La tarde que me llevó 40 minutos comprar tres entradas en el Teatro Solís

El gobierno promueve la inclusión financiera, pero a veces hasta en los propios edificios públicos no aceptan tarjeta de débito

Hacer cola en la boletería del Teatro Solís puede ser una experiencia bastante agradable. Todo luce ordenado y limpio. El aroma a café que viene desde el bar Allegro tienta y a uno le vienen unas irresistibles ganas de quedarse.

El único problema es que estoy apurado. Es jueves, faltan diez minutos para las cinco de la tarde y quiero comprar tres entradas para "El juego se vuelve canción", una obra de teatro infantil que me recomendaron y a la que iré con mi hijo. Tengo tres personas adelante pero no avanzamos. En la boletería hay seis funcionarios dando vueltas y una sola caja abierta, donde un señor mayor está demorado desde hace un buen rato.

Unos 15 minutos más tarde logro llegar finalmente adelante. Le pregunto a la chica que atiende si aceptan tarjeta de débito pero con una leve sonrisa me responde que lamentablemente no.

-Qué raro –le comento.

-En algunos espectáculos aceptamos y en otros no. Depende del productor –explica, muy amable.

Le insisto que es extraño: el gobierno promueve que todos usemos débito y en el teatro de la Intendencia de Montevideo solo aceptan que pague al contado. Pienso en esa contradicción mientras camino hacia la peatonal Sarandí, en busca de dinero. Pero el cajero que está en la esquina con Bacacay no tiene plata. Sigo hasta la plaza Matriz y parece que la mala suerte me persigue. No me dejan entrar al Banco de la Nación Argentina, que tiene un cajero automático adentro. Están realizando tareas de seguridad o algo así.

-¿Dónde hay un cajero cerca?

-No sé – me responde un funcionario de seguridad con cara de enojado.

-Gracias por la buena onda– le respondo con algo de ironía, pero creo que no llegó a escuchar. Ya me había cerrado la puerta en la cara.

Camino por la peatonal Sarandí rumbo al Guruyú. De un lado y del otro hay artesanos que, tirados en el piso, venden desde libros hasta collarcitos. Algún que otro turista deambula entre los puestos y mira con cierta curiosidad. Hago una, dos, tres cuadras hasta que encuentro un cajero de Banred, que –por suerte- sí tiene dinero. Vuelvo al Solís. Ya son casi las 17.30 y, 40 minutos después, al final podré comprar mis tres entradas.

Es verdad, en Montevideo –y ni hablar en el interior del país- todavía hay muchos comercios que no han hecho el cambio hacia la inclusión financiera: restoranes, quioscos, panaderías y un largo etcétera.

El otro día me enteré que en la propia cantina que funciona adentro del edificio de la DGI no se puede pagar con tarjeta de débito ni crédito, ¡esa sí que es una paradoja!

Hay una estación de servicio a la que voy seguido, en la esquina pocitense de 26 de Marzo y La Gaceta, donde en el minimercado no dejan abonar con débito si la compra es menor a 200 pesos. Siempre lo pregunto y la respuesta es la misma, sea de noche o de día. Es un contrasentido, cuando los propios estacioneros protestan –y con razón- cada vez que los roban.

En general los comerciantes argumentan que les cobran una comisión por las transacciones electrónicas y que eso no les conviene. ¿Pero no es más seguro para ellos tener cada vez menos dinero en su local? Se ve que no lo razonan así. Aquello de que el cliente siempre tiene la razón en este caso no tiene ningún efecto.


Comentarios

Acerca del autor