La pelea del siglo

Delirio versus sensatez, hombre versus mujer, insultos versus propuestas: ¿qué eligirá el pueblo estadounidense?
Entre muchas otras cosas, las elecciones de Estados Unidos son un gran espectáculo. Barrack Obama fue la superestrella que protagonizó las últimas dos entregas, en 2008 y 2012. Obama hizo el papel del muchacho bueno y se llevó los aplausos y los votos. Ahora el protagonista es Donald Trump, el villano, y se lleva la mayoría de los abucheos. En cuanto a los votos, pronto lo sabremos.

En 2008 Obama debió superar a su adversario más formidable en las internas del Partido Demócrata, la senadora y ex primera dama, Hillary Clinton. Ella es ahora la última esperanza de las fuerzas del cosmos contra las del caos.

A seis meses de los comicios, los partidos aún no se resignan a sus candidatos. En filas republicanas, todavía hay esperanzas de que el magnate no llegue a la mayoría absoluta de delegados en la convención partidaria en julio e imaginan escenarios tortuosos para negarle lo que la ciudadanía partidaria ya le concedió. Entre los demócratas, el "socialista" Bernie Sanders insiste en su propuesta "revolucionaria".

Está claro, sin embargo, quiénes serán los participantes en la lucha final. Donald Trump y Hillary Clinton son los elegidos y se viene lo mejor. La encuesta más reciente establece una gran paridad: 38% de las voluntades de voto para cada uno y un 24% que dice que no eligirá a ninguno de los dos.

Las demás encuestas realizadas en abril son favorables a Clinton, pero a esta altura nadie se atreve a subestimar la capacidad de Trump de desmoronar rivales en una campaña electoral. El multimillonario ya empezó a tirar golpes y, como era de prever, no tienen nada que ver con propuestas de gobierno.

"Si fuera un hombre, no creo que llegara a tener el 5% de los votos", dijo Trump sobre su adversaria, en una clara referencia a que la única carta que puede jugar Hillary Clinton es la de ser mujer. El empresario de bienes raíces sabe muy bien que ese tipo de alusiones, que hasta esta campaña se creía que eran perjudiciales a quien las usara, son, en realidad, conceptos que juegan a su favor.

Trump demostró conocer mucho mejor al electorado estadounidense que todos sus rivales en las internas republicanas. Él sabe que apostar a los prejuicios raciales y xenófobos funciona y tiene todo el derecho a creer que los prejuicios sexistas también van a darle resultados.

Se podría arguir que las elecciones generales son muy diferentes a las del Partido Republicano, que ahora lo más importante es captar el voto de los indecisos, de los moderados, y que Trump es muy áspero para esos paladares. Yo pensaba así cuando escribí, en una columna del 31 de enero: "De todo esto queda una cosa clara: si no sucede algo muy imprevisto, el 20 de enero de 2017 asumirá la primera mujer presidente de Estados Unidos".

Sigo pensando que va a primar la cordura pero no me atrevería a apostar mi casa.

En todo caso, volviendo al punto de vista del espectáculo, la trama es apasionante. Clinton es una oponente mucho más fuerte y experiente que ninguno de los rivales que tuvo Trump hasta ahora. No solo sabe mucho más sobre el empleo al que aspira y tiene un equipo mucho más sólido que la apoya sino que no se cuece al primer hervor, como le sucedió a la mayoría de las palomas que desplumó Trump en su recorrido.

Los debates, los actos partidarios y las piezas de propaganda prometen ser feroces. Las líneas de ataque de Clinton serán las propias palabras e historia de su rival, las escenas de un país con Trump al timón. La retórica de Trump, por su parte, girará en torno a fuerza versus debilidad, carácter versus histeria, hombre versus mujer; un Estados Unidos que vuelva a ser dominante o que siga perdiendo terreno.

A menos que Trump se derrumbe por su propio peso y por la falta de apoyo de los propios republicanos, el suspenso promete ser insoportable. Porque si el millonario gana las elecciones, agarráte Catalina.


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