La tierra da frutos y páginas

La obra del escritor noruego Knut Hamsun mantiene la vigencia y el vigor de una voz que habla del destino y de las vidas con una cercanía y un sentimiento que erizan de emoción
Quién trazó el largo, larguísimo sendero que recorre las ciénagas y los bosques? El hombre, el ser humano, el primero que llegó a estas tierras. Antes de él no existía ningún sendero". Así comienza La bendición de la tierra, la novela del escritor noruego Knut Hamsun publicada en 1917 y que tres años después lo llevara directo al premio Nobel de Literatura.

La situación es edénica: el hombre llega a una naturaleza lista para inaugurarse. Es el norte de Noruega, territorios cercanos al círculo polar ártico, donde los bosques se mezclan con la tundra, las montañas estornudan en potentes vertientes de agua helada y el cielo fluye en estrellas y auroras grandiosas. Las estaciones son extremas y la luz en el firmamento recuerda aquel ajedrez persa del que alguna vez escribió Borges.

El hombre toma la naturaleza o es ella quien se deja habitar. Todo es de nadie; por lo tanto, al principio, la propiedad es un artilugio innecesario. Isak es el nombre del hombre. Caza, come lo que su ingenio y la naturaleza le permiten. Vive y sobrevive. Construye una pequeña choza. Limpia un terreno, cría animales. Trabaja de sol a sol. Suda y sus miembros están fuertes y sanos. Le tiene miedo a Dios, ya que vive dentro de su reino, pero Dios lo ha premiado. Necesita una mujer que lo ayude, lo acompañe y forme con él una familia. Aparece Inger con su labio leporino, su empeño y su simpleza. Pronto formarán una comunidad.

Hamsun destilaba con mano sutil y a la vez rústica las hebras de sus novelas precedentes. Si en Hambre (1890) el protagonista vagabundeaba sin rumbo por la ciudad industrial y moderna, ahora tenía una respuesta. Si en Pan (1894), el protagonista se instalaba en el lejano norte pero no podía trabar relación con su entorno, ahora tenía una respuesta.

El mensaje de Hamsun contenía un regreso a la tierra, una huida de la civilización según los criterios de modernidad que había tomado. La vida rural era dura, sin dudas, llena de obstáculos y desafíos, pero valía la pena transitarla como un aprendizaje. Si las circunstancias poseen la violencia y la ternura de los elementos, también la prosa de Hamsun juega en paralelo y le entrega al lector unos personajes que viven y vibran, incluso en su capacidad de expresarse, con una cercanía y un sentimiento que erizan de emoción.

La comunidad crece, llegan otros pioneros, el progreso hace su aparición en forma de hilos de telégrafo. El Estado, el dinero, la especulación, los negocios, las compras y las ventas irrumpen en medio del Edén en el que estos hombres se habían asentado y reproducido. Las historias se complican, los hijos toman otros rumbos, las vidas se anudan de maneras diferentes. La mano de Hamsun mantiene la tensión como si uno no estuviera leyendo, o como si leyera la intimidad de seres en el papel de conoce desde hace años.

El gran escritor Isaac Bashevis Singer, también él Nobel de Literatura, opinó que en Hamsun están echadas las bases de la novela moderna: la subjetividad, la fragmentación, el uso de flashbacks, el lirismo enorme, la estructura envolvente de las historias. Según Singer, de allí surgen Thomas Mann y Artur Schnitzler, Stefan Zweig y Gabriele D'Annunzio, pero también Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald.

Los escritores más originales no son los que inventan una nueva forma de escribir sino los que son capaces de crear una obra contundente a partir de bucear en su interior y retomar los viejos trazos de la tradición de una manera innovadora. Hamsun lo logró llamando la atención con su obra hacia una lejana región del norte de su país. De esta forma, recreó la localía y la volvió universal. La tierra dio sus frutos, y la cosecha también trajo páginas.

La editorial española Nórdica acaba de reeditar buena parte de la obra de Hamsun (las ediciones son caras, pero valen la pena), con traducciones excelentes. Leerlo en estas condiciones puede ayudar a redimir a un autor que luego adhirió al nazismo, fue juzgado y encarcelado y terminó sus días en un manicomio.

Al leerlo por primera vez, o releerlo, se experimenta la felicidad de ver crecer los brotes en un suelo que parecía yermo.

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