Malasia.

Y el ambiente del fútbol se consternó cuando, tres meses después de ese logro, Fabián Perea, uno de los futbolistas de ese plantel y que había debutado pocos días antes en Peñarol, fallecía en un accidente de tránsito. Tenía solo 19 años.

En ese contexto fue que Peñarol consiguió ese año uno de los hitos más grandes de su historia: el segundo quinquenio.

Los aurinegros venían de un largo camino de fracasos, ya que hacía siete años que no lograban ser campeones uruguayos. Así fue que el presidente José Pedro Damiani contrató a Gregorio Pérez como entrenador, y este a su vez pidió la incorporación de Pablo Bengoechea, el capitán eterno de esa gesta y quien, además, se convirtió en un símbolo de tal magnitud que logró que el club erigiera un monumento con su nombre en Los Aromos. Eso fue lo que significó el quinquenio para Peñarol.

Todo comenzó, entonces, en 1993, en el último Campeonato Uruguayo que se jugó a la antigua usanza, es decir, a dos ruedas todos contra todos. Un gol de Diego Dorta abrió la cuenta ante Cerro, que luego igualó, pero con eso alcanzaba para terminar con siete años de malaria. Fue el paso inicial y necesario.

Damiani y Gregorio contrataron futbolistas trascendentes para el año siguiente: Carlos Pato Aguilera, Óscar Vasco Aguirregaray, el goleador de la B del año anterior, Luis Romero, en tanto que ascendieron a los juveniles Antonio Pacheco y Federico Magallanes. Con la consecución del título, el equipo se iba consolidando cada vez más.

El año 1995 fue dificultoso para los aurinegros pese a que mantuvieron el mismo plantel. Empataron en la primera posición del Apertura con Liverpool, fueron a una final y lo vencieron. También igualaron en la cima del Clausura con Nacional, pero perdieron la final por penales. La definición del Uruguayo recurrió a tres finales y ahí Peñarol logró el tricampeonato.

Vientos de cambio se avecinaban, ya que en 1996 el estratega Gregorio Pérez emigraría primero a Independiente de Argentina y luego a Cagliari de Italia, llegando Jorge Fossati a ocupar su puesto. Una idea totalmente diferente de juego.

En el clásico del Apertura se dio la curiosidad de que el Vasco Aguirregaray jugó los últimos tres minutos como arquero por la expulsión de Sergio Navarro, ya que no había más cambios. Ganó Peñarol 2-0. Obtuvo ese torneo, pero para el Clausura Gregorio se llevó a Luis Romero a Europa y Peñarol no repitió. Debió ir a finales con Nacional con un conjunto diezmado en ofensiva, pero volvió a conseguir el Uruguayo.

El postre para los manyas sería el quinquenio obtenido en 1997. Retornaron Gregorio y Romero, y con ellos llegaron Marcelo Zalayeta y una sorpresa de último momento: Juan Carlos de Lima, el excampeón de todo con Nacional, equipo que había ganado el Apertura.

Era necesario ganar el Clausura, pero ya en la primera fecha ante Rampla, en Las Acacias, hubo incidentes con pedreas en la cancha y ataques a periodistas, hechos que llevaron a que el Tribunal de Penas le diera el encuentro ganado a los rojiverdes.

Fechas después, Peñarol perdió con Defensor, por lo que había que apostar exclusivamente a la Tabla Anual. Esto obligaba a los mirasoles a ganar sus últimos cinco partidos del Clausura y que los violetas dejaran unidades, lo que sucedió nada menos que ante Nacional en la penúltima fecha, que los venció 1-0 con gol de Juan Ramón Carrasco.

Pero previo a ello hubo partidos épicos. Como el clásico que perdía Peñarol 3-1 y ganó 4-3, y el encuentro ante Cerro, al que venció en los minutos de adición por el mismo marcador. Se jugó la semifinal ante Nacional para intentar llegar a la final del Uruguayo. Los de Gregorio perdían 2-0 y otra vez dieron vuelta el juego: 3-2. En todos estos compromisos fue decisivo De Lima.

Cuando llegaron las finales con Defensor, este plantel tenía un estado anímico inmejorable y nadie iba a poder con esos futbolistas. Peñarol ganó los dos encuentros (1-0 y 3-0) y el quinquenio fue una realidad.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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