La maldad existe

Y juega un papel muy importante en las elecciones de EEUU
Yo fui educado en una especie de idealismo ingenuo y creía que la maldad no existía como tal sino que era un hábito adquirido de tanto lidiar con una realidad confusa. Estaba de acuerdo con el filósofo francés Jean Jacques Rousseau, que decía que todos nacemos buenos y que el ejercicio de conductas dañinas es el producto de circunstancias entreveradas.

Después me llegó a parecer que no. Que estaba claro que la voluntad, el deseo, la necesidad de hacer el mal andaba por todos lados. Empecé a creer que, si bien la moral es un aspecto esencial que destaca al ser humano del resto del reino animal, eso no quiere decir que seamos esencialmente buenos, sino que podemos optar y que optamos con frecuencia por el mal, con toda libertad.

Esto, que para mí fue un descubrimiento, es algo que una vasta mayoría siempre supo: hay gente que es mala, no hay con qué darle. Yo seguí creyendo, sin embargo, que los malos se veían a sí mismos como buenos. Que creían que lo que hacían era, de alguna manera, para bien.

Con el tiempo me empezó a parecer que esto tampoco era cierto. Me empezó a quedar claro que hay gente, mucha gente, para la cual hacer daño es un motor. Que disfrutan del dolor ajeno y quieren participar de forma activa en ese proceso. Saben que es malo y no les importa. O sienten que la bondad es una debilidad. Que los fuertes son crueles por naturaleza.

Es otro descubrimiento bastante ingenuo, me doy cuenta. La realidad cotidiana está poblada de ejemplos muy claros de maldad, ejercida por hombres, mujeres, niños y ancianos, que se encargan, de forma despiadada, de castigar las debilidades ajenas solo por ser debilidades, y que obtienen una satisfacción proporcional al daño que causan.

A lo que todavía me resisto es a asignar el concepto de maldad a un conjunto cualquiera de la sociedad. No digo "los hinchas de Boca son malos". A lo sumo podría decir, si viniera al caso, "están equivocados" o "fueron engañados". Pero no puedo asignar una cualidad moral a un grupo de seguidores de un club deportivo ni a los devotos de ninguna religión ni miembros de alguna nacionalidad o grupo étnico.

Según este razonamiento, entonces, tampoco puedo decir "los votantes de Donald Trump son malos", así como tampoco eran malos los votantes del candidato nacionalsocialista Adolf Hitler, en las elecciones de Alemania en 1932.

Con los votantes de Trump, sin embargo, me siento tentado a profundizar un poco más, a preguntarme si no estaré equivocado también en eso de no asignarle moral a un grupo determinado.

De hecho, creo que los seguidores del multimillonario neoyorquino no están tan engañados como podría parecer sino que quieren que el mal se manifieste. No creen que esté bien matar a los familiares de los enemigos ni torturar a los sospechosos ni prohibirle a los musulmanes la entrada al país ni vigilar a los que ya están adentro ni mofarse de los minusválidos ni coquetear con el Ku Klux Klan ni amordazar a la prensa ni amurallar el país.

Saben que está mal. Saben que elegir a un tipo así no va a ser bueno para casi nadie. Intuyen con claridad que no va a beneficiar ni a blancos ni a negros ni a pobres ni a ricos ni a liberales ni a conservadores. Lo que les pasa es que están hartos de que les mientan de forma tan descarada y que nada cambie, mientras ven cómo deben cada vez más dinero a pesar de que trabajan cada vez más.

Esta gente –la que quiere que el mal se manifieste, que se pudra todo, que se acaben las "delicadezas", que aparezca un líder que no tenga piedad ni pruritos democráticos, que acabe con la tolerancia y con la protección a los débiles– siempre existió. El problema ahora es que están muy cerca de salirse con la suya.

Hitler tampoco era Hitler en 1932. Se convirtió en Hitler unos años después, cuando obtuvo el poder. E hizo realidad las fantasías más crueles de una nación.

Una buena porción de los votantes de Trump siente que la única manera que tiene de incidir en la realidad política de su país es llevando al poder a un tipo malo de verdad. Y están muy entusiasmados por cómo van las cosas.

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