La inflación dentro del rango meta, un problema menos

Pese a que no llegó para quedarse, la desaceleración de precios es motivo de alivio
Entre las buenas noticias económicas de los últimos meses, la inflación dentro del rango meta por primera vez en siete años se ganó, sin dudas, un lugar en el podio.

Si bien un ritmo más moderado de aumento de precios no soluciona todos los problemas macroeconómicos que tiene el país, lo deja en una posición mucho más cómoda para hacerle frente a algunos de ellos.

En lo inmediato, un proceso de desinflación tan marcado tiene su correlato directo sobre el poder de compra de los uruguayos. Más aún después de las últimas rondas de Consejos de Salarios. La desindexación salarial alcanzada para el corto plazo –todavía hay correctivos por inflación a 18 meses– lleva a que un menor empuje de los precios se traduzca de manera lineal en una mayor capacidad de consumo de la población.

En un escenario en el cual el gasto de los hogares crece todavía por debajo de la actividad en su conjunto y la confianza de los consumidores todavía no se anima a adentrarse en los umbrales del optimismo, alimenta una perspectiva más alentadora.

Además, no es lo mismo enfrentar un escenario de atraso cambiario con margen para forzar una depreciación de la moneda que hacerlo con un ojo encima de los precios y el riesgo de una escalada inflacionaria que amenace con salirse de control.

Con este diagnóstico, ¿por qué las autoridades no resuelven quitarle el freno a la política monetaria? Una mayor cantidad de dinero en circulación y tasas de interés más bajas en títulos de deuda y péstamos bancarios ayudarían a acelerar la recuperación del crecimiento económico, y ese efecto se vería potenciado por una mejora de la competitividad en precios.

No es lo que está pasando y está bien que así sea. Principalmente, porque al diagnóstico sobre la inflación hay que agregarle un componente: el tiempo. ¿Qué tan seguro es que la inflación dentro del rango meta haya llegado para quedarse?

Alivio transitorio

Hay dos elementos que explican, de un año al presente, buena parte de la desaceleración inflacionaria.

Por un lado, está la baja del dólar, que moderó significativamente el ritmo de aumento de los bienes transables –aquellos que se exportan o compiten con importaciones y por lo tanto, fijan sus precios en el exterior y en moneda extranjera–. Ese componente de la canasta de consumo pasó de encarecerse a una tasa de 12% interanual en abril de 2016, a 4% un año después.

Si se compara el promedio de las transacciones de abril con el de igual mes del año pasado, el dólar operó 10% más bajo en su cotización. Para mantener ese efecto sobre los precios a fin de año, debería llegar a los $ 26,4 en diciembre. No es un escenario imposible teniendo en cuenta la imprevisibilidad del dólar, pero dista mucho de ser el más probable. De hecho, la mediana de los expertos encuestados por El Observador a fines de abril, lo anticipan a $ 31,2 en ese horizonte. Y ni hablar que un dólar a $ 26 pondría en riesgo la competitividad de las empresas locales.

Otro elemento a tener en cuenta es la evolución en el precio de los alimentos, en particular de las frutas y verduras. En los primeros meses del año pasado sus precios se habían disparado por efectos del clima, y en abril de 2016 el conjunto de alimentos sin procesar venía subiendo a una tasa de 11% interanual. El pico de aumento lo registraron en junio, con una suba de 17% respecto a igual mes del año anterior. De ahí en más, el ritmo de aumento se moderó y en la comparación mes a mes, incluso, los precios empezaron a bajar desde setiembre a esta parte. Hoy ese componente de la canasta de consumo cuesta apenas 0,3% más que un año atrás. Y eso no es algo que se pueda sostener por mucho tiempo.

No todo es pasajero

Esto no quiere decir que atrás de la desaceleración inflacionaria no hayan elementos más persistentes. Por ejemplo, los bienes y servicios no transables –los que se producen a nivel local solo para el consumo doméstico– moderaron también su ritmo de aumento. Es una buena noticia en la que tiene mucho que ver la desaceleración del consumo, pero también una política monetaria sostenidamente contractiva y la desindexación de corto plazo como política salarial.

En el último año, el componente doméstico de la inflación pasó de encarecerse desde una tasa de 10% interanual, a una más moderada de 8,5%. Otro indicador relevante es que a esta misma altura del año pasado, los analistas tenían una expectativa de inflación de largo plazo (24 meses) de 8,8% y a fines de abril era de 7,8%.

Esto habla de una desaceleración inflacionaria que parece haber llegado para quedarse, aunque no al ritmo que sugieren los números en su primera lectura. Lo cierto es que la inflación dejó de ser un problema acuciante y hoy es más bien un dato a seguir en la realidad económica que no da mucho márgen para descuidar, pero que permite concentrar la atención de las autoridades y los actores económicos en otras dificultades. Entre otras, los problemas de competitividad del país, su baja productividad, los graves desafíos fiscales en lo inmediato y la pasmosa lentitud a la hora de atacar los cuellos de botella que tiene para alcanzar un crecimiento vigoroso y sostenido en el mediano y largo plazo.

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