La realidad y la ficción comparten escenario

Oscar Wilde tenía razón: la vida imita al buen arte en innumerables ocasiones
Ya he escrito en este espacio sobre una máxima que me incomoda, esa que dice que la realidad supera a la ficción. Ahora me referiré a otra que habla de lo mismo pero con un acercamiento muy superior, desde el punto de vista retórico y conceptual: la realidad imita al arte.

La máxima es de Oscar Wilde, aquel poeta irlandés de la segunda mitad del siglo XIX, cuya lucidez sigue encandilando a las generaciones y cuya elegancia retórica se repite a lo largo y ancho del planeta en infinidad de idiomas. "La vida imita al arte mucho más que lo que el arte imita a la vida", explica en su ensayo de 1899 La decadencia de la mentira.

"¿De dónde, si no es de los impresionistas –se preguntaba Wilde–, tenemos esas maravillosas nieblas cobrizas que se deslizan por nuestras calles, empañando las farolas de gas y tornando las casas en sombras monstruosas? ¿A quién, si no a ellos y a sus maestros, debemos las encantadoras neblinas plateadas que se ciernen sobre nuestro río y que adoptan formas evanescentes de puentes y barcazas oscilantes?"

Wilde quería remover las aguas turbias del arte de sus contemporáneos y elaboró la idea de que la vida tiene como finalidad la expresión y entonces se nutre del arte, lo imita para desarrollarse. Las ideas de Wilde se suelen tratar con cierto desdén y se admiran sus epigramas como artificios retóricos al servicio de la provocación.

Creo, sin embargo, que Wilde tenía razón. La vida imita al buen arte en innumerables ocasiones y remeda todavía mucho más a las formas más bajas o menos inspiradas de la ficción. Se suele criticar a las telenovelas como productos bastardos de la creación artística, pero se suele olvidar cómo la vida las imita. Se dice, con razón, que son inverosímiles, a lo que agregaría "como la vida misma".

La cursilería implacable, la negación de lo evidente, la mentira, la pasión, el amor y el dolor, la maldad, la injusticia y el milagro se mezclan hasta crear una pasta absurda. La vida presta atención y copia descaradamente todo el sistema.

En los grandes escenarios sucede otro tanto. La realidad, ahora mismo en Estados Unidos, imita al cómic y así un multimillonario de pelo anaranjado tiene aterrorizada a la población con sus acciones y discursos propios del Guasón y del Pingüino.

La vida –y la realidad donde se desarrolla– logra momentos sublimes, sin duda alguna, pero corre de atrás en cuanto al sentido. El arte siempre está más cerca de encontrar una dirección, un orden en la miscelánea. Los esfuerzos de la realidad por lograrlo son muy torpes. En todo caso parecería que hay una suerte de dirección abstracta en todos los intentos de simetría social: el fracaso, el derrumbe, el caos y la repetición del error.

Así ha sucedido con las utopías igualitarias y así está sucediendo con el gradualismo humanista de las democracias liberales. "Libertad, igualdad, fraternidad" es un eslogan y, como tal, es falso en su esencia. "De cada cual de acuerdo a sus capacidades y a cada cual de acuerdo a sus necesidades" es una fantasía igual de mentirosa. "El derecho de los pueblos a elegir su destino" es otra expresión de deseo que la realidad no puede imitar con un grado mínimo de decencia.

Hay quienes dicen que todo está escrito. Está muy de moda la frase "nada es casualidad". Según este dictamen, la realidad es un guion, una puesta en escena dirigida por un ser superior. Se llega a sugerir, incluso, que a los actores les está permitido improvisar dentro de la trama.

Si fuera así, nuestro deber sería cumplir con nuestro destino con dignidad: ser el héroe o el traidor, el cobarde, el santo, el temerario, el que calla o el que grita, con la convicción de estar cumpliendo nuestro papel en un cosmos cuyo plan general nunca nos será revelado.

Ojalá pudiera creer en algo así. Yo sería, en ese universo, un repetidor de perplejidades añejas, con la convicción de que mi cháchara cumple con algún objetivo misterioso.

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