La revolución que viene

La fiscalización electrónica cambiará radicalmennte el tránsito y animará a encarar otras luchas

Los montevideanos tendremos que aprender de nuevo a conducir vehículos para no entrar en quiebra. Casi todo lo que hemos hecho hasta ahora en un coche no servirá de nada apenas se abra la temporada de caza mediante aparatos electrónicos.

En una sola semana de mayo los equipos de fiscalización electrónica instalados frente al hotel Carrasco registraron 44.314 infracciones por exceso de velocidad, solo en dirección este. Otros 1.374 automovilistas pasaron con el semáforo en rojo. Uno de cada tres conductores que pasaron por allí cometió falta: una síntesis perfecta de un estado de cosas muy decadente.

En Montevideo la velocidad en los hechos es libre, siempre y cuando se consiga un poco de espacio para acelerar y nos cuidemos en algunas pocas zonas en las que puede haber radares. Es ley no escrita que se debe apurar el coche cuando el semáforo muestra el amarillo y que es legítimo pasar un segundo después que la luz se ponga en rojo. Ningún peatón se atrevería a cruzar en verde sin mirar hacia ambos lados. Las reglas no están para ser cumplidas, salvo que el riesgo de violarlas sea alto.

El proteccionismo que predominó entre las décadas de 1930 y 1980 hizo que el parque automotor uruguayo se volviera increíblemente viejo. En muchos años se vendían menos de 1.000 vehículos nuevos. Solo los muy ricos podían acceder a un coche cero kilómetro, en tanto la clase media "acomodada" conservaba con vida toda suerte de cachilos antidiluvianos. La renovación fue muy fuerte en la década de 1990, cuando las ventas de cero kilómetro llegaron a casi 37.000 en un año, y luego a partir de 2004. En 2013 se colocaron casi 57.000 automóviles y comerciales livianos nuevos, un récord histórico absoluto.

En 10 años, entre 2005 y 2015, la cantidad de vehículos empadronados en Montevideo se duplicó: de 257.240 a 535.463. Es un fenómeno regional. Casi todas las ciudades de América Latina se han congestionado más que Montevideo. En Uruguay los autos son ridículamente caros porque están sobrecargados de impuestos. Solo existen en alrededor del 40% de los hogares (otro 35% de los hogares tiene ciclomotor o motocicleta). Argentina, Brasil o Chile poseen más automóviles per cápita. Pero como la capacidad vial uruguaya mejoró muy poco en lo que va del siglo XXI, los automovilistas se sienten al borde de la asfixia.

En casi todo Montevideo se puede circular a un máximo de 45 kilómetros por hora. Eso da para andar a lo sumo en cuarta y a bajas revoluciones. Habrá que olvidarse del resto de la caja de cambios. Tenemos coches cada vez más potentes solo para exhibirlos, como símbolo de estatus, pues el tránsito es cada vez más lento.

En ciudades con mayor densidad de vehículos, pero con un respeto más escrupuloso de las normas, el tránsito es más fluido y menos estresante. Se parece a una ordenada tropa que se desplaza a paso lento aunque continuo, en tanto el tránsito montevideano semeja una carrera salvaje y tramposa, con los taxistas como grandes maestros.

Somos agresivos e insultantes, pues es mucho el amor propio que ponemos en nuestros coches. Esa bravuconería es casi única en el mundo, seguramente por influencia de los porteños, que a su vez trajeron ese estilo desde el sur de Italia y lo elevaron a la categoría de arte.

Pronto la Intendencia de Montevideo, siempre deficitaria y endeudada, mejorará mucho su recaudación por sanciones. Una multa por exceso de velocidad cuesta $ 7.200 y cruzar con luz roja vale $ 4.500. En suma: veremos un tránsito infinitamente más cuidadoso.

Claro que aún quedarán los que adelantan por la derecha, los que andan en moto en zigzag o contramano, los caños de escape libre, los bocinazos o los que escriben y envían whatsapps mientras conducen. Pero por algo se empieza.

Las cámaras de vigilancia ya redujeron los delitos en algunas zonas de Montevideo, aunque el resultado en conjunto por ahora parece híbrido: hay menos hurtos y rapiñas en Ciudad Vieja, Centro o Cordón, pero los "motochorros" campean en los barrios, que quedan desiertos tras la caída del sol.

Tal vez una mejoría drástica en el tránsito de vehículos aliente a las autoridades a intentar otras revoluciones postergadas: tolerancia cero ante la basura, tolerancia cero ante el vandalismo, tolerancia cero a la violencia y a la apología del delito en las canchas de fútbol. Los hombres fingen respetar el derecho y solo se inclinan ante la fuerza, escribió el novelista francés Albert Camus

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