La Terraza: electrónica en Uruguay

Una fiesta que empieza el domingo de tarde y termina a la medianoche, en la que miles de personas bailan, se relajan, toman sol, nadan o se lanzan por un tobogán inflable

Por Gonzalo Palermo

Es la mañana del 6 de abril de 2014. Los meteorólogos prevén altas probabilidades de lluvia para la tarde/noche. Mientras tanto, un grupo de DJ, encabezado por Luciano Garrido, trabajan contra rreloj para algo que pretende ser una fiesta pero que, por ahora, es solo una idea y nada más. Algunos meses atrás, Garrido les había comentado a sus colegas Diego Infanzon, Nicolás Ottati y Santiago Mazzetti la idea de realizar una fiesta de electrónica. En realidad se la había comentado también a muchos otros pero ellos fueron los únicos que siguieron interesados después de que explicara los detalles: la fiesta sería al aire libre... un domingo... desde las tres de la tarde hasta la medianoche. Los demás le dijeron que estaba loco, que la gente acá no está para eso, que tuviera mucha suerte. Probablemente Garrido se había olvidado del mito popular que dice que "los uruguayos son grises" luego de haber vivido algunos años en Europa.

La idea quedó flotando hasta que les llegó la noticia de que el DJ holandés Daniel Sánchez estaría de gira por la región. Sin pensarlo dos veces hablaron con Sánchez y fijaron el 6 de abril como fecha para su presentación. No tenían nada más: ni locación ni plan de difusión, ni patrocinadores ni sistema de distribución de entradas. Era como haber empezado a construir un edificio desde el último piso. O, ya que estamos, desde la terraza. Se contactaron con la propietaria de un parador ubicado en el lago del Parque Rodó y la mujer accedió a prestar el lugar para la fiesta. Era empezar de cero porque no conocían ni a dueños de boliches ni a posibles patrocinadores ni tampoco los entretelones de la logística de eventos. Y, por si fuera poco, a último momento, cuando todo estaba listo, la dueña del parador se echó para atrás. Seguramente lo pensó dos veces. Sobre la hora cerraron trato con la terraza del antiguo W Lounge. Recién al final repararon en un pequeño detalle: no tenían nombre. ¿La Terraza? Perfecto.

Volvemos al 6 de abril de 2014. Los organizadores de La Terraza esperan poco más de 100 personas. Pasada la medianoche, cuando la música deje de sonar, habrán cortado un total de 250 tiques aproximadamente. La fiesta fue un éxito. Y los meteorólogos, como suele pasar, se equivocaron.

De aquella primera vez a la actualidad han pasado unas veinte fiestas y el número de concurrentes creció exponencialmente: aquellos 250 valientes se convirtieron en 1.000 en solo dos ediciones. Dos años más tarde, La Terraza convoca cerca de 4.000 personas. "Nunca me imaginé esto", dice Garrido en conversación con Seisgrados pocos días después de la última y multitudinaria fiesta. Desde el living de su apartamento se puede ver, no muy lejos, el lugar donde empezó todo y donde, confiesa, se suponía que debía terminar. "Hicimos la primera y se iba a acabar ahí toda esta historia; más allá de que superó nuestras expectativas perdimos plata porque en ningún momento hicimos previsiones o balances, simplemente hicimos lo que sentíamos que teníamos que hacer. Fue más un capricho que un negocio".

La Terraza siguió hasta insertarse en la agenda fiestera uruguaya e internet tuvo mucho que ver: en la fanpage oficial de Facebook se comparten siempre videos (muy particulares, por cierto) de las fiestas, historias de los asistentes y cientos de fotos de las tardes de domingo que terminan en noches de fiesta. La gente pregunta cuándo y dónde será la próxima, cuándo se subirán las fotos de la anterior, qué DJ vendrá como invitado.

