La mala educación

Hace exactamente un siglo, José Batlle y Ordóñez sufrió el primer revés de su carrera política cuando una alianza entre blancos y colorados lo venció en las urnas. Pero, ¿quién se acuerda hoy de esto?

Algún día como hoy hace exactamente 100 años sucedió un hecho fundamental de la historia política uruguaya: las elecciones de la Asamblea Constituyente, en las que José Batlle y Ordóñez, el sumo actor político local, sufrió el primer gran revés de su carrera. Las circunstancias que rodearon esas elecciones provocaron un muy buen libro pero bien merecerían una película. Pero, ¿saben de historia nacional los directores de cine uruguayos?

En 2012, Steven Spielberg filmó Lincoln, con la actuación soberbia de Daniel Day-Lewis en el rol del presidente de los Estados Unidos y basada en un libro de una historiadora sobre el genio político del mandatario asesinado. El filme se concentra en los vericuetos legislativos para votar la abolición de la esclavitud. Lo que podría ser una película “de cámara” (valga de redundancia), de camarillas y camerinos, en manos del creador de Tiburón y ET se transforma en una narración trepidante, llena de intrigas y pequeñas subtramas, que tiene el objetivo por parte del presidente de convencer a la mayor cantidad de congresistas para que voten por su proyecto, en ritmo contra reloj.

La historia de las elecciones de 1916 podría tener un desarrollo similar. Los bandos estaban definidos. Por un lado, el expresidente Batlle y Ordóñez, a favor de un proyecto que modificara el Poder Ejecutivo y se pasara de un presidente a un sistema colegiado con nueve miembros. Por otro lado, la oposición blanca y un sector del Partido Colorado, liderado por Pedro Manini Ríos, en contra del proyecto. En el medio, el presidente Feliciano Viera, en principio a favor de su líder, don Pepe, pero con una íntima inclinación a la visión contraria.

Carlos Manini Ríos, hijo de Pedro, escribió Anoche me llamó Batlle, un formidable racconto de los sucesos que acontecieron el 30 de julio y las acciones posteriores que determinaron la interacción entre los partidos. Aquel día de hace un siglo, helado y ventoso, vio a una ciudad como Montevideo, llena de tranvías y cachilas, vibrar por un acto electoral hasta ese momento único: se aplicó el voto universal y secreto (solo para los hombres). Y por primera vez, Batlle caía derrotado. La mayoría se la llevó ese bloque de blancos, colorados riveristas y cívicos que la retórica batllista denominaba como “conservadores”.

Quedó conformada entonces una asamblea que debía redactar la nueva Constitución. Los constituyentes se reunieron en sesiones cargadas de polémicas en el paraninfo de la Universidad, y en el lapso de dos años la enorme habilidad política de Batlle consiguió revertir lo que su proyecto había retrocedido en las urnas. Para 1919, se votó un sistema mixto, donde coexistía un presidente con un consejo. La urdimbre de hechos que produjo esta salida es digna de narrarse, entre los discursos públicos y las negociaciones tras bambalinas.

¿Por qué este texto no puede adaptarse a un guión de cine? ¿Por qué a nadie del ambiente de audiovisual se le ocurre? ¿Es solo por una cuestión de presupuesto que, salvo mínimas excepciones, las películas uruguayas narran historias urbanas (básicamente en Montevideo) en las que tristes treintañeros deambulan por destinos de futuro monótono?

Así como casi no se ha filmado el siglo XIX, tampoco el siglo XX ha tenido en la pantalla la presencia que merecería. Por estas semanas, está en cartel la obra de teatro Los inmortales, de Hugo Burel, protagonizada por Ricardo Couto en el papel de don Pepe y Gustavo Saffores como Aparicio Saravia. Se trata de un diálogo ficticio entre los dos líderes históricos, que nunca se vieron las caras personalmente, en el que se cruzan en diferentes momentos de sus vidas. Es meritorio. Es algo. l


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