La lenta agonía del oso de Durazno

El espacio donde vive el oso del zoológico duraznense da pena. Las autoridades saben que es así, pero solo aguardan que se muera.

El oso sale de su oscura cueva y camina en cámara lenta. Avanza cinco o seis metros. Mira para un lado, mira para el otro y se detiene. Aunque quiera, no puede seguir mucho más. El espacio se termina: adelante hay una escalera y una fosa, que termina en unas enormes paredes de hormigón.

Es verdad, los zoológicos en su formato clásico son cárceles pensadas para poder ver de cerca a animales más bien salvajes y exóticos. Pero, aún teniendo en cuenta eso, el espacio del oso en el zoológico de Durazno –que se llama Washington Rodríguez Piquinela- da pena.

Las paredes despintadas, un patio pequeño y gris, una piscinita de agua turbia y un oso con el pelaje bastante venido a menos le dan a la escena un aire muy decadente, como se aprecia en la foto de aquí arriba, tomada una calurosa tarde de marzo.

El animal –que, luego me enteraría, en realidad es osa- vive desde 1982 en el zoológico de Durazno, uno de esos paseos típicos que dicen hay que hacer si uno visita esta ciudad.

Muchos duraznenses hablan con orgullo de su zoológico y tal vez algo de razón tienen. Algunas partes son más que dignas. Los tigres, por ejemplo, disponen de un enorme predio donde juguetear y moverse. Y hay un puente elevado desde el cual hay una buena vista de todo el lugar y del vecino Parque de la Hispanidad.

Pero otras partes del zoológico, como la que alberga a la osa, tienen la misma decadencia que el zoológico montevideano de Villa Dolores, del cual escribí hace unos meses en este blog.

En octubre de 2011 el diario El Acontecer de Durazno informó que se encontraban muy adelantadas las obras de lo que se anunciaba sería “el nuevo encierro” de la entonces pareja de osos. Decía la crónica que en diciembre los osos dejarían el pequeño espacio con piso de hormigón en el que están desde hace varias décadas para pasar a un lugar mayor con césped y pileta con cascada.

Pero la obra no se concretó. En febrero de 2012 el tema llegó a la junta departamental. La edila socialista María Arguello contó que había llevado al zoológico a dos niñas que llegaron de visita a Durazno y que le había quedado grabada “la imagen del pobre oso en aquel armatoste de portland, solo, agobiado de calor”. Lo mismo sucedía con los monos y algunos felinos, decía la edila.

Arguello preguntó en la junta departamental si el oso no se podía canjear o regalar a otro zoológico que tenga mejores condiciones.

(Al de Villa Dolores no, por favor, agrego yo).

La edila concluyó así su exposición en la junta: “No pude contestarle a las niñas sobre la pregunta de por qué estaba tan triste el oso, me dio vergüenza y un gran dolor”.

Arguello dice hoy que ni siquiera tuvo una respuesta oficial a su planteo y que ya no tiene expectativas de que algo cambie.

-Ese oso está en una fosa de portland desde que yo me conozco –me cuenta la edila, desde Durazno-. Y mirá que tengo 60 años.

Arguello hace bien en no tener muchas expectativas.

En 2007 hubo una remodelación del zoológico donde se mejoraron muchos espacios, pero los osos no entraron en esa reforma. En aquel entonces eran dos, uno de ellos murió hace dos años. “Murió de viejo nomás”, cuenta desde Durazno el director general de Servicios de la intendencia, Marcos Tiscordio.

Queda la osa, que llegó hace 33 años desde Salto. Nunca le pusieron nombre.

-Está en una jaula de hormigón, un pozo –dice el director-. Es malo para él mismo y para el zoológico. No es para nada adecuado.

Me asombra su sinceridad. Tiscordio explica que en realidad se iba a construir un lugar más digno pero, al morir uno de los osos, se evaluó que no era necesario. Es complicado trasladar a un animal tan grande y viejo, dice. Es una obra cara que, además, no se sabe cuánto tiempo se podrá aprovechar.

-Porque este oso estaría en el límite…

-¿De la vida? –le pregunto.

-Aparentemente sí –responde Tiscordio.

La osa quedará ahí hasta el día que muera. Pero, mientras tanto, pasará algunos veranos, otoños, inviernos y primaveras en su triste celda de hormigón.


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