La picardía no es solo peronista

El gobierno argentino de Mauricio Macri logró, contra todo pronóstico, desactivar un paro general y esfumar los fantasmas de un posible estallido social
Ante la dirigencia sindical exhibe la realidad fría de los números fiscales y las restricciones de la economía. Ante los empresarios, apela a que haya "solidaridad y corazón" para ayudar a los sectores más desprotegidos. Esa ambivalencia sintetiza la estrategia que está desplegando el presidente Mauricio Macri para manejar el siempre enrarecido clima social argentino.

De momento, está obteniendo resultados aceptables. A casi un año de iniciado el mandato, ha logrado transitar ese camino sin sufrir un paro general de la Confederación General del Trabajo (CGT), la mayor central sindical, algo que no cabía en los planes de los más optimistas seguidores del gobierno.

La relativa paz sindical es extraña por los antecedentes históricos, ya que los gobiernos no peronistas que hubo desde el regreso de la democracia sufrieron la tensión con la CGT ya en los primeros meses de la gestión. Pero, sobre todo, la tolerancia sindical es llamativa dada la dureza que deparó el plan económico macrista, con recesión, inflación y una fuerte pérdida del salario real.

O, acaso precisamente por la fragilidad de la economía, la nueva dirigencia sindical opina ahora que el foco debe estar puesto en la preservación de empleos y no en mejorar el ingreso. Y los sectores dialoguistas se están imponiendo por sobre los más proclives a la protesta.

La gremial aceptó asistir a una mesa tripartita, y con cierta picardía a la hora de negociar los funcionarios macristas convirtieron el reclamo por un bono extra de fin de año en una oportunidad para hablar de otros temas que hace tiempo tienen en agenda.

La pauta la dio el propio Macri en un encuentro empresarial la semana pasada: "El primer desafío es que tengamos todos la obsesión de la productividad". Pero fue más allá y, como para que no parezca que el tema debe ser de incumbencia exclusiva de los gerentes, recordó que el propio Juan Domingo Perón definía a la productividad como "la estrella polar de un país".

Desde la óptica de Macri, la consecución de este logro supone la adopción de polémicas reformas, incluyendo temas tabúes para los sindicatos, como la reducción de cargas patronales a las empresas que contraten a jóvenes inexperientes, medida rechazada por las gremiales que la ven como los "contratos basura" de los años de 1990.

Y no faltan quienes ven una intención oculta de cambiar la forma de negociación salarial, sustituyendo los actuales consejos de salarios por sectores por acuerdos en cada empresa, algo que recortaría sustancialmente el poder político de las cúpulas sindicales.

Una sorpresiva cintura política

A pesar de esa desconfianza, la dirigencia sindical aceptó sentarse a la mesa del "diálogo social".
La cintura política de los funcionarios macristas estuvo en el manejo mediático de esta negociación. En otro contexto, la sola negativa al pago extra habría sido suficiente para que la CGT decidiera una medida de fuerza.

Pero el ministro de Trabajo, Jorge Triaca –que no por casualidad es el hijo de un veterano sindicalista que también ocupó esa cartera en la década de 1990–, encontró la forma de suavizar la mala noticia: al tiempo que les negó la mejora salarial anunció un pago especial para jubilados y beneficiarios de planes sociales de unos $ 1.000 argentinos.

La picardía política de Triaca fue aprovechar el clima de sensibilidad social generado tras la publicación del índice de pobreza, que marcó un impactante 32% de la población con necesidades básicas insatisfechas. El planteo de que los exiguos recursos deben ir prioritariamente a los sectores más desprotegidos resultó un argumento irrebatible para los sindicalistas.

Pero el gobierno no solo desactivó la amenaza sindical a un costo relativamente bajo desde lo fiscal y lo político, sino que la convocatoria a la mesa tripartita resultó funcional para resolver otro problema que preocupa a Macri: su relación con el papa Francisco. El diálogo era un pedido de la Iglesia.

El corazón y el bolsillo

Paradójicamente, donde a Macri le cuesta mejorar su receptividad es en el ámbito empresarial. El mandatario no se engaña: una cosa es que lo aplaudan efusivamente a la hora de los discursos y otra bien distinta es que tomen las decisiones que él pretende.

El mandatario pidió que los empresarios inviertan más y remarquen menos los precios. "Les pido en nombre de todos los argentinos compromiso y entusiasmo", dijo, y apeló al sentimiento de solidaridad.

La frase trajo reminiscencias de la célebre cita de Juan Carlos Pugliese, ministro de Economía de Raúl Alfonsín en pleno caos hiperinflacionario, quien se quejó de la insensibilidad del empresariado: "Yo les hablé con el corazón y ellos me contestaron con el bolsillo".

Ahora, irónicamente, Macri está esperando que les respondan con el bolsillo, pero los empresarios siguen esperando que su política aperturista tenga un aval en las elecciones legislativas de 2017.

Mientras tanto, Macri se enfoca en manejar el corto plazo con el objetivo de que no haya estallidos sociales en los barrios marginales –sobre todo en la tradicionalmente caliente temporada navideña– y que los indicadores económicos empiecen a dar buenas noticias.

"Brotes verdes" que se hacen desear

Es cierto que ya nadie cuestiona las estadísticas oficiales, como ocurría durante el kirchnerismo. Pero eso no significa que hayan desaparecido las polémicas respecto de los números, porque, como saben todos los economistas, siempre es posible presentar los indicadores de tal forma que puedan decir que las cosas van bien o mal.

En Argentina, la "batalla de las expectativas" pasa por ver si se impone la visión de que lo peor ya pasó y el país está otra vez en la senda del crecimiento o si, por el contrario, el estancamiento sigue.

En ese contexto, hay cierta ansiedad de parte de los funcionarios por encontrar y exhibir los llamados "brotes verdes" que estarían mostrando una recuperación.

Para el ministro de Hacienda, Alfonso Prat Gay, la economía "dejó de caer a partir del tercer trimestre". Pero todavía no se ve una tendencia firme hacia la recuperación. El consumo, que venía dando tímidas muestras de mejoría, cayó 7,7% en setiembre.

Claro que siempre hay gente optimista que elige mirar "el vaso medio lleno", y es por eso que hubo quienes festejaron que la recaudación impositiva volviera a crecer –en pesos– por encima de 30%, lo cual sigue implicando una caída en términos reales, pero con una brecha cada vez menor respecto de la inflación.

Los funcionarios destacan el nivel de inversiones que se está produciendo y piden paciencia para ver los resultados en números concretos.

Mientras tanto, la cruda realidad sigue dando malas noticias en los rubros más sensibles, como el empleo.

En las últimas semanas, varias empresas grandes anunciaron despidos o suspensiones masivas.

Así lo expresó el ministro de Producción, Francisco Cabrera: "De algo que es una noticia negativa yo tengo una interpretación positiva. Entre la sobreproducción del año pasado, para aprovechar el tipo de cambio bajo, y la recesión de estos meses, la producción sufrió y sufren los que trabajan, los empleados. Pero las expectativas son buenas, por eso desde las pymes y las compañías grandes, notamos una grandísima retención de personal, aunque sufrieron en las ventas. Vemos que la decisión es mantener a su personal, aunque con suspensiones".

La frase prueba que si de algo no se puede acusar a los funcionarios, evidentemente, es de una falta de optimismo. Los "brotes verdes" todavía se hacen desear, pero el gobierno los busca sin descanso.

Populares de la sección

Acerca del autor