La música de medio siglo

Cada vez que se vuelve la vista y el oído a los discos que hacían furor cinco décadas atrás corre riesgo de que la respiración se corte

En 1966 –cincuenta años atrás– las Islas Británicas, como barcos solitarios en el Atlántico recostados sobre Europa, producían buena parte del mejor ruido que se podía escuchar en el planeta Tierra.

Los Beatles lanzaron el disco Revolver, joya intacta llena de himnos, soberbia muestra de cuatro músicos jóvenes casi en la cumbre de su creatividad. Los Kinks sacaron a la venta su canción Sunny afternoon, una canción que quedó grabada en la historia del mejor sonido inglés. Los Rolling Stones hicieron explotar los rankings con su oscuro tema Paint it, black, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. Los Who y Los Yardbirds también metían sus bocadillos sonoros en un año en el que parecía que nadie se guardaba nada.

Del otro lado del Atlántico, Bob Dylan había abandonado sus raíces acústicas y se había vuelto "eléctrico", provocando una auténtica revolución en el folk y el rock de su país. Ese año además realizó una gira mundial con un set mitad acústico, mitad enchufado, que produjo más polémicas.

Pero para seguir con la recorrida geográfica, desde hacía varios años atrás, una banda estaba tironeando de las orejas del pop y del rock hacia una orilla todavía más lejana: el océano Pacífico.

Los Beach Boys habían puesto a la soleada California, con sus surfistas y sus chicas lánguidas, los descapotables y las dudas existenciales de adolescentes, en el centro de una narrativa, una música y un paisaje propios. En la primera mitad de 1966 y bajo la batuta de su bajista cerebro Brian Wilson, los Beach Boys grabaron el mayor trabajo discográfico de su carrera: Pet sounds. ¿Se podía componer música pop con la densidad de una sinfonía en dos minutos y pico? Brian Wilson demostró que era posible.

El más genial de los hermanos Wilson atravesó una crisis vital y la volcó en el álbum, en forma de canciones, con la ayuda del letrista Tony Asher. Wilson creía, entre otras ideas, que el disco no había sido hecho para esa época. Pocas veces en la historia de la música una depresión produjo tal brillante resultado.

Este año, Brian Wilson está realizando una gira mundial en honor al cincuentenario del disco Pet sounds. El recorrido comenzó a finales de marzo en Nueva Zelanda y, luego de anudar el mapa de Oceanía, Japón y Estados Unidos, en estos momentos se encamina hacia Inglaterra, Gales y Escocia (de hecho, esta noche toca en el London Palladium de la capital británica), para luego poner proa hacia Israel y culminar en otra extensa "pierna" norteamericana en octubre, en la ciudad de Sacramento. Mucha agua pasó bajo los puentes, mucha furia y sutileza se ha derramado desde los estudios de grabación al mundo. Las décadas avanzaron y retrocedieron y varios géneros se adueñaron y se desvanecieron en la industria, en las discotecas, en las radios, en las computadoras y ahora en los teléfonos. Pero basta escuchar sus versiones cincuenta años después para calibrar la calidad y la vigencia de Wilson.

A quien no conozca el disco Pet sounds le envidio esa virginidad auditiva, esa ingenuidad ante un disco que deberá escuchar para testear cuánto demora en erizarse. Para quien ya sea un iniciado en la catedral de los Beach Boys, cada escucha, cada pasada de cada canción otra vez representa una forma de liturgia afrodisíaca. Las voces y los instrumentos se elevan hasta las alturas infinitas. Ahí, solo Dios sabe cuándo hay que dejar de hablar, para poner la cabeza sobre el hombro más cercano, más confiable. Que la púa vaya al vinilo y los muchachos de las tablas de surf hagan el resto.

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