La receta peronista

El presidente Macri sabe que no tendrá ayuda hasta que no demuestre que consolida su proyecto
Ya se transformó en un clásico argentino que los años pares sean dominados por la economía –con un predominio de las medidas de ajuste– mientras que los impares tienen una tónica política –y entonces se propende a las políticas expansivas, con protagonismo del consumo y la obra pública.

Es una lógica dictada por el calendario electoral, que hace que cada dos años el gobierno se someta al test electoral, ya sea en votaciones presidenciales o legislativas. Ese ciclo en forma de "montaña rusa" dominó todo el kirchnerismo, que alternó años recesivos con otros expansivos.

Y ahora afecta también al inicio del macrismo. El 2016 estaba condenado a ser un año de números negativos, porque la "herencia recibida" obligaría a una serie de medidas inevitables como la devaluación y el tarifazo de los servicios públicos. Y, recién una vez ordenado el panorama macroeconómico, se podría retomar la senda de crecimiento.

No todo salió de acuerdo a los planes. Como tampoco le salió bien a Cristina Kirchner, que no pudo evitar que le fuera mal en sus dos elecciones legislativas –en 2009 y 2013-a pesar de haber forzado la maquinaria consumista.

El presidente Mauricio Macri también fue blanco de críticas políticas. Desde la derecha que se alarma ante el agravamiento del déficit fiscal se señala que la laxitud para el gasto público harán de muy difícil cumplimiento tanto las metas fiscales como de inflación. Y, desde la izquierda, se critica la dureza del ajuste. Y ambos fustigan la nueva propensión al endeudamiento externo.

De todas maneras, nada parece ser capaz de escapar a esta dinámica política. Todos tienen asumido que, así como el 2016 fue de inevitable recesión, el 2017 será de crecimiento, aun cuando no se trate de una expansión "genuina" basada en una lluvia de inversiones, sino más bien como efecto de un rebote y con varios componentes "keynesianos". O, para ir más cerca, una receta kirchnerista.

Algo de eso se está viendo ya. En parte para garantizar la paz social y por presión política, y en parte por voluntad de ver señales de reactivación económica, el gobierno de Macri decidió volcar dinero a la calle: unos US$ 3.000 millones en el año, sólo por planes adicionales a los programas de asistencia social para los sectores de bajos ingresos y de alivios impositivos para la clase media.

Lo hizo a regañadientes, pero al igual que el kirchnerismo en su momento, espera que al menos esto pueda impactar sobre el consumo, luego de un año en que los argentinos se mostraron retraídos a la hora de las compras. En los supermercados, la caída de ventas en alimentos y artículos de higiene alcanzó niveles de 7%, mientras que los electrodomésticos bajaron un 8%.

Para colmo de males, ante el escenario recesivo y plagado de noticias sobre despidos masivos, aquellos que sí tuvieron capacidad de compra por sus ingresos altos, prefirieron adoptar una actitud cautelosa y ahorrar. Para los argentinos, hace varias generaciones que la única forma de ahorro conocida consiste en comprar dólares, lo cual implicó que este año hubiera una "fuga" promedio de US$ 1.500 millones mensuales.

A diferencia de lo que ocurría durante el kirchnerismo, no se trató de una fuga que repercutiera en las reservas del Banco Central, pero semejante nivel de compras de divisas siempre inquieta a los gobiernos. Hoy se trata de un fenómeno sostenible porque el gobierno reabrió el crédito externo, pero muchos se preguntan qué ocurrirá con el tipo de cambio en los próximos meses, cuando quede en evidencia que –efecto Trump mediante– el costo de endeudarse será más caro-.

En ese contexto, el presidente dio en el último tramo del año un golpe de timón para enderezar la economía y mejorar su credibilidad. Cesó a su ministro de Hacienda, Alfonso Prat-Gay, considerado una "estrella" del gabinete, con lo que marcó la cancha respecto a quién tendrá la hegemonía del poder y dirigirá la economía.

En su lugar, designó a dos economistas de probada trayectoria: Nicolás Dujovne, como sucesor de Prat-Gay, y Luis Caputo, como titular de Finanzas, un hombre que clave en las negociaciones con los denominados fondos buitre.

Elecciones, la prioridad

Pero a pesar de las críticas, Macri parece estar convencido de mantener la línea de los años pares y los impares. Acaso los números que más le preocupen no sean los que vienen de la economía sino de las encuestas de opinión pública. Todavía hay una alta aprobación para su gestión –en torno al 55%– aunque en tendencia declinante.

Sus asesores políticos lo convencieron respecto de que, puesto en la disyuntiva de tener que elegir entre poner en orden la economía, no debería dudar en optar por el primero.

A fin de cuentas, hasta los propios inversores internacionales y el FMI se hicieron saber con claridad: en cada foro de negocios en los que muestra los cambios en Argentina, le aclaran que todas las señales "market friendly" son insuficientes si no hay una certeza de que el cambio tendrá apoyo político y continuidad.

Los inversores, esos en los que Macri tiene cifradas las esperanzas del despegue económico, no están dispuestos a hundir su capital hasta no tener en claro qué pasa con los actuales cambios. Macri, después del llamado "mini Davos" y de su gira por EEUU, decodificó el mensaje. Pero para que lleguen los dólares, deberá demostrar que es capaz de consolidar el cambio político y derrotar al peronismo en las legislativas de 2017.

Lo curioso es que, para ello, está dispuesto a usar algunas de las armas a las que también echaba mano el kirchnerismo.

Por caso, acaba de tener una dura negociación con la oposición, porque no quiso perder el ingreso del impuesto a las ganancias, el tributo que detesta la clase media. Macri había hecho campaña con la promesa de derogar ese impuesto, pero luego planteó una reforma más "amarreta", para preservar recursos fiscales con los cuales estimular la economía.
Mientras tanto, vuelca recursos para aumentar la obra pública, para compensar el retroceso de la actividad privada.

Y, en la reedición de otro clásico, espera un rebote del consumo, de la mano de un dólar "planchado", que abarate los costos importados y al mismo tiempo haga de ancla para la inflación.

Pero el mercado es escéptico: la mayoría de las consultoras privadas corrigieron a la baja sus pronósticos de crecimiento para 2017. Lejos del 3,5% que prevé el gobierno, avizoran un modesto 1%, en un escenario en el que se recrean fantasmas de atraso cambiario y déficit fiscal.

A Macri parecen no importarle los pronósticos agoreros ni las críticas que exigen mayor rigor con el gasto público. Su gran esperanza para este año es la recuperación del campo, el único sector con el que mantiene buenas relaciones, luego de eliminar el recorte a las retenciones de exportación.

La incógnita es si con eso será suficiente. Algunos analistas creen que Macri comete un error si piensa que un rebote del consumo le permitirá ganar las elecciones del año próximo. Para Macri no hay otra alternativa.

Las protestas callejeras y las trabas judiciales a su ajuste tarifario le dejaron en claro los límites de la política de ajuste. Y los propios inversores se encargaron de aclararle las prioridades de su agenda de gobierno.

El 2017 es un año electoral. Macri y el peronismo entendieron que se define mucho más que la renovación parcial de las bancadas parlamentarias. Está en juego qué tipo de modelo de desarrollo nacional se impondrá para la próxima década

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