La mente en estado pleno

El escritor uruguayo Amir Hamed, una excepción de la literatura local
Aunque marchamos rumbo a la tercera década del siglo XXI, y las industrias tecnológica y farmacéutica van hacia pasado mañana sin saber bien de qué se trata el futuro, en las artes, cine y literatura sobre todo, la necia mayoría sigue exigiendo claridad y resolución a todo lo que lee y ve. En voz alta, con horror, exclaman: "No entiendo", y apagan el botón. Dejan un libro por la mitad, o salen de la sala de cine furiosos porque la película tiene un final abierto o bien carece de uno. Se acaba, para que la historia continúe en la imaginación del espectador, claro está, solo en la de aquellos predispuestos y preparados para hacerlo posible. Pero igual así, tampoco. En muchos aspectos constatamos la peor versión de nuestra historia moderna. Al pragmatismo del rating y de la cultura del best-sellerismo le gustan las cosas fáciles, el entretenimiento vacío, los libretos descerebrados que apelan a lo mínimo, los libros que se lean de un tirón (porque de esa manera y sin demasiado trabajo formal han sido escritos); cuanto más sencillo y menos complicado sea todo, mejor. Narcotizada por el hecho de tener que convivir con la banalidad extrema como si fuera normal y norma, la inteligencia mira hacia el margen buscando alternativas.

Así pues, en ese mundo de usos y fines limitados, son muchos los libros y películas que pasan inadvertidos, incluso sin recibir siquiera una reseña o mínimo comentario. Hay autores y directores condenados por la época, aunque, dadas las circunstancias, habría que decir que en verdad están salvados pues quedar afuera del hoy es una forma de salvación. Los tiempos son pobres, pero también paradójicos, y vaya que es grande la paradoja que resalta: a todo aquello que celebra y distingue, la mediocridad lo condena a desaparecer pronto. A todo lo que crispe al entendimiento, así sea la genialidad más inaccesible, la época lo tritura y margina en menos de lo que canta un gallo.

Amir Hamed (Montevideo, 1961) viene publicando libros desde 1982. En ese año asistí a la presentación de su primer libro de cuentos, en la mítica y hoy desaparecida librería Ciencias, a la salida del túnel de 8 de Octubre. Esa misma noche se presentaba Jorge Donn en el Teatro Solís. Con método propio de una imaginación que vino al mundo con el objetivo de hacerlo por cuenta propia, Hamed fue poblando su bibliografía de obras siempre fuera de lo común, lo cual lo convirtió en rara avis de una literatura que siempre parece mirar para el mismo lado, y así le ha ido, salvo las excepciones, que son precisamente las que han hecho de este un país extraordinario en logros de la imaginación literaria. Los escritores más uruguayos son aquellos que no parecen uruguayos. En 1995, Hamed publicó Troya blanda (Fin de Siglo), novela ejemplar en todo lo que se propuso serlo, su libro más uruguayo junto con Artigas Blues Band me animaría a decir, aunque la crítica uruguaya, quiero pensar por ignorancia, por desconcierto, o por ambas cosas, la destrató (destratar me parece un verbo ideal para referir a las miserias mentales de nuestra época), condenándola a un ostracismo en la historiografía literaria nacional del cual aún no ha salido. Ya pronto.

Sordo a la tribuna, Hamed siguió como si nada, pues parte de la condición uruguaya es saber arar en el desierto. Publicó ensayos, novelas y una antología de poesía uruguaya con gran repercusión internacional, evidenciando en cada género visitado que hay una constancia y fidelidad autoral a una voz propia, de las que no son afectadas por el silencio de los demás. Su más reciente libro, Febrero 30 (HUM, 2016, 206 páginas), vuelve a situar al lenguaje en las carnestolendas de la imaginación, en las cuales las palabras actúan sabiendo que la libertad que se les ha otorgado las obliga a prolongar la fiesta en su máximo de expansión. Hay un comienzo a la altura de lo portentoso, cuando lo más seguro es que nadie sabe lo que vendrá después: "Si pudiera medirse en gatos tal vez resultara más nítido; sería posible, entonces, confiar que las cosas se encauzarán razonables". El libro, desde ese inicio que advierte que hay cero tolerancia para la distracción, es un mecanismo de escrituras cuyo riguroso procedimiento va ampliando el campo de operación. Cuanto más leemos, más nos adentramos en un territorio inédito, nunca inhóspito, que envuelve al pensamiento en una propuesta cuya resolución es postergada hasta que el autor decide darle fin.

Del mismo árbol genealógico de Carlo Emilio Gadda (1893-1973), Arno Schmidt (1914-1979) y Samuel Becket (1906-1989) en el cual la única amabilidad posible es con la inteligencia cuando le exige a la escritura ir hacia lo innombrable mediante la lógica del párrafo concatenado, la narrativa de Hamed se despreocupa del relato en tanto catarata lineal, opción tan privilegiada en estos días (esa literatura tan ni fu ni fa, muy de bijouterie, que se impone en el mercado editorial como moneda de cambio), para invertir el orden de los factores. La escritura discurre sobre su procedimiento, destacando para tales efectos el favoritismo de determinados pormenores sobre los cuales el "posible acto de narrar" se desplaza, contando sin contar, escribiendo sin representar. La vida es traducida por el cumplimiento de un decir fuera de toda funcionalidad. La escritura instaura una normatividad a partir de lo que ha dejado fuera, aquello que ha cancelado definitivamente, esto es, la necesidad de representar para que el mundo se sienta interpretado. El camino hacia ese objetivo, sin embargo, no se agota en un procedimiento. La vida entra de otra forma. La infelicidad existencial da cabida a lo que podríamos denominar una "infacilidad literaria"; un estado de las cosas que escenifica una interrupción y la continuidad de esta.

La labor epistemológica del lenguaje, al ramificarse y contar lo que solo puede ser contado de esa manera, posponiendo el desenlace, se transforma en pedagogía del propio acto de escribir, pues la palabra ilustra sobre su registro y al hacerlo informa, más de una manera de proceder que de un propósito específico. En la medida de lo posible, la sintaxis es reinventada. De ahí que la intransigencia no pueda ser neutral, sobre todo cuando el lenguaje comparte su privacidad y se expresa en primer plano antes de desaparecer por completo. Esta escritura sobre la escritura (indaga sin reticencias sobre sí misma, pone puntos y comas en el silencio), como no podía ser de otra manera dado lo que está en juego, contiene una historia fabulosa que una y otra vez amaga con ser contada, un relato fuera de las expectativas que, a medida que la conclusión se aproxima, advierte que también su final es aleatorio. Hay veces en que los grandes libros se parecen a la vida. Este es uno de ellos.

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