La hora de Eduy21

Son los sectores más favorecidos los que no tienen derecho alguno a desertar del debate educativo. "Corruptio optimi pessima", advertían los romanos: "La corrupción de los mejores es la peor"
El 17 de marzo pasado hizo su ingreso al escenario público Eduy21, la "iniciativa ciudadana" que, se nos dice, a partir de una evaluación del actual sistema educativo uruguayo como palmariamente insatisfactorio, se propone contribuir al diseño de uno alternativo, dotado de las necesarias características de ser profundo, sostenible, dinámico y permanente.

El emprendimiento se presenta como independiente de todo partido. Cuenta con el aporte de personas visiblemente involucradas con temas educativos, como lo es el exsubsecretario de Educación y Cultura Fernando Filgueira, los profesores Pablo Da Silveira y Robert Silva, así como otros profesionales no menos experientes en diferentes disciplinas vinculadas a la formación académica.

No se trata, ni podrá tratarse jamás, de un emprendimiento apolítico, en cuanto de él se espera definiciones políticas importantes en materia tanto de contenido curricular como de dirección administrativa. Está llamado, por tanto, a ser controvertido.

Como lo testimoniarían, si pudieran, Platón, Rousseau o Locke, los temas atinentes a la educación están indisolublemente asociados a respuestas políticas, y ese es un buen punto para comenzar a analizar el posible futuro de Eduy21.

Lo primero que salta a la vista es que, con independencia de lo que estos grupos finalmente traigan a la mesa, bajo la forma de un "libro blanco", o grandes líneas de propuesta, deben contar, desde ya, con el sólido y activo respaldo de todos los que hoy lloramos la decadencia sin freno de la educación y enseñanza en Uruguay.

Desde una estricta perspectiva liberal, por ejemplo, muchas de las soluciones que hoy se analizan en materia de administración educativa, si bien son anatema para las corporaciones e ideólogos colectivistas, se nos antojan insuficientes.

El frecuente recurso a "vouchers" educativos, la tercerización, o el sistema llamado de "charters", si bien lucen revolucionarios a la luz de las ajadas concepciones locales, se alinean en realidad tras la noción de que es el Estado, cuyas calificaciones tan fallidas son en esta materia todos los días de todos los años de las últimas décadas, el protagonista central de la formación de los más jóvenes.

Uruguay, empero, no recorrerá nunca los caminos que señala esta abrumadora evidencia: no lo hará siquiera en este mundo en el que todos los supuestos educativos, sea de formación universitaria tradicional, currícula, o formación tecnológica, están siendo revaluados, sobre la marcha y diariamente, ya sin siquiera poder contar con parámetros relevantes como referencia, tal como antaño ocurría.

Uruguay, empero, no recorrerá nunca los caminos que señala esta abrumadora evidencia: no lo hará siquiera en este mundo en el que todos los supuestos educativos, sea de formación universitaria tradicional, currícula, o formación tecnológica, están siendo revaluados, sobre la marcha y diariamente, ya sin siquiera poder contar con parámetros relevantes como referencia, tal como antaño ocurría.

No es, pues, ese óptimo el que aspiraríamos a recibir de Eduy21, sino algo si se quiere más apremiante: la formulación de una base mínima de auxilios al enfermo terminal en el que la educación pública ha terminado por convertirse.

Eduy21 tendrá, en tal sentido, que presentar una idea breve y concreta de reorganización administrativa, que garantice, por lo pronto, un gobierno único de la enseñanza pública, desandando el camino de esa "desconcentración" que, en los hechos, ha convertido al sistema en un reino de taifas, sin coordinación o competencia. Un sistema, en suma, simple, ligero y flexible, que sustituya al actual organigrama de factura soviética y rigidez cadavérica.

Los expertos de esta iniciativa tendrán, asimismo, que presentar un sistema igualmente ágil de definición de contenidos de la política educativa: el famoso "para qué educamos".

Ya se ha hablado de involucrar al Poder Legislativo en esta tarea: no es una buena idea. La errada noción de que es ese ruedo de debates de partido el que tendría la palabra final, basado en ser la expresión representativa de la opinión pública, esterilizaría toda reforma.

No nos engañemos: la educación exige poner a cubierto un espacio profesional, responsable y estable al que competa, bajo supervisión institucional, el trazar esas líneas, y estar pronto para salir en su defensa.

No puede, en tercer término, esconderse el hecho de que esa unidad en la orientación resultaría insustancial para todos los intervinientes, a menos que se la complemente con la capacidad de los administradores de cada centro educativo para gestionar, con autonomía, los recursos académicos, materiales y curriculares a su cargo.

Y eso, todos sabemos y pocos proclaman, significa abrir la puerta a la competencia entre centros de estudio, así como al fomento, en toda la línea, de las expresiones más exitosas de educación privada en sectores de baja integración y pobreza, nivelando el terreno de su actuación con el público.

Y, finalmente, Eduy21 tendrá que traer a la consideración ciudadana la batería de proyectos de ley y decretos en base a los cuales reconstruir el edificio de la educación pública: un esfuerzo que sería estéril, de no ser acompañado por la construcción de un compromiso político de base parlamentaria, sobre el que ya deberían estar trabajando ellos y los partidos políticos que tanto hablan y tan poco han hecho en este tema.

Apenas referir estos puntos habrá despertado ya en el lector un profundo escepticismo: en estas pocas líneas se han anotado nociones de sentido común que resistirán, a hierro y fuego, quienes han afirmado, por estos días y como ejemplo de su barbarie conceptual, que la mera construcción de centros educativos por el sistema de participación público-privada es equivalente a... ¡la privatización de la enseñanza pública!

No ayudaría, por cierto, omitir este tema del diagnóstico. El actual sistema es producto de un diseño, emprendido hace más de treinta años, en el sentido de hacer de la educación una correa de transmisión de la política de partido, por la vía de convertir a los educandos en un maleable rebaño electoral.

Si anoto la presencia de estos arrecifes, no lo es para sembrar desánimo sino, por el contrario, a fin de incitar el imprescidinble arropamiento público con el que debe recibirse a Edy21, tanto desde el sistema educativo y político, como del privado.

Y muy especialmente el privado. Son los sectores más favorecidos de la sociedad los que no tienen derecho alguno a desertar del debate educativo.

Basta ver la atención que esos mismos sectores brindan en otras sociedades a la edificación de los valores de la cortesía, la convivencia, o la elevación social que impulsan las artes y la investigación, para comprender muchas de nuestras fallas y muchos de nuestros problemas.

"Corruptio optimi pessima", advertían los romanos: "La corrupción de los mejores es la peor".
Una población que no se aboque, por caso, a reconstruir su escuela, su hospital, su iglesia, su gimnasio, tras un cataclismo climático sería la imagen misma de su derrumbe moral.

Un país, por ende, que no se sintiera convocado por la clarinada de Eduy21 se encontraría en el mismo pantano de desesperanza.

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