La mancha de medias tintas

Nuestro gobierno intenta la misión imposible de quedar bien con Dios y con el diablo

Las medias tintas diplomáticas son la peor forma de conducir la política exterior, error en el que ha caído Uruguay en el caso Venezuela. Brasil, Argentina y Paraguay resolvieron, como corresponde, suspender al régimen de presidente Nicolás Maduro como socio pleno del Mercosur, radiándolo de todas las actividades del bloque. Pero nuestro gobierno intenta la misión imposible de quedar bien con Dios y con el diablo, aceptando que se castigue al venezolano pero no demasiado. La administración Vázquez considera que Maduro y sus acólitos pierden el voto pero no la voz en los asuntos mercosureños, lo que en teoría los habilita para seguir asistiendo y opinando en las reuniones del bloque.

Aunque muchas figuras prominentes del oficialismo coinciden en el rechazo a un régimen que ha despedazado la democracia y el respeto a los derechos humanos, la ambivalencia de la posición uruguaya refleja las simpatías ideológicas de muchos dirigentes y sectores del Frente Amplio con el chavismo. El resultado es reconocer más o menos la desastrosa equivocación de haber incorporado el chavismo al Mercosur hace cuatro años a expensas de la ilegal suspensión de Paraguay pero, al mismo tiempo, tratarlo con suavidad fraternal. Es una actitud que no solo soslaya el descalabro institucional de Venezuela sino que además nos puede costar caro, porque pone en riesgo el fortalecimiento de una economía debilitada, prioridad notoria en un ejercicio realista del gobierno.

Las exportaciones uruguayas son irreemplazable tabla de salvación. Como vienen en caída comparadas con las del año anterior, el sentido común exige tratar de vitalizarlas. El camino idóneo es, además de abrir nuevos mercados, llevarnos lo mejor posible con nuestros vecinos, clientes voluminosos y de los que dependemos en múltiples emprendimientos bilaterales. El gobierno ha optado, en cambio, por antagonizar a los otros socios fundadores del Mercosur al discrepar en el alcance de las sanciones al chavismo. Las economías de Brasil y Argentina se debaten en agudas crisis por sostenida recesión en el país norteño y angustias financieras en nuestro vecino rioplatense. Este debilitamiento, del que les llevará años salir, reduce su propensión importadora. En estas circunstancias se imponía buscar máxima sintonía con sus gobiernos para no perder mercados. Pero la posición uruguaya sobre Venezuela tomó exactamente el camino opuesto.

No solo el comercio directo puede sufrir. Se afloja aún más la cuerda en que se tambalea el publicitado tratado de libre comercio con China. A su regreso de ese país, el presidente Tabaré Vázquez lo anunció como seguro, hasta fijándole fecha para su firma en 2018. Pero no tuvo en cuenta que a menos que Uruguay se retire del Mercosur, lo que no está en la agenda, para firmar un TLC por fuera del bloque se necesita autorización de los demás socios. El presidente argentino Mauricio Macri había dado un respaldo preliminar pero que nunca se oficializó. Y el de Brasil, Michel Temer, se ha mantenido en significativo silencio. Lograr de los gobiernos vecinos el permiso que imponen las normas del Mercosur exigía buscar armonía y coincidencias con los otros socios fundadores. El gobierno, sin embargo, ha optado por desviarse en un atajo sinuoso, que nos protege de las irrelevantes iras de Maduro contra los demás socios pero hipoteca las relaciones con gobiernos de cuya buena voluntad no podemos prescindir.


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