La pregunta capaz de curar

Pilar Sordo presentó su libro en Uruguayestuvo en Uruguay para promocionar su último libro, Oídos sordos, que relata cómo logró superar varias enfermedades gracias al autoconocimiento
Antes de recibirse de psicóloga, Pilar Sordo ya organizaba talleres y daba charlas, pero nunca soñó que terminaría dando conferencias por toda Latinoamérica. Tampoco que publicaría seis libros que se transformarían en best sellers. Casada, con dos hijos propios y cinco más de su actual marido, se define como una persona optimista que, tras superar varios golpes de la vida, decidió ser feliz como sea. A los 50 años tiene claro que va a seguir en el camino al menos cinco años más y que la Fundación Cáncer Vida que creó va a seguir creciendo. Humilde y sencilla, dice que investiga porque no tiene las respuestas.

¿En qué se diferencia este último libro de los anteriores?

Como todos mis libros, Oídos sordos nace de una investigación. La diferencia es que en ésta yo aporté mi propio testimonio en los diversos talleres que realizamos, me puse a las par de los demás, mientras que en las anteriores era solo una observadora, una recolectora de información. Eso me generó una complicidad especial con los demás participantes que creo se refleja en el libro. El título, además de ser un juego de palabras con mi apellido, hace referencia a lo que me ocurrió, a como llegué a enfermarme por no escuchar las señales de mi cuerpo. Tenía derrames en los ojos, arritmias, alergias que nunca había tenido y desequilibrios hormonales.

Usted cuenta que empezó un largo periplo de consultas médicas. ¿Qué sucedió para que se muestre tan descontenta con la medicina tradicional?

No tengo nada en contra de la medicina tradicional, de hecho tras mucho buscar di con una doctora que me ayudó. Pero creo que conceptualmente tiene grandes problemas. Es una medicina fragmentada, donde si yo tengo un problema en el ojo voy al oftalmólogo y él se ocupa solo del ojo, no me pregunta nada más, no se ocupa de nada más. Esta fragmentación le juega en contra al paciente, le impide verse como un todo. Otro tema son los exámenes clínicos, que muchas veces se mandan solo para que el médico se cubra. Y también está lo económico; hay máquinas que deben financiarse y la forma es usándolas todos los días. Por no hablar de la industria farmacéutica, a la que solo le interesa empastillar a las personas. La gente hoy ya lleva medicamentos encima hasta por las dudas.

Usted ve una solución en la medicina alternativa.

Sí, ya que tiene una visión mucho más holística del ser humano. Tiende más a buscar las causas de la enfermedad y no a tratar sólo los síntomas, como hace la medicina tradicional. Creo que ambas se deben complementar y yo como paciente tengo que tener la libertad de usar la tradicional en términos puntuales y al mismo tiempo servirme de la alternativa para entender qué me está pasando.

En Oídos sordos plantea una visión muy crítica del mundo moderno. ¿Tan mal lo ve?

Mi intención no es criticar el mundo moderno sino explicitarlo, detallarlo, para entender cómo es el mundo en el que tenemos que aprender a manejarnos. El sistema es tan alienante y está tan alejado de nosotros que el cuerpo se transforma en el más importante informador de cómo esta nuestra vida afectiva. Mucho más ahora que en otras épocas. Antes era distinto. Se vivía más lento, había más espacios de silencio y la gente tenía más posibilidades para reflexionar sobre cómo se sentía o qué le pasaba.

¿Cree que es posible escapar a la vorágine de la actualidad, al ritmo enloquecido que describe con tanto detalle en su libro?

No, no es posible escapar. Creo que la gente va a seguir despertándose violentamente gracias al despertador y va a seguir corriendo todo el día. Pero, justamente, como no es posible escapar, creo que debemos cambiar la actitud frente a ese mundo vertiginoso. Buscar espacios de elección que tengan que ver con hacer cosas que me hagan sentir bien. Por ejemplo, si a mí las noticias me hacen mal y al despertar cada mañana prendo el televisor o reviso el celular, yo puedo elegir no hacerlo; puedo optar por escuchar música, por ejemplo. Con la alimentación sucede lo mismo. Los criterios de elección nos ayudan a vivir de mejor forma dentro del sistema actual.

En el libro también habla del mal ejemplo que le dan los adultos a los niños.

Duele mucho ver que los niños y adolescentes no tienen ganas de ser adultos porque nos ven amargados, cansados y sin ganas de bailar o cantar. Somos una generación que parece que todo lo hace por obligación, a la que la vida le parece un enorme peso. No educamos a los niños para que se vinculen con sus emociones, no hacemos que el niño se pregunte cómo se siente realmente. En esto influye también el miedo. Los adultos le tenemos miedo a esas preguntas, al ¿cómo estoy? o al ¿qué me pasa? No forman parte del repertorio de preguntas del día. Me puedo preguntar qué me pongo, como mucho. No hay espacio para la reflexión profunda.

Para usted es fundamental volver a inculcar en los más pequeños el valor de la bondad. ¿No siente que pueden ser futuras víctimas dentro de una sociedad que va en sentido contrario?
Seguramente los harán sufrir pero yo creo que se trata de una postura frente a la vida que hay que defender. Siempre hay un precio que pagar por estar en este mundo. Entonces, al menos que sea por una buena causa. La astucia, la viveza criolla como dicen por aquí, ha hecho mucho daño en Latinoamérica. Creo que la desconfianza ha traspasado todos los límites, ha ido más allá de la desilusión hacia los políticos, las instituciones o los empresarios. La desconfianza se metió en la relación interpersonal entre los ciudadanos y eso tiene que ver con dejar de creer en la bondad, en que hay nobleza en la gente. Cuando esa desconfianza se instala es gravísimo, porque se desconfía hasta de los buenos. Si educamos a los niños para que sean astutos, para que sospechen siempre del prójimo, estamos educando para la corrupción.

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Acerca del autor

Andrés Ricciardulli