Magia en la ciudad

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Domingos eran los de antes. O al menos eso aplica para un domingo cada dos o tres meses. Si antes todos deseaban que el domingo nunca llegara, hoy suele pasar, al menos para muchos, lo contrario. El lugar pude cambiar: desde el Faro de Punta Carretas con atardeceres que van directo a Instagram (noviembre de 2015) o el club Piedra Lisa de Atlántida con una enorme piscina rodeada de pasto (febrero y abril de 2016), hasta el majestuoso galpón de la Rural del Prado y sus alrededores (julio 2016). La Terraza transforma los lugares durante ocho horas. Si vas temprano y te quedás hasta pasada la medianoche, probablemente sientas que estás en una fiesta multitudinaria y en la barbacoa de tu casa al mismo tiempo. Guirnaldas de colores que cuelgan a lo largo y ancho del cielo, juegos inflables (la fiesta es para mayores, sí, pero ya saben como es eso que dicen del niño interior), puestos de comida y bebida muy especiales, rincones de relajación o esparcimiento (en Back to Love, la edición del Día de San Valentín de este año, había un puesto donde la gente podía casarse). Y, claro, una enorme piscina rodeada de barras con tragos y sillones bajo la sombra junto al pasto. Con la noche la multitud ocupa el escenario principal, por el que además de los DJ residentes (Garrido, Infanzon, Ottati y Seba Rodríguez) han pasado una veintena de artistas internacionales entre los que se cuentan el italiano Joseph Capriati, el alemán Christian Burkhardt o el español Coyu. Juego de luces, lluvia de papelitos de colores, llamaradas desde el escenario (apuntan al cielo, tranquilos) y sketches teatrales, con zancos y todo tipo de disfraces deambulando entre el público y el escenario. Cada edición, además, está ambientada siguiendo una consigna. La última tuvo como leitmotiv al antiguo Egipto y los misterios del Nilo; y el enorme galpón de ovinos de la Rural del Prado lució irreconocible.

Uno puede cruzarse con grupos de jóvenes que están en sus primeras experiencias y también treintañeros iniciados en la movida electrónica montevideana. Hay gente que se pasa horas en la pista alternativa de funk y otra que no abandona nunca el escenario principal. En un lugar, dos tipos de enormes proporciones ponen a prueba el castillo inflable (que salva con éxito), más allá, dos chicas posan ante el fotógrafo, a pocos metros hombres y mujeres toman sol junto a la piscina, donde otros nadan o flotan a la deriva sobre los flotadores de Batman y Superman que caen desde el propio escenario. Un tipo con cabeza de caballo deambula entre la multitud, varios lo paran, se sacan fotos con él y siguen de largo. Hay parejas que bailan muy juntas, grupos de amigos que se abrazan y otros solitarios que siguen la música como si no existiera nada más a su alrededor. Gente que viene a celebrar el amor o la amistad y otra que viene a encontrarlos. Si alguien empuja sin querer a otro se piden mutuamente disculpas, si alguno necesita un descanso (¡son ocho horas!) aparece una mano que le ofrece una botella de agua. Se ven hombres y mujeres con muy poca ropa, otros con vestimentas extravagantes, algunos pintados o cubiertos de brillantina y unos cuantos exhibiendo tatuajes de todo tipo, color y tamaño.

Al final, si te quedaste lo suficiente, tus cinco sentidos (y alguno más) van a estar sobreestimulados como pocas veces antes. Demasiada música, gente, color y sensaciones. Es lunes por la madrugada y en unas horas saldrá el sol, Montevideo volverá a ser el de siempre y seguramente vayas a estudiar o a trabajar.

La electrónica, ¿en auge?

