La "invasión" china, el recelo de EEUU y la experiencia africana

La expansión de las inversiones chinas genera preocupación en la principal economía mundial.
Es una preocupación constante que sale en cada charla con norteamericanos, sobre todo personas del mundo de los negocios pero también en algunos ámbitos académicos y políticos: "¿China tiene obras importantes en vuestros países?".

Las últimas tres semanas participé en un programa organizado por el Departamento de Estado de EEUU junto con otros 20 periodistas de diferentes países y recorrimos Washington DC, Nevada, Utah y Florida.

Mi respuesta fue diferente a la del resto de los colegas. En casi todos los países –sobre todo en los africanos, aunque también en los europeos– China tiene a su cargo las obras de infraestructura, energía o transporte más importantes.

Y eso a Estados Unidos le preocupa. Algunos advierten cómo China, al entrar en el juego con las reglas capitalistas, empezó a conquistar el mundo de una manera que ellos –como líderes mundiales que se sienten– nunca pudieron hacerlo.

Las empresas chinas están consiguiendo, con mucho mejores ofertas que sus competidores, quedarse con miles de licitaciones de las grandes a lo largo del mundo.

El candidato republicano Donald Trump ha hecho énfasis en ese asunto e incluso en el primer debate presidencial con Hillary Clinton abordó el asunto.

Él representa a muchos norteamericanos que sienten que su país ha sido blando en pelearle a China posicionamientos comerciales o incluso al impedir que algunas empresas se vayan al gigante asiático a realizar los mismos productos que fabricaban en EEUU.

"Están usando nuestro país como una alcancía para la reconstrucción de China", dijo Trump durante el debate.

"Tenemos que pararlos para que no nos roben más nuestros trabajos", aseguró, a pesar de que para sus obras de construcción le compra acero a China, según reveló una investigación periodística.
En Uruguay, a diferencia de lo sucedido en el pasado cuando se discutieron otros posibles Tratados de Libre Comercio (TLC), no hay oposición a una negociación con China.

Es que puede ser una buena oportunidad para lograr colocar productos uruguayos en un mercado gigante, pero también para que empresas de ese país lleguen a Uruguay.
¿Pero es todo color de rosa?

La experiencia de países que tienen negocios sólidos con China, según el relato de los periodistas, tiene claros y oscuros. Las buenas noticias son las obras a precios más accesibles.
Pero la experiencia indica que no necesariamente una obra china asegura puestos de trabajo locales.

En la mayoría de los casos, los obreros llegan desde Asia al país contratante y es muy poca la mano de obra del país receptor que emplean.

Uruguay ya sabe de eso, porque en 2013 una empresa china ofreció reconstruir algunas líneas del ferrocarril en un año y medio. Para eso exigía emplear trabajadores de su país. El entonces presidente José Mujica descartó esa posibilidad porque no daría trabajo a uruguayos.

Los insumos para esas grandes obras tampocos los compran en el país, sino que los llevan desde China.

En estados como Uganda, que tienen el mismo presidente desde 1986, estaban acostumbrados a que los financiamentos extranjeros vinieran acompañados de condiciones para intentar mejorar la democracia. China no. Solo pone la plata y luego se encarga de cobrarla. Entienden de negocios y solo buscan el beneficio de su país.

Pese a los nervios de algunos estadounidenses y las amenazas de Trump, nada parece poder parar a China en su avance global. Uruguay decide apuntar en esa dirección. Necesitará, sí, buenos negociadores, para no dejarse pasar por arriba ante un poder avasallante.

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