La sobrevida de una estampita

La película sobre el Indio Solari y su banda, disponible en internet, es un clásico inmediato
Trailer documental Indio Solari

Dentro del disco Blackstar de David Bowie, lanzado apenas dos días antes de su muerte, hay una canción que se llama I can't give everything away (en español sería algo así como "no puedo dejarlo todo"). De todas las canciones de ese trabajo –que está conceptualmente atravesado por la certeza del compositor de que el cáncer que sufría lo estaba acercando al final– esa es una de las más explícitas. También de las más duras de escuchar dentro de todo ese trabajo porque en su estribillo y en su letra reside uno de los principales temores que pueden aflorar cuando se reconoce la presencia de la muerte: la imposibilidad, las cosas y las personas que se dejan en tierra, los tiempos que ya no volverán, la inevitabilidad.

Esa pulsión es omnipresente en Tsunami: un océano de gente, una especie de reportaje audiovisual de una hora y media sobre todo lo que rodea a un show de Carlos Alberto Solari, más conocido como el Indio, exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y probablemente la presencia más popular y magnética en la historia del rock en el Río de la Plata. El atractivo del reportaje es que Solari se presta por primera vez a una entrevista ante cámaras (sus apariciones televisivas son contadas) y es eso lo que lleva el hilo conductor del asunto, más allá de un par de temas en vivo y notas al equipo de producción de enormes eventos masivos como su último concierto en Tandil (que convocó a 200.000 personas) y a los músicos de su banda, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.

"Odio la decrepitud"

En el documental –que en principio estuvo durante martes y miércoles disponible en la web del proyecto Vorterix, de Mario Pergolini– Solari describe con lujo de detalles (quizá demasiados) cómo vive con el mal de Parkinson que lo aqueja y que, a pesar de no ser una condición con riesgo de vida inmediato, para él le dan la pauta de "tener fecha de vencimiento".

El propio Solari referencia a Bowie y su último trabajo durante la nota y es posible pensar incluso que quizá ese último testamento discográfico del inglés lo haya animado a prestarse para una conversación en la que la cultura y el rock son temas principales, pero cuyo tono es marcadamente personal y proyecta el estado emotivo del hombre tras el personaje sobre el escenario.

Mano a mano con Mario Pergolini –quien hace un buen trabajo al hacer las preguntas justas, insistir durante la charla con algunos temas que Solari no quiere tocar y ser un personaje a la altura de lo que la cuestión requiere– Solari, a sus 67 años, refleja ante todo su aversión al paso del tiempo. "Te empieza a marcar una especie de meta", dice en un pasaje hablando sobre su condición, y en otro expone su "odio la decrepitud" para luego definir a este concepto como "una sobre-vida de 30 años que la ciencia nos ha dado, al costo de una cosa espantosa". "Yo debo estar entrando en eso. No sirvo para viejo", dice Solari. "Quiero vivir lo más que puedo, pero esos 30 años son nefastos".

Ante las preguntas de Pergolini, Solari también reflexiona sobre la conexión con su público de una forma muy clara: "Proyectan en vos virtudes que no tenés; eso te da permiso para vivir, pero es una pilcha que te queda para la mierda. Depositan en uno como una especie de bálsamo, la parte doliente de sus vidas (...) Nunca sabés por qué la gente te quiere". Es ahí el primer momento en el que la voz del cantante se quiebra, al decir: "Yo no sé por qué soy el Indio Solari".

"Traición"

No es la única vez en la película que eso sucede. Solari, de hecho, se emociona también al referenciar a Bowie, algo que además sucede a la hora de hablar de su tiempo con los Redondos, banda cuya reunión a estas alturas se antoja imposible. Para ilustrar lo que pasó con el grupo, Solari –quien es cuestionado con alguna insistencia por Pergolini sobre el asunto– solo utiliza una palabra: "Traición". Es un evidente tiro por elevación al guitarrista Skay Beilinson y a Poli, exmánager de la banda que lo convirtió en leyenda. Pero más allá de otras referencias similares en cuanto a la autoría de las canciones, Solari también se quiebra al intentar recordar algunas de las canciones en las que Beilinson hizo solos "maravillosos".
Evidentemente, no es la única de las contradicciones ni de las sensaciones encontradas que asoman en las afirmaciones y procederes de Solari (libros como Fuimos reyes documentan eso desde la perspectiva de los aludidos por el Indio). Pero lo cierto es que también en esta entrevista el cantante se permite mirar con ojos más sinceros la era de los Redondos, más allá de validar al dream team de músicos que son sus actuales Fundamentalistas y soltar alguna otra cita con atisbo de necedad (como decir que "ya no es tan frecuente" que la gente le pida la reunión, una aseveración que el propio Pergolini le confronta). Para quienes han escuchado a Solari decir sobre los Redondos cosas como "la estampita de la banda era yo", no es un dato menor que Solari se quiebre al recordarlos.

La cantidad de audiovisuales vinculados a la música es inconmensurable y, como todo en tiempos de internet, inabarcable. Por su protagonista, Tsunami ya es un fenómeno de internet en sí y su valor histórico es esencial por el testimonio que allí se recoge en el momento en que se recoge, una oportunidad que otros gigantes como Gustavo Cerati y Luis Alberto Spinetta –también integrantes de una casta de ídolos del rock argentino en extinción– no tuvieron.

No espere en esta película una confrontación o una mirada crítica; el producto vale tan solo por ofrecer una nueva ventana a un fenómeno cuya repercusión difícilmente vuelva a tener parangón en el mundo del rock rioplatense. Y también por ser un vistazo al alma de un ídolo irrepetible que quizá esté planeando vivir los últimos tramos de su carrera sin estar tan atado al peso del misticismo que lo ha definido. De algún modo, como lo hizo su admirado Bowie.

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