La marihuana, el pecado y los límites de lo prohibido

El humo igualador de la liberalización del canabis

La manera más sencilla de librarse de la tentación es caer en ella, decía Oscar Wilde no sin cierta razón. Porque hasta que el objeto del deseo permanezca lejos del alcance de la mano, el individuo queda preso de lo que desea. Y si lo deseado es algo prohibido, más y mejor es alimentado el deseo.

Es por eso que todo aquello que se considera pecado convoca a ser conquistado. Y, si de alimentar el deseo se trata, es necesario que exista el concepto de pecado porque si todo fuera libre, gratuito y obligatorio, si todo el mundo anduviera desnudo, si todas las mujeres y los hombres nos fueran accesibles, si todos los helados fueran gratis, casi nada de deseo nos quedaría para ser gastado.

Cuando los límites de lo prohibido son corridos a nuestro favor, podemos considerarnos más libres pero también menos propensos a correr hacia lo que antes nos estaba vedado. Por eso, la liberalización del consumo de marihuana es, a la vez, una conquista para los fumadores y también una meta que los perseguidores de lo prohibido están a punto de alcanzar.

Y, hablando de drogas, ¿cuál será la barrera que, sobre todo los adolescentes, querrán tirar abajo después de que la marihuana sea considerada un producto tan habitual como un chicle o una cerveza?
Darle unas pitada a un porro de vez en cuando no tiene casi nada de malo. Pero, con el faso prohibido, la savia de esa plantita ya no alcanzará para saciar la rebeldía de aquellos a los que les gusta posar de rupturistas. Con el faso al alcance de la mano, todos quedan igualados en el mismo humo.
Ojalá que las ganas de transgredir se las saquen en otros arrabales del centro del pecado y que, ya dueños del porro, las cosas prohibidas les entren por los oídos, por los ojos o por la lengua sin necesidad de otras sustancias de dudosos efectos liberadores.


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