La próxima generación

Si realmente a alguien le preocupa la próxima generación más que la próxima elección debería dedicar sus esfuerzos al tema educación
El presidente Vázquez ha insistido en las últimas semanas en un consejo a su fuerza política: pensemos más en la próxima generación que en la próxima elección.

La frase no es nueva. La pronunció originalmente Otto von Bismarck 1815-1898. La frase precisa era: "El político piensa en la próxima elección; el estadista piensa en la próxima generación".

También Winston Churchill la hizo famosa cuando dijo que "un político se transforma en estadista cuando piensa más en la próxima generación que en la próxima elección".

Dos grandes estadistas hicieron uso de esa frase para convencer a los hombres de su tiempo a llevar a cabo tareas de formidable envergadura. Bismarck fue el canciller que logró la unificación de Alemania.

Churchill fue la figura que sostuvo la luz de esperanza en Europa en los años más negros del nazismo, cuando parecía que todo el continente iba a quedar bajo el puño de hierro de Hitler.

Pensar en la próxima generación es mucho más difícil que pensar en la próxima elección. En primer lugar, porque muchos dirigentes políticos dirán que para pensar en la próxima generación deben ganar la próxima elección.

Y en segundo lugar, porque nadie quiere asumir los costos de realizar las reformas estructurales, que son necesarias, pero cuyos resultados se verán en 10 o en 15 años.

Vayamos al caso de Uruguay. Si realmente a alguien le preocupa la próxima generación más que la próxima elección debería dedicar una gran parte de sus esfuerzos al tema educación.

Y no basta decir "educación, educación, educación" para luego hacer nada al respecto, o retroceder ante la primera dificultad o carecer de una hoja de ruta clara para recorrer.

Casi todos los partidos están contestes en lo que hay que hacer para mejorar la educación. Se pusieron de acuerdo en los albores de la administración Mujica. Salvo por el Plan Promejora, que fue desechado sin explicación racional, casi nada se ha hecho ni en la administración pasada ni en esta.
Se quiso formar consenso político, en tiempos de Mujica, sin considerar cómo integrar en el proceso a los docentes, que son obviamente una parte muy importante de todo proceso de reforma.

Se quiso cambiar el ADN de la educación en la segunda presidencia de Vázquez y antes del primer año la Ministra de Educación y Cultura había eyectado a las dos principales figuras designadas por el presidente Vázquez para llevar a cabo la transformación –Fernando Filgueira y Juan Pedro Mir-, despachados de manera poco amistosa e injustificada.

Los intentos reformistas cayeron no por oposición docente sino bajo fuego amigo. Aquí no solo no se pensó en la próxima generación sino tampoco en la próxima elección: el tema educativo le puede pasar una factura importante al partido de gobierno en 2019 porque la sociedad percibe que sin un cambio de timón en ese tema, como país vamos barranca abajo y cada vez a mayor velocidad.

Mientras tanto hablamos de hacer acuerdos con Finlandia para que nos den el know how de lo que ellos hicieron para ubicarse entre los "top five" del mundo. Pero aunque bienvenida sea esa experiencia, no hace falta esperar a que se firmen los acuerdos burocráticos de cooperación.

Las claves del éxito están a la vista y casi se pueden resumir en dos: valoración social y económica de los maestros, y capacidad del director del centro de educativo de elegir a los maestros y profesores y no que estos, por antigüedad, elijan los lugares que más les apetece.

Claves que, por cierto, las podemos ver en nuestras narices en la zona de Casavalle en los liceos privados gratuitos, tanto religiosos como laicos, que atienden a una creciente multitud de jóvenes y les dan armas y bagaje para ingresar al mercado laboral y para desarrollarse en la vida. No hay que inventar la pólvora.
Pero ocurre que son pocos los que piensan en la próxima generación. A muchos les interesa más cortar las cintas en inauguraciones de escuelas que de hacer que esas escuelas funcionen. Para cortar cintas, basta edificar algunos muros y techos.

Para que las escuelas funcionen, hay que formar maestros, pagarles bien, darles una carrera a recorrer. Lo primero se puede hacer en un año o dos como máximo.

Lo segundo requiere una periodo más largo, quizá 5 años o más. Y seguramente el que siembre no sea el que cosecha.

Quien hace lo primero, puede usarlo como mérito para la próxima elección. Quien hace lo segundo, no recibirá premio electoral. Los frutos los llevará otro. Pero esa semilla habrá sido vital para que al cabo de unos años haya frutos para cosechar.

La relación entre siembra y cosecha es fundamental para el político. No así para el estadista, que siembra aunque no se coseche en un gobierno. Pero el país habrá dado un verdadero salto adelante. Por ahora, la próxima generación es la que está más abandonada.

Y la próxima elección, la más apetecida. Incluso para Vázquez que no compite en 2019 y podría saltársela tomando medidas de largo plazo.

Comentarios

Acerca del autor