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La Terraza fue uno de los grandes artífices de la nueva movida electrónica en Uruguay. Aunque estamos ante un fenómeno que, en el país, data de los años de 1990 (Space, en Punta del Este, estuvo en su momento a la cabeza de la movida regional), desde hace unos tres años el género ha experimentado una suerte de renacimiento y masificación después de un tiempo de oscurantismo. Hoy, la oferta es variada y constante: The Warehouse, Sens, Boombox, Revolution, Key o We Are Techno, cada fiesta tiene un estilo particular y nuclea a un público en parte compartido pero en parte exclusivo. The Warehouse, por ejemplo, se realiza en locaciones "abandonadas" y siempre por la noche, Revolution suele apostar por artistas de dubstep o trap en locales más clásicos y We Are Techno trabaja especialmente las visuales durante el evento. "Algunos de los valores de la música electrónica son el respeto, la igualdad y la apertura", explica Garrido. "El que no logra entender eso no está rigiéndose bajo los verdaderos valores de la música electrónica. Si queremos que el género siga creciendo tenemos que apostar a que venga gente de otros ambientes, si no ¿de dónde van a venir? No estamos en Europa donde la movida electrónica está superestablecida. Acá no hay nada armado. No sabemos cuáles van a ser las consecuencias de cada paso que demos".

En Uruguay, los eventos de mayor convocatoria en la electrónica no superan las 4.000 personas, con la excepción del Punta del Este Summer Festival, evento que trajo en tres ocasiones a David Guetta y que en enero de este año tuvo al dúo australiano Nervo encabezando el programa con alrededor de 6.000 personas en el Parque Jagüel. En ambos casos se trata ante todo de productos mucho más cercanos al pop y que entran a la electrónica en el EDM (electronic dance music), variante comercial que hoy tiene gran repercusión con nombres como Calvin Harris o Avicii. Sin embargo, exceptuando el festival puntaesteño, la capital uruguaya parece tener un gusto mucho más dirigido hacia el techno o el house y no hacia variantes más comerciales. Esta predilección, muy marcada, mantiene a la electrónica en un nivel medio de popularidad que ha crecido bastante los últimos años. "Falta un producto que esté orientado a captar más gente, que sea comercial como el EDM, que funciona como puerta de entrada. A mí personalmente no me gusta, pero está genial que exista. De acá a cinco años tiene que suceder algo así para que realmente explote. Aunque hoy está de moda la música electrónica, no metés 10 mil personas en una fiesta. Para que suceda eso tiene que aparecer algo orientado a la captación de gente".

Responsabilidad ante todo

El pasado 15 de abril, durante la multitudinaria fiesta Time Warp realizada en Costa Salguero, Buenos Aires, cinco jóvenes fallecieron y otros tantos resultaron hospitalizados. El suceso estuvo en la portada de diarios y acaparó los informativos y las redes sociales durante varios días, aunque, como suele pasar, nada quedó muy claro. Inicialmente las muertes se atribuyeron a algo que los medios llamaron "la droga Superman", que no era otra cosa que una pastilla de éxtasis, la droga más popular en las fiestas de electrónica. Se dijo que se trataba de pastillas adulteradas. Sin embargo, los análisis de laboratorio arrojaron que tenían una pureza del 94%. Aunque los resultados nunca llegaron a divulgarse en su totalidad, sí se sabe al día de hoy que en los cuerpos de algunos de los fallecidos había varias sustancias además del éxtasis. Pero aquella campaña mediática por momentos olvidó lo esencial: que en un recinto con capacidad para albergar 13 mil personas la organización dejó entrar 20 mil y que conseguir agua era una misión casi imposible, según coinciden todos los testigos

La responsabilidad fue múltiple: de los jóvenes por el cóctel de drogas, de la organización por la sobreventa, la pésima organización y la demora en la atención, y por último, del Estado por la falta de legislación con respecto al tema. Luego del escándalo, los organizadores Adrián Conci, Carlos Garat y Carlos Nicodemo Penise, así como el abogado Víctor Stinfale, quedaron en manos de la Justicia.

Uruguay se ve obligado a adoptar medidas de reducción de daños. Se trata de una serie de normas —análisis de sustancias, información, consejos y apoyo para consumidores— que apuntan no a prevenir el consumo, sino más bien a volverlo lo más responsable posible. De esta forma, en junio, The Warehouse ensayó un plan de este tipo. Un mes más tarde, La Terraza contó con la participación de la ONG española Energy Control, dedicada desde hace décadas a informar a los usuarios sobre un consumo responsable.