La semana de Obama

Una pequeña gira vistosa habla de viejas relaciones de amor y odio y de cuánto cambia el mundo

En los últimos meses de su mandato, una fase en que los presidentes de cualquier país parecen monarcas sin poder, piezas gastadas en espera de recambio, Barack Obama luce fresco y desenvuelto, como demostró en su reciente gira por Cuba y Argentina.

Barack Hussein Obama II, hijo de una antropóloga estadounidense y un economista keniano, fue un joven brillante que se educó en las universidades de Columbia y Harvard. Representa muy bien la diversidad y el “sueño americano”: una sociedad de inmigrantes que asciende por mérito, y que ahora, a inicios del siglo XXI, parece algo desconcertada y pesimista.

También representa instituciones liberales que sirvieron de modelo a la mayoría de los estados latinoamericanos para su independencia. Así, por ejemplo, una parte de las famosas Instrucciones del Año XIII, documento fundamental del artiguismo, fueron copia directa de la declaratoria de la independencia de Estados Unidos y del Acta de Confederación.

Desde mediados del siglo XIX, cuando inició su fase imperial, Estados Unidos trató a América Latina como un hermano menor algo tonto, al que había que tutelar por las buenas o por las malas. La doctrina Monroe: América para los americanos, que se pensó contra las monarquías imperiales europeas, terminó siendo un lema de conquista.

Durante casi dos siglos, Washington mezcló paternalismo e intromisión colonial; benevolencia de raíz cristiana con cínico respaldo a dictadores anticomunistas. Como sostuvo Cordell Hull, secretario de Estado de Franklin D. Roosevelt: “Puede que Anastasio Somoza sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Pudo haber dicho lo mismo de Fulgencio Batista, antecesor de Fidel Castro en el poder en Cuba.

Ahora, en su gira de cinco días, Obama actuó como si esos tiempos hubieran pasado, aunque ciertas viejas cuestiones se mantengan bajo nuevas formas. Habló para todas las Américas, incluida la del norte, cuando en Cuba propuso dejar “atrás el legado de la colonización y del comunismo, la tiranía de los carteles de la droga, los dictadores y las farsas electorales”.

América Latina es secundaria para la economía de Estados Unidos, salvo México, pero mantiene su sitial de importancia política y estratégica. Mientras tanto, Raúl Castro y Mauricio Macri a duras penas disimulan todo lo que sus gobiernos esperan de Estados Unidos en materia económica.

Obama pasó por Cuba con la fuerza de un huracán, aunque con efectos probablemente más duraderos. Cuestionó tanto la política de Washington hacia Cuba, en particular durante la Guerra Fría, como el sistema cerrado y totalitario creado por los hermanos Castro y su Partido Comunista. Obama, quien tiene 54 años, no había nacido cuando Fidel y Raúl iniciaron su gobierno, y muy probablemente seguirán en el control de Cuba cuando él deje la Casa Blanca.

Obama habló de cosas que no suelen mencionarse públicamente en la isla. Reivindicó aspectos que enorgullecen a los cubanos, como los sistemas públicos de salud y enseñanza. Pero afirmó que la prosperidad sustentable depende del “intercambio de ideas libre y abierto”, de amparar la diferencia, y de celebrar elecciones democráticas y libres.

El martes de tarde se fue a Argentina, cuyos gobiernos también han mantenido con Washington vínculos de amor y odio, desde el “Baden o Perón” que dio inicio al ciclo peronista hasta las “relaciones carnales” que propuso Carlos Menem.

La caída relativa de Argentina desde la década de 1950 ha desvalorizado su importancia en el mundo. También parece seriamente infiltrada por el narcotráfico y la corrupción. Sin embargo, sigue siendo un país señero en la región.

Macri, cuyo liderazgo nacional es precario y debe vérselas con graves problemas socioeconómicos, intenta dar un giro de 180 grados a la política económica e internacional del kirchnerismo. Incluye el abandono de la economía cerrada a favor de una integración económica en serio, no meramente declamatoria, con el Mercosur, Estados Unidos y la Unión Europea, y un vivo deseo de captar el crédito y las inversiones que Argentina perdió a partir de 2001.

Obama solo representa a una parte de Estados Unidos, como ocurre con cualquier presidente democrático. Mañana el líder puede ser Donald Trump y las cosas cambiar dramáticamente. De todos modos, su país no será igual en aspectos sustanciales tras su paso. Si John F. Kennedy, de ascendencia irlandesa y católica, acabó con el monopolio de los wasp (blancos, anglosajones y protestantes), Obama fue portaestandarte de la gran minoría negra y mulata. Será mucho más fácil ahora que mujeres e hispanos lleguen a la Casa Blanca, otro testimonio del rápido cambio de la sociedad estadounidense.


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