La hora de Leonardo DiCaprio

El actor merece (de una vez por todas) el Oscar a mejor actuación masculina,pero quizá para alimentar el mito lo mejor sea que (una vez más) su candidatura quede por el camino
Hace un par de décadas, unos periodistas deportivos le recriminaban a Johann Cruyff que su selección holandesa no había podido ganar el Mundial de 1974. "Sí, salimos segundos, es cierto. Pero nadie habla ni recuerda al campeón, sino que todos recuerdan el fútbol de Holanda".

Algo así podría decir el actor Leonardo DiCaprio, hasta ahora triple perdedor en la batalla por los mejores actores en la entrega de los Oscar. La victoria es puro derroche de alegría, a granel. Pero en muchos casos, la derrota genera mística. Me explayaré sobre esto más adelante.

En 2005 compitió por El aviador, pero perdió con Jammie Foxx por su retrato de Ray Charles. La actuación de Foxx fue buena, pero la de DiCaprio encarnando al millonario lunático Howard Hughes fue soberbia, bajo la batuta de Martin Scorsese. Perfectamente podría haber ganado. ¿A quién se recuerda más? Creo que a DiCaprio.

En 2006 lo barrió una rotunda actuación de Forrest Whitaker como el dictador ugandés Idi Amín en El último rey de Escocia. DiCaprio competía por una mala película como Diamante de sangre. De todos modos, esto no es justificación de nada. Muchos buenos actores han ganado la dorada estatuilla por películas malas o mediocres, casi por el efecto de la insistencia.

En 2013 le ganó Matthew McConaughey por Dallas Buyers Club. Claramente podría haber ganado DiCaprio por El lobo de Wall Street, de nuevo bajo las órdenes de Scorsese.

Qué lejos está hoy el muchachito rubio y de sonrisa perfecta que se encaramaba junto a su amada en la proa del Titanic. ¿Cuán lejos? Casi veinte años y unas veinte películas después. En el medio su rostro cambió, mutó, se endureció, maduró con los años y las horas frente a la cámara.

Además de negarlo tres veces, la Academia de Hollywood le ignoró por todo lo alto su buena actuación en Pandillas de Nueva York (primera colaboración con Marty Scorsese), su memorable rol en Los infiltrados (de nuevo Marty), su versión correcta de Edgar Hoover (ahora bajo la mirada de Clint Eastwood), o su papel como un desquiciado investigador en La isla siniestra (una vez más, Marty).

Ahora, DiCaprio llega como favorito por una actuación soberbia, donde casi no habla y sostiene su drama con primeros planos, con muestras de esfuerzo extremo y con un trabajo corporal de alto nivel, en una película que recupera los valores de los wésterns más salvajes.

En El renacido, en el papel del trampero Hugh Glass (que ya fuera representado por un actor de lujo como Richard Harris) y bajo la tutela del mexicano Alejandro González Iñárritu, de quien DiCaprio ha dicho que es el mejor director con quien ha trabajado (¿pero cómo? ¿y Marty?), el actor brilla como nunca. Aquí su personaje sufre el frío quemante de la nieve y el hielo, el dolor, las mordidas de una osa enfurecida, la muerte de un hijo, el rigor de un destino funesto del que lucha en dos horas y media de gran cine por escapar.

Es la hora de DiCaprio, pero pensándolo bien quizá lo mejor sea que, otra vez, pierda. Que se transforme en un outsider definitivo de los premios en Hollywood. Que tome un aura maldita. Si ya no necesita ningún tipo de legitimación con un premio. Tiene el cuero curtido. Película a película, su figura crece con luz propia. Más allá de los excelentes directores que selecciona para hacer crecer su carrera, cada historia se envuelve dentro de la marca "DiCaprio". No es nada fácil que un actor logre eso.

Y si por esas cosas ganara, que no vaya. Que no se presente. Puede quedarse tocando el clarinete o mandar a una india pawnee a recoger el premio. Que esta haga un alegato por los derechos de las tribus nativas. Que vuelva el espíritu del cine independiente de la década de 1970. Que el cine vuelva a ser, como dicen los yanquis, "más grande que la vida".